SER CUIDADORES: BUSCAR EL EQUILIBRIO ENTRE EL SER Y EL DEBER SER

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¡Buenos días, cuidadores!

Estos días reflexionando sobre los cambios que se están dando en mi vida y leyendo blogs y libros que me ayudan a repensarme un poco, encontré una frase que define el punto exacto en el que me hallo y cómo entiendo ahora la vida: 

La tensión es quien crees que debes ser. La relajación es quién eres. 

¡Justo, amigos! Cuando reconocemos quiénes somos, realmente vivimos en consonancia con lo que deseamos y fluimos con mayor madurez y claridad, sin tantas reglas foráneas, tantas ataduras, sin tanto estrés por quedar bien con todos y facilitarles la existencia —a costa de dejarnos a nosotros en último lugar. Y nos damos por fin un respiro para SER, para brillar con luz propia y para sentirnos reconciliados con  la vida, en paz por fin.

Pero para llegar a aquí yo tuve que desprenderme de unos cuantos pesos que cargaba a mis espaldas sobre el deber ser, es decir, lo que los demás esperan de mí, para finalmente dedicarme a vivir mi propia vida, a dejarme simplemente ser yo. Claro, en la medida de lo posible y sin desatender determinadas responsabilidades familiares o sociales que son ineludibles.

Si centro esta lucha interna entre el ser y el deber ser en el área de mi faceta como cuidadora de un familiar enfermo crónico, la cuestión brilla en todo su esplendor y cobra una importancia vital.

Pero les voy a contar una anécdota real para darle sentido práctico a todo esto…

Fíjense que hace unos días asistí a una reunión de cuidadoras de mi localidad en la cual muchas de ellas compartían sus experiencias como cuidadoras de enfermos crónicos de diversos perfiles. Ninguna renegaba de su rol como cuidadoras, sin embargo, todas se lamentaban de tener una vida limitada e infravalorada, más por culpa del medio social que por su labor con sus familiares enfermos.

Las cuestiones más señaladas y sus quejas más recurrentes eran:

* lo solas que se sentían en su tarea, dado el escaso apoyo familiar y el reparto desigual que se daba en la familias en cuanto a las responsabilidades domésticas;

* la necesidad de contar con más tiempo y espacio para ellas, para autorrealizarse como mujeres independientes; o, en otras palabras, las grandes renuncias personales que deben hacer en cuanto a disfrutar de su tiempo de ocio o de su libertad;

* y, obviamente, la falta de valorización de su trabajo como cuidadoras, tanto desde el punto familiar —muchos miembros de la familia lo consideran como un deber natural por el mero hecho de ser hijas, madres, esposas o nueras—, como desde el punto de vista social — la sociedad y los poderes públicos no reconocen es esfuerzo personal que requiere el cuidar en el domicilio de una persona absolutamente dependiente, por eso son tan escasas las ayudas sociales para estas familias y las mujeres que ejercen de cuidadoras no reciben remuneración alguna y, ni siquiera cotizan para optar a una pensión digna cuando lleguen a la edad de jubilarse.

Por tanto, la labor de los cuidados implica altas exigencias, audacia y sacrifios a quien la realiza, pero carece de relevancia para los demás.

Entonces, amigos, la clave aquí es saber por qué somos cuidadores: ¿por vocación, por fuerza mayor —no hay nadie más que pueda hacerlo— o por obligación social

Respondernos con honestidad a esta pregunta puede determinar el grado de bienestar o malestar que alcancemos en este proceso de ser cuidadores. Porque no podemos ser lo que no somos ni dar lo que no tenemos. Pero una vez que sabemos con certeza dónde estamos parados, cuál es el punto de partida para afrontar esta situación, podemos actuar de manera más inteligente y justa, para con los demás, pero también para con nosotros mismos.

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Si alguien es cuidador/a por voluntad y deseo propios, eso es maravilloso. Va a disfrutar de la experiencia y ésta le va a ayudar a realizarse muchísimo como persona 🙂 .

Sin embargo, si como cuidadores estamos en el 2º o 3º caso, es decir, se trata de una vivencia impuesta por las circunstancias o por presión familiar/social, esta experiencia puede llegar a ser traumática y muy insatisfactoria si no se libra desde una sana base personal de amor propio, consciencia clara e inteligencia emocional.

Y es que ser generosos y compasivos es una gran virtud, pero siempre y cuando respetemos nuestros sanos límites y no quedemos vacíos y extenuados de tanto dar a los demás. Porque, entonces, seguidamente vendrán los reproches y las insatisfacciones de tipo: «doy, doy, doy, ¿pero quién me da algo a mí? ¿Por qué no recibo igual?» 😦

Ahora bien, ¿resulta posible encontrar un equilibrio entre las responsabilidad moral/ social y los deseos personales esenciales?

DE DÓNDE NACE LA PRESIÓN DEL DEBER SER SOCIAL DE UNA PERSONA CUIDADORA

El deber ser tiene mucho que ver con nuestro yo social, ese yo que se rige por los valores o las exigencias que nos impone el ambiente que nos rodea…

Hoy en día no existen vínculos familiares o comunitarios tan fortalecidos como en el pasado. Para bien o para mal, vivimos en una sociedad individualista, donde queremos ser libres y desarrollarnos como personas únicas que poseen sus propias necesidades, ambiciones y propósitos. Pero al mismo tiempo, nos topamos con mandatos sociales y patrones tradicionalistas que pueden limitarnos y frustrar nuestros anhelos de libertad. Esta realidad social nos lleva a padecer incómodas confrontaciones internas entre el ser y el deber ser.  Este fenómeno, creo, se percibe con mayor evidencia en el caso de las mujeres.

Por otro lado, las sociedades individualistas llevan a un cierto desapego de los grupos y los lazos colectivos cada vez se sienten más frágiles e inestables, de ahí que la familia y los amigos no siempre se muestran como una verdadera red social que nos apoye. nos contenga y nos colabore. ➡ Para más información sobre este tema, les recomiendo este artículo: Los malestares psicológicos en la sociedad del bienestar.

Este contexto social trasladado al caso particular de una persona cuidadora deriva en un malestar psicológico y emocional que tiene que ver con la soledad que vive, la sensación de tener que cargar sola con toda la responsabilidad de atender la situación familiar —a pesar de que existan más miembros en el seno familiar, muchas veces— y la ansiedad por tener que ser autosuficiente y no poder compartir con otras personas allegadas las exigencias que supone cuidar continuamente a un familiar enfermo. 

¿Y, sin embargo, en cuántos ocasiones no demandamos colaboración, no ponemos sanos límites a nuestra labor y nos dejamos llevar por nuestro ser social, resignándonos a nuestro encargo inesperado y sufriendo el fuerte riesgo de vivir estados de angustia, saturación, desolación y altas dosis de decepción?

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LOS EFECTOS DE VIVIR EN FUNCIÓN DEL DEBER SER O SER SOCIAL

Las graves consecuencia de vivir una realidad basada en satisfacer voluntades externas, en detrimento de las propias, se materializan en todo un abanico de conductas nocivas como son, entre otras:

–> Reaccionar desproporcionadamente en momentos de estrés: tener comportamientos agresivos, manifestar arrebatos, estallidos de llanto o caer en un victimismo inconsolable.

–> Adquirir adicciones insanas que nos destruyen más que nos alivian para sobrellevar la situación.

–> Tendencia a consumir más de lo necesario: llevarnos a excesos para tapar vacíos.

–> Caer en estados depresivos , nerviosos o sufrir trastornos mentales.

–> Albergar sentimientos de amargura, pesimismo y abulia, que nos impiden valorar las cosas buenas que se dan a nuestro alrededor.

Pero sin duda alguna, por sobre todas las cosas, el peor daño que puede causarle el deber ser cuidador/a a una persona sin esa vocación es la disolución de su propio ser, de su yo auténtico, en medio de todo el proceso vital que implica cuidar de un enfermo crónico.

Cuanto más tiempo y entrega depositemos en esta labor, mayor será el riesgo de anularnos como individuos singulares. Y de este punto a padecer los síntomas del síndrome del cuidador quemado hay una breve distancia.

Con todo, si aceptamos la realidad tal y como es; si nos conocemos y nos respetamos a nosotros como individuos y tenemos claro qué podemos aportar a la vida familiar para que está mejore dentro de nuestras limitaciones, podremos sin duda gestionar esta problemática personal con mayor fortuna.

RECUPERAR EL SER ESENCIAL SIENDO CUIDADORES

Lo ideal sería buscar un balance entre nuestro ser esencial —o personalidad— y el ser social… si bien lo normal es que el segundo presione u oprima al primero y lo coarte… Hasta que en un momento dado sucede ‘algo’ que detone nuestro auténtico ser y éste se termine asomando en nuestra consciencia. 

Pero asomarse no significa necesariamente manifestarse, por eso que es primordial darle voz y espacio al ser esencial: atenderlo, escucharlo. En caso contrario podría terminar por implosionar en nuestro interior y nos creará malestar psicoemocional, que en muchas ocasiones acaba somatizándose en nuestra salud física.

Hace falta reflexionar sobre qué es lo que nosotros, aun siendo cuidadores, queremos de la vida.

¿Queremos estar ahí  realmente o lo hacemos por una cuestión de deber ser?

¿Estamos dispuestos a dar tanto o necesitamos poner límites para no desgastarnos y perdernos?

¿Estamos siendo la persona que queremos ser en esta vida?

Se trata de sernos honestos y responsabilizarnos de nuestro bienestar personal, porque al fin y al cabo debemos tenernos antes de darnos a los demás. Y es que no siempre lo que vale es la cantidad de lo que entregamos de nosotros, sino la calidad de lo que aportamos a los demás con nuestra presencia. De ahí que sea tan importante ser fiel a nuestra esencia.

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Y sí, es cierto, a veces darnos lugar para desarrollarnos como individuos, independientes de las expectativas familiares o las obligaciones sociales, nos puede acarrear sentimientos de culpa, pues sentimos que le estamos fallando a nuestro clan. Pero la culpa es un modo de negarnos la oportunidad de intentar ser felices, como si por nuestro bienestar tuviésemos que pagar el alto precio de cargar con el disgusto de los demás. ¡Y nada más lejos de la realidad, amigos!

Sencillamente, nos merecemos, como cualquier persona, sentirnos bien con las metas que logremos en nuestra vida, con las decisiones que tomemos y con las experiencias que vivamos.

Y es que, si basamos nuestra determinación de ser cuidadores por presiones vinculadas al deber ser, tarde o temprano terminaremos convertidos en unas personas resentidas y apagadas, y no tendremos nada valioso que entregar a nuestro familiar enfermo… ¡es más!: podemos incluso volcar nuestro malestar hacia él o los demás miembros del entorno. En suma, seremos una carga más que una ayuda.

Mas, si nos damos el permiso de ser nosotros mismos y ofrecemos nuestras capacidades y servicios a los demás, en la medida en la que podamos hacerlo, eso nos hará personas valiosas y meritorias para quienes nos necesitan a su lado.

Por eso, en el equilibrio entre el yo y el nos-otros está la clave de una vida personal, familiar y social saludable.

PEQUEÑO EPÍLOGO

Y toda esta reflexión que les comparto, amigos, viene a colación de que yo misma estoy despertando a esta realidad conflictiva entre mi necesidad de realizarme como mujer autónoma y mis obligaciones en el ámbito familiar, que en muchas ocasiones supusieron un freno a mis deseos personales.

Después de un durísimo año de cuestionarme cuánto he dado como cuidadora en honor al deber ser y cuánto me he permitido ser, me he dado cuenta de cómo la balanza se me inclinaba más a favor de mi papel como hija o hermana de un enfermo de Alzheimer, y cuántas renuncias me ha supuesto esta ¿elección?

Le debo mucho a mi labor de cuidadora, toda vez que esta experiencia me ha enseñado a ser una mejor persona: más compasiva, más empática, más sensible hacia el dolor ajeno. Pero…

He llegado a ese punto crítico de tener que decir «¡basta!», «¡hasta acá llegamos en estas condiciones!». Después de 25 años ejerciendo el rol de cuidadora e hija pródiga, a partir de ahora quiero negociar mis tiempos: necesito ser yo en toda mi extensión, sin restricciones ni cortapisas impuestos. Y, de paso, intentar recuperar algún que otro tiempo perdido —como esa adolescencia que nunca gocé por tener que cuidar de mi madre.

¿Y ustedes, amigos, se han visto en esta situación? ¿Cómo consiguen aúnar sus vidas personales con sus responsabilidades de cuidadores? ¡Compartan sus experiencias con el resto de cuidadores, que seguro que nos inspiran!

¡Gracias por su tiempo!

¡Un abrazo inmenso a todos!

 

 

 

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CUANDO EL CUIDADOR HA DE TOMAR DECISIONES DIFÍCILES…

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¡Buenos días, cuidadores!

Metidos de lleno en pleno ecuador de este año, el solsticio nos mueve a remover nuestra vida cotidiana. Y nada mejor para renovarse que deshacerse de cosas viejas o inútiles y dejarle espacio a lo nuevo que tenga que llegar a nosotros :).

Y en esas andaba cuando decidí ponerme a reorganizar la habitación de mi familiar aquejado de Alzheimer —mi hermano, como saben— y tirar aquellas cosas a las que él ya no le daba uso y no guardaban ningún interés para mí o el resto de la familia. E inevitablemente me invadió la pena y la nostalgia por los tiempos pasados en que mi hermano era una persona sana, llena de vida y con un futuro halagüeño por delante. Y, de paso, me surgió un momentáneo sentimiento de culpabilidad por querer deshacerme de sus cosas sin su consentimiento…

Supongo que a muchos de ustedes les sucede igual. Como cuidadores hemos de enfrentarnos a miles de situaciones que nos sacudirán emocionalmente y nos demostrarán cuánto han cambiado las cosas en los últimos meses o años, tanto en la salud de nuestro familiar enfermo como en toda la organización familiar.

Estas experiencias domésticas para mí son como pequeños lutos concéntricos que vamos viviendo hasta llegar al inexorable y último Luto final 😦 . Y es que en cada nueva etapa de la enfermedad de Alzheimer que sufre nuestro ser querido, sentimos que se nos va un pedazo de esa persona íntegra e irrepetible que era —algo de lo que ya he reflexionado con muchos de ustedes en mi entrada sobre los múltiples duelos que padece la persona cuidadora de esta clase de pacientes.

¡Pero ni modo! No queda otra que superar cada momento de pérdida, de melancolía por los tiempos pasados y centrarse en el presente, porque una de las tareas más recurrentes de los cuidadores se basa en tomar acción y decisiones que atañen al grupo familiar en general, pero a la persona enferma en particular.

Todos estos pensamientos me han llevado a reflexionar sobre ese gran cúmulo de decisiones incómodas que tienen que ver con nuestro familiar enfermo y que quienes los amparamos tenemos la —agobiante— responsabilidad de elegir. Sin duda, esta es una de las funciones primordiales del trabajo de ser cuidadores.

¡Cuántas noches sin dormir, cuántas vueltas a la cabeza y cuántas gotas de sudor habremos experimentado desde que somos cuidadores, por culpa de tantas dichosas decisiones, ¿no es cierto, amigos?!

LAS DECISIONES DIFÍCILES QUE HEMOS DE TOMAR POR NUESTROS ENFERMOS

Cuando una persona ha de hacerse cargo del cuidado de un individuo que padece una demencia, como el Alzheimer, su labor no sólo se limita a ayudar y acompañar a la persona enferma en su vida diaria, sino que también ha de gestionar sus bienes y ha de decidir qué cosas son lo mejor para su bienestar y el del resto del grupo familiar, y cuáles deben ser desechadas.

Como suele decirse, la persona cuidadora del enfermo se convierte en un tutor o responsable de todo cuanto le incumbe y, por ello, ha de saber hilar muy fino, conjugando el respeto por las preferencias y voluntades propias de la persona desvalida, pero también pensando en el bienestar de sí mismo, como cuidador, y de los restantes miembros del grupo familiar, si los hubiere.

Tanta búsqueda de equilibrio y beneficio mutuo, no es fácil; provoca más de un quebradero de cabeza; pero es inevitable vernos metidos en estos líos. Así que lo mejor que podemos hacer es afrontar los asuntos espinosos según se vayan presentando —cuanto menos los pospongamos, mejor—,  mantener una actitud sensata y tranquila, confiando en que para todo hay una solución e ir en su busca y captura :).

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¿Y cuáles son ese tipo de decisiones que yo considero peliagudas? Pues, hay unas cuantas, aunque desde ya reconozco que puedo ser exagerada, titubeante y fatalista ^^. pero, por citar algún ejemplo diría que:

  • cuando me cuestiono si debería dejar a mi hermano viviendo en casa de mi padre y mi abuela —ambos personas muy mayores ya— o si tendría que tenerlo viviendo conmigo a solas;
  • cuando pienso en que debo incapacitarlo legalmente y ejercer yo de tutora de hecho, con toda la responsabilidad ética que eso conlleva;
  • cuando tengo que manejar su dinero, que suelo ahorrárselo en la medida de lo posible, pero en otras ocasiones hago uso de él;
  • cuando me cuestiono hasta qué punto tenemos herramientas en la familia para afrontar tantos brotes de agresividad, cambios de humor u otras manías, y si en algún momento deberíamos ingresarlo en un centro para enfermos crónicos o discapacitados;
  • cuando veo la necesidad de desechar objetos suyos que no hacen más ocupar lugar y juntar polvo, pero que siento que no tengo su aprobación;
  • cuando tengo que acceder a cuestiones muy privadas o íntimas —por ejemplo plataformas o cuentas digitales— sin que él lo sepa;
  • cuando he de obligarlo a realizar tareas que él no quiere hacer, pero que debe hacer;
  • cuando debo optar por darle  determinados tipos de medicaciones en contra de su voluntad o afectan a su sistema nervioso;
  • cuando me planteo la idea de hasta qué punto estamos atendiendo bien a mi familiar y le damos una buena calidad de vida o, por el contrario, se puede hacer algo más , y mejor, por él;
  • y, en definitiva, cuando debo interpretar qué es lo mejor para él, qué le gustaría hacer, etc.

Sin embargo, queridos amigos, percibo que los cuidadores tenemos un grave talón de Aquiles —¡yo sé!, no me lo nieguen, porque sé que lo tenemos… ^^ — que puede llegar a sabotearnos parte de nuestra labor y asunción de esas tomas de decisiones tan ineludibles: el sentimiento de culpa.  ¿Verdad que sí?

CÓMO MANEJAR EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD A LA HORA DE TOMAR DECISIONES POR NUESTRO FAMILIAR ENFERMO

En efecto, la culpabilidad y la creencia de que debemos ser capaces de aguantar chaparrones por doquier, que para eso somos el pilar de nuestras familias, resulta el peor enemigo emocional de toda persona cuidadora.

¿Cuántas veces nos hemos sentido traidores de nuestros enfermos al reconocer que ya no podemos más con esta situación doméstica, que necesitamos acudir a ayudas externas o que hay que plantearse la posibilidad de ingresar a nuestro familiar en un centro especializado porque el impacto de la demencia comienza a hacer mella en las relaciones de convivencia con el resto de la familia, etc., etc., etc?

Estoy convencida de que a TODOS los cuidadores nos pasa el sentir mucha ansiedad y remordimientos de conciencia al tomar decisiones incómodas y complejas, que nos dejan auténticos posos de sentimientos de egoísmo insano en el alma. Así que si mientras alguien lee esto, se siente fielmente identificado, ¡bienvenido al club, amigo! :). No pasa nada, no es para tanto. Es una sensación normal: exasperante, pero ineludible. Si bien, eso sí, debe ser corregida o desterrada, ya que no hace justicia, no es objetiva ni realista. O mejor dicho, TÚ no estás siendo un ser objetivo, realista y justo contigo mismo.

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En este punto se unen dos creencias erróneas en el interior de quien cuida:

  1. La ignorancia o la falta de aceptación de lo que realmente supone la enfermedad de Alzheimer u otras demencias, el grado en que llega a alterar la personalidad y el físico de nuestros pobres enfermos, llegando a convertirlos en personas potencialmente peligrosas cuando padecen episodios paranoicos o alucinaciones, por ejemplo, o cuando sus comportamientos requieren literalmente una vigilancia continua las 24 horas del día: por sus deambulaciones diurnas y nocturnas, sus riesgos de caídas, su deseo de irse de casa, su impulsividad por golpear cosas, etc.
  2. Y la percepción de que la persona cuidadora puede —¡y debe!— tener todo bajo control. Y si no la situación la excede, no le queda más remedio que aguantar estoicamente, porque si se da por vencida, sencillamente, está abandonando a su suerte a su familiar necesitado.

Sin embargo, pocas veces llegamos a vislumbrar la posibilidad de que nuestro familiar precisa algo más que nuestro amor incondicional; que nuestra presencia puede resultarles insuficiente o invasiva; que nuestros cuidados no son tan óptimos, simplemente porque no tenemos tiempo ni energía ni conocimientos ni preparación, ni siquiera apoyo real y efectivo de otras personas para atenderlos como sería lo idóneo.

Miren, amigos, debemos ser conscientes de que no existe el cuidador ideal que con su sola presencia y su amor por bandera pueda hacer verdaderamente feliz a su enfermo, ni darle el cuidado que realmente merece, ya que para ello haría falta todo un equipo de personas con preparación adecuada para atenderlo.

A veces hay que marcar una línea roja y saber decir «hasta aquí llega esta situación». Y tomar decisiones indispensables que aboguen por una mayor calidad de vida para nuestro familiar, sí, pero también para el cuidador y el resto de la familia.

Se trata, pues, de decidir con la mayor sensatez y regulación emocional posible ese tipo de cambios que ya se hacen necesarios, a pesar de que no cuenten con el presunto beneplácito de nuestro enfermo o viceversa: a pesar de que suponga derribar nuestra cabezonería o prejuicio como cuidadores. ¿No están de acuerdo ;)?

Así, circunstancias domésticas que exijan algún tipo de modificación en la convivencia implican que el cuidador posea una actitud proactiva —resolutiva— y tenga sangre fría para que tome las decisiones oportunas que beneficien, si no a todos, sí a la mayoría.

Y sean cualesquiera que sean esas decisiones, por muy amargas que puedan resultar, por muy devastador que pueda sentirse el haber tenido que llegar a ese punto, si se hacen con ética, respeto y cariño, no hay por qué asumirlo como algo negativo e injusto. Se diría que en la dinámica de los cuidadores, realizar elecciones difíciles y endemoniadas es ley de vida :).

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Lo importante es ser capaces de mirar nuestra situación doméstica con la perspectiva de una pájaro, que puede conseguir una visión panorámica del territorio, y no sólo enfocarse en un detalle o, en estos casos, en la voluntad de una sola persona.

Y una vez que esa decisión apremiante sea tomada, hay que aceptarla sin mayores prejuicios. Darse el chance de ponerla en práctica y darle tiempo para ver cómo funciona, dejando de lado los miedos infundados.

Hace tiempo escribí en este espacio de ¡Buenos días, Alzheimer! una reflexión sobre la importancia del poder de las palabras (y los pensamientos) en la realidad de los cuidadores, y de verdad que me parece una buena idea traerlo a colación. Y es que somos lo que (nos) decimos y (nos) decimos lo que pensamos, y así vamos construyendo nuestro día a día.

Por tanto, si confiamos en nuestro razonamiento y en que nuestras acciones están motivadas por la bondad, el amor y las ganas de afrontar los problemas que vayan surgiendo a lo largo de la enfermedad de nuestro familiar, y nuestra intención es brindar el mayor beneficio para todos —y dentro de ese todos se incluye la persona del propio cuidador—, entonces estaremos haciendo lo correcto, aún cuando nos equivoquemos, amigos, porque estamos buscando soluciones, moviéndonos hacia adelante en un terreno desconocido, agarrando al toro por los cuernos, que diría el refranero popular :).

Y eso queridos cuidadores, es lo más grato que existe: saber que alguien se mueve, acciona por nosotros, ¿no les parece? ¡Oh sí! 🙂

Espero que esta reflexión haya sido de utilidad y agrado para los cuidadores. Si están de acuerdo o no, o quieren aportar sus propias reflexiones sobre este tema, sería genial que las compartiesen, que nos cuenten qué piensan o cuál ha sido su experiencia al respecto, porque entre todos aprendemos más.

Al fin y al cabo, ustedes saben que este blog es también su espacio y pueden aprovecharlo como tal, ¡que somos una comunidad, amigos! 🙂

Les deseo lo mejor de lo mejor. Un abrazo fortísimo lleno de cariño y ánimos para seguir adelante y, como les digo siempre, cuídense mucho, cuidadores.

LOS CUIDADORES Y SUS SENTIMIENTOS DE CULPA

OLYMPUS DIGITAL CAMERACuando veo alguna noticia o nota relacionada con el tema de las personas que se dedican a cuidar permanentemente a un ser dependiente de su familia, con frecuencia suelen referirse a ese prácticamente ‘conntural’ sentimiento de culpa que acompaña a su labor, entre otros muchos males físicos y anímicos. Pero, ¿saben qué? Confieso que yo no suelo padecer esa frustración emocional de sentirme culpable por algo negativo que haya pasado con mi enfermo. Y me felicito por ello.
Siendo yo un persona muy muy insegura y autoexigente, me costó mucho esfuerzo aprender a relativizar las situaciones y saber juzgar con objetividad qué parte de culpa tengo en lo que sucede a mi alrededor. A mí me preocupa, evidentemente, cometer errores, tener despistes o hacer mal algo y que ello perjudique a mi familiar. Pero no me martirizo por eso, porque entiendo que la vida se conforma de momentos en los cuales, ante situaciones insospechadas, a una no le queda más remedio que aplicar el método de “ensayo-error”.

Creo que lo fundamental es reconocer ese sentimiento de impotencia que nos crea el no ser capaces de entender esta enfermedad (¡¿pero quién puede ‘entender’ una demencia?!) que escapa a toda lógica. Y a partir del reconocimiento de este sentimiento negativo, interpretar los sucesos domésticos con frialdad,  de forma objetiva y racional. Entonces, nos daremos cuenta de que no hay porqué sentirse mal con nuestra labor. Tomándonos unos minutos para reflexionar con calma sobre nuestra impotencia podemos evitar que la misma se convierta en culpa.

Seamos realistas, amigos: los cuidadores somos humanos, no tenemos poderes sobrenaturales ni tenemos el don de la clarividencia o la telepatía. Es normal que cometamos equivocaciones o despistes, y quienes conviven con un enfermo de Alzheimer saben muy bien que esta enfermedad es realmente impredecible, que sus múltiples etapas aparecen sin avisar y que, sobre todo, el cerebro del paciente se ve alterado paulatinamente, de un minuto para otro. Muchos de los motivos que nos rompen los esquemas, que nos dejan perplejos, que suceden súbitamente y donde no tenemos tiempo casi a reaccionar, son motivos propios de nuestros enfermos, dependen de su percepción, de su actitud y de cómo funciona su mente en ese instante.

En definitiva, hay que comprender que escapan de nuestro control y por eso mismo nos agarran desprevenidos y nos provocan más de un susto y disgusto.

¿Pero debemos sentirnos culpable porque nuestro enfermo lo esté pasando mal o tenga un mal pensamiento? ¿Realmente podemos hacer algo para evitarlo o mejorarlo? Lo dudo. Yo, como cuidadora solo puedo sentirme mal por haber perjudicado a mi familiar con algo que yo haya provocado, pero SÓLO y EXCLUSIVAMENTE si ese algo haya sido hecho a conciencia, con voluntad y alevosía.

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Estoy segura de que si tuviésemos la capacidad de adivinar qué piensan nuestros familiares dependientes de nuestros cuidados, acertados o fallidos, éstas serían sus palabras (Foto de Acción Poética)

Es necesario discernir cuándo algún episodio relacionado con nuestro enfermo es responsabilidad nuestra y cuándo no. Y en el caso de cometer un error, si éste fue realizado con toda nuestra mejor intención, pedirle perdón a él… y perdonarnos a nosotros. No somos infalibles, pero en cambio tenemos la capacidad de aprender de los errores. Reconocer nuestra parte de culpa y rectificar en nuestras posteriores acciones, significa sabiduría y un alto grado de desarrollo personal. Pero ante todas las cosas, implica una poderosa capacidad de saber convertir nuestras debilidades (sentimiento de culpa, fustigación, frustración) en una fortaleza (aprender de ello y mejorar nuestra labor día a día). ¡Al fin y al cabo, es el ejercicio de perfeccionamiento lo que nos hace ser mejores personas!
Nuestro familiar nos necesita firme y enteros, sin el menor atisbo de duda o fragilidad y esta seguridad sólo podemos brindársela si nos sentimos empoderados y proactivos, es decir, si somos capaces de mostrarnos resolutivos, aún a riesgo de equivocarnos, en lugar de dramatizarlo todo. Porque los fallos, cuando son hecho con todo el amor y la buena intención, tiene todo el derecho (y esta vez sí) connatural de ser perdonados.

Y te puedo garantizar, cuidador/a, que pocas personas estarían dispuesta de desempeñar el trabajo de cuidar a un familiar enfermo crónico con la responsabilidad, paciencia y voluntad que lo haces tú. Así que, no hay nada que reprocharte, nada de lo que sentirte culpable y sí mucho por lo que premiarte y agradecerte. Sólo una persona que desprende  amor puede llevar a cabo el trabajo que tú haces silenciosamente, diariamente, sin esperar nada a cambio. ¡Y créeme que eso tu familiar enfermo lo nota! 🙂

Y eso es lo único que importa.