3 APTITUDES PODEROSAS DE LOS BUENOS CUIDADORES: RESILIENCIA, PROACTIVIDAD Y FORTALEZA

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¡Buenos días, compañeros de cuidados!

Hoy quisiera charlar con todos ustedes sobre las capacidades increíbles que tenemos las personas que nos dedicamos a cuidar de nuestros familiares enfermos o dependientes, porque estoy convencida de que más de uno no son consciente de esas maravillosas aptitudes, por estar centrado en la vorágine que suscita en nuestro interior la exigencia de su labor como cuidador/a.

¿Por qué será que siempre tendemos a fijarnos con nuestras flaquezas o defectos y no tanto con nuestros logros y cualidades? Es evidente que para ser cuidadores de alguien con demencia hay que estar hechos de una pasta resistente, flexible y afable. Sé que todos ustedes son así, ¿pero cuántos realmente lo reconocen y se enorgullecen de eso? 😉

COMO CUIDADORES SOMOS MÁS VIRTUOSOS DE LO QUE PENSAMOS…

El caso es, amigos, que en estos días experimenté nuevamente una situación que, por reiterativa que sea, no deja de sorprenderme, y que quisiera traer a este blog: se trata del comentario de alguna persona — profesional en este caso — que me trasmitió su asombro o admiración por mi talante sosegado y firme ante la problemática de tener a mi hermano con Alzheimer y dedicarme a cuidar de él siendo ambos tan jóvenes. Por lo general, el calificativo que suelen otorgarme este tipo de personas es el de “fuerte” (¡Qué fuerte eres!”), aunque también es normal que señalen mi actitud tranquila (“Qué bien te lo tomas… con cuánta serenidad”).

A mí nunca deja de extrañarme este tipo de comentarios, por muy halagadores que sean. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es lo que espera la gente de mí? ¿Que me ponga a hacer un drama de mi vida?, ¿que me rasgue las vestiduras y vocifere lo injusto que me parece todo y lo mal que se pasa viendo a tu hermano padeciendo una enfermedad inesperada, y a mí convirtiéndome en cuidadora 24 horas al día? ¡Qué manera tan necia de perder el tiempo… y la dignidad!  — Bueno, aquí una que es muy orgullosa…^^ —

Sin embargo, lo que más me llama la atención en estas situaciones es lo divergencia que existe entre el cómo me ven los demás — un persona muy zen, apaciguada, discreta y con un autocontrol a prueba de bombas — y cómo realmente me pienso yo a mí misma — histérica, agobiada, susceptible y al borde de un ataque de nervios, ¡ja,ja, ja! Pero sobre todas las cosas, me sorprende que tanta gente — ya sea cercana o desconocida— resalte mi actitud resolutiva y proactiva.

Lo que me lleva a pensar en si esto resulta más bien una actitud excepcional en los tiempos que corre o si, sencillamente, no esperaban que yo fuese capaz de  asumir tanta responsabilidad de golpe… En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de la gran diferencia que existe entre cómo me ven los demás y cómo me siento yo.

En realidad, yo sé que soy una persona altamente resiliente, práctica y con mucho sentido del deber, lo que incluye una cierta capacidad de afrontamiento. ¡Pero eso lo puede observar cualquier astrólogo que se precie y vea mi carta astral de nacimiento: siete planetas en signos de tierra no dan margen a otra forma de ser! ¡ja,ja,ja! Sin embargo, y ahora sí hablando en serio, también es cierto que antiguamente era más doña agonías, más pesimista y dramática, y en cambio, en estos momentos de mi vida, me tomo las cosas con más filosofía y sentido de humor.

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Entendámonos: nunca pierdo mi derecho al pataleo, el susto y la queja, porque necesito desahogarme; pero sí limito mi tiempo de dramas a unas horas o un día como mucho. A partir de ahí, sistemáticamente, me cabeza puede echar humo hasta encontrar la solución.

Y es evidente que esta actitud actual la he ido ganando, en su mayoría, conforme  iba experimentando una vida como cuidadora 🙂 .

CÓMO SE APRENDE A MANTENER UNA  ACTITUD VALIENTE  Y PROACTIVA QUE NOS AYUDE A DEFENDERNOS EN TIEMPOS DE CRISIS

Este episodio me hace reflexionar sobre cómo llegamos a ser ‘afrontables‘, es decir ¿tener un actitud proactiva — siempre hacia delante —, resiliente — de superación — y, en definitiva, ‘fuerte’ es algo con lo que nacemos o es algo que aprendemos a lo largo de la vida por influencia de nuestro entorno?

Intuyo que resulta una mezcla de ambos factores: nuestra personalidad (y temperamento) y nuestra educación; pero también de un tercer vértice que es nuestra voluntad de perfeccionamiento, ir un paso más allá de nosotros mismos y nuestras circunstancias.

¡Y eso es realmente lo bueno, amigos! ¡Qué podemos modelar nuestra actitud y nuestro modo de vivir la vida! ^^

En mi caso, sin ir más lejos, se misturan todos estos elementos. Por un lado, le debo muchísimo a la educación realista que me dio mi familia, inculcándome en todo momento el sentido de la responsabilidad y del saber afrontar los momentos adversos, sin rehuir de ellos. Especialmente desde mi adolescencia, que coincidió con la manifestación inequívoca de la enfermedad de Alzheimer en mi madre. Mi padre nunca me apartó (ni a mí ni a mi hermano) de este problema doméstico, al contrario, nos ayudó a entenderlo y nos exigió  atenderlo. Y muchos de esos conocimientos y de los comportamientos que mostraron mi padre y mi abuela materna a la hora de encarar esta adversidad, me sirven de referencia en el desempeño actual de mi rol de cuidadora.

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No obstante, sé de muchos progenitores que encierran a sus menores en burbujas imaginarias con el fin de que “no tengan que sufrir los avatares del mundo real”, abocándolos, sin quererlo, a actitudes sumamente irresponsables, hedonistas y reproduciendo en ellos un cierto miedo a vivir la vida en toda su complejidad. Con el paso del tiempo estos menores terminan convirtiéndose en personas que no saben pensar por sí mismos, ni actuar, ni tomar decisiones y asumir sus consecuencias, y con una tolerancia cero hacia la frustración de no tener lo que quieren en la vida ni tener la vida que quieren. Todos nacemos con poder de resiliencia para garantizarnos las máximas posibilidades de supervivencia (Clarke 2003: 369), pero el entorno familiar y social puede domesticarnos en exceso y ahogar ese recurso tan valioso y necesario, para al final volvernos personas asilientes. ¿Qué significa esto? En palabras de investigadores como el citado Clarke:

“La asiliencia es definida como “impotencia aprendida”. Sucede cuando el individuo va disminuyendo su capacidad resiliente y en su lugar va formando la anomia asiliente que le hace creer firmemente que no posee capacidades para afrontar la mayoría de sus adversidades, cuando en realidad es capaz”.

Así que hay que tener mucho cuidado con no caer en las trampas de la asilencia y la vida fácil  😉

CÓMO APRENDER A SER PERSONAS RESILIENTES, CON CAPACIDAD DE AFRONTAMIENTO Y FORTALECER NUESTRA AUTOESTIMA

Por otro lado, mi forma de ser me inclina hacia la búsqueda de la excelencia en todo lo que hago (a pesar de ser muy desastrosa y despistada) y una actitud desafiante ante los problemas o límites que aparezcan en mi camino. Y voy a contarles cómo es que me voy haciendo cada vez más resiliente y proactiva, de dónde sale esa manera de ser que, según algunos, me hace parecer fuerte, pero sobre todo me ayuda a mantener una sana salud mental.

Yo me conozco bastante ya, son muchos años pensándome a mí misma, como decía más arriba, y sé cuáles son mis puntos débiles. Precisamente para batallarlos es que entreno mucho mi músculo psicológico de la resiliencia y lo pongo en práctica a través de mis emociones, mis pensamientos y mis conductas.

Y es que si me dejase llevar por mi naturaleza, seguramente sería una mujer muy muy insegura, temerosa, quejosa y angustiada por el devenir y traumatizada por mi pasado. ¡Pero no, ni modo! ¡Trato de hacer y de ser justamente todo lo contrario: incrementar mi capacidad de afrontar todo lo que se me viene encima — que, dicho sea de paso, nunca, gracias a Dios, fue nada demasiado grave —!

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Pero, a fin de cuentas, ¿qué implica tener poder de afrontamiento? Pues, básicamente, tener una visión resolutiva ante las situaciones críticas del día a día, pero para ello es necesario:

  • Ser optimista: no darse por vencido, ¡mantener siempre la esperanza de que somos capaces de hallar una solución!
  • Buscar constantemente soluciones que contrarresten las dificultades: ¡agilizar nuestro ingenio!
  • Afrontarlo todo con responsabilidad: ¡saber que tenemos voz y voto y no somos meros espectadores de nuestra vida!
  • Vivir en el presente: ni el pasado ni el futuro tiene valor de lo práctico, ¡porque ya no somos quien erámos tiempo atrás ni sabremos cómo seremos en un futuro!
  • Tolerar los fracasos: ¡hacer del método ensayo-error nuestro modus operandi! De los errores se aprende, sin duda.
  • Ver las adversidades como un reto satisfactorio: ¡una oportunidad que nos permite ser mejores y demostrarnos hasta dónde somos capaces de llegar!
  • Ser proactivos/as y propositivos/as: ¡el camino siempre se hace yendo hacia delante y siguiendo un propósito que nos impulse a caminar! O lo que es lo mismo: erradicar el desánimo, el aburrimiento y la pérdida de tiempo. Siempre hay algo que podemos hacer por nuestras vidas.

En suma, amigos cuidadores, aunque haya veces en que nos sintamos incapaces de aguantar más — desgastados—, de hacer las cosas mejor — con sentimiento de culpa — , abatidos por la realidad que vivimos — impotentes—, etc. , lo más probable es que esa sensación sea transitoria, porque a cada paso que damos, a cada problema que enfrentamos, nos hacemos más fuertes y sabios. Incluso cuando no nos veamos así, esa es la verdad verdadera 🙂 . Y más aún si somos conscientes de trabajar nuestras fortalezas y autoestima para sentirnos mejores.

En fin, compañeros… Por ahí dicen que uno/a está donde está su deseo… ¡y mi deseo más ferviente en estos momentos de mi vida es salir ilesa de mi etapa como cuidadora, a pesar de todas las penas y trabajos por los que paso día sí y día también!

Por eso será que me muestro tan fuerte y despreocupada: ya que la realidad es la que creamos con nuestra actitud. Pero estoy convencida de que esa es la postura correcta que hay que tener, máxime cuando somos un referente para otra persona, como es el caso de nuestro enfermo.

¿Y ustedes están de acuerdo conmigo? ¿O conocen otras actitudes de toda persona cuidadora dignas de reseñar? ¡¡Seguro que existen miles!!

Bueno, amigos míos, muchísimas gracias por haberme acompañado hasta aquí; por leerme y compartir su valioso tiempo conmigo, así como sus opiniones :). ¡La compañía de alguien que es cuidador/a no tiene precio! 😉

¡Hasta la próxima!

¡Cuídense mucho, cuidadores!

 

 

 

 

CUANDO SER CUIDADORA SUPONE UNA CRISIS EN TU VIDA.

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¡Ay, amigos! ¡Cuántas sorpresas nos da la vida! ¡Y qué difícil es a veces comprender que dentro de cada presunta tragedia se encuentra una nueva oportunidad de recordar quién eres y por qué estás en este mundo!

Ya nos lo recordaba el escritor Eduardo Galeano: recordar, etimológicamente hablando, significa volver a pasar por el corazón ^^ .

Con su permiso, les echo un cuento sobre mi vida personal y lo mucho que me costó psicológicamente aceptar mi faceta como cuidadora-24-horas, por todo lo que implicaba desterrar de mi rutina.

LO QUE SE DEJA ATRÁS PARA SER CUIDADORA…

Yo siempre he sido muy trabajadora, no sé si buena o mediocre, pero mi vida siempre ha girado en torno al desempeño de mi vida laboral. Como buena capricornio, vivía para trabajar, más que trabajar para vivir. Y si alguna vez estuve desempleada, nunca fue más de 6 meses y con una finalidad práctica (generalmente terminar unos estudios).

Cuando intuí que debía hacerme cargo de mi hermano, traté de compaginar mi responsabilidad doméstica con mi trabajo fuera de casa; pero pasados pocos meses, entreví que más pronto que tarde iba a tener que abandonar mi empleo indefinido para ocuparme al 100% de su cuidado.

Así, un día de mayo , con mucha pesar en mi corazón, dejé mi puesto laboral y comencé a dedicarme plenamente a ser cuidadora. Ahora que han pasado tantos meses desde ese día, me doy cuenta de que, si bien me costó horrores adaptarme a esta nueva cotidianidad y sufrí una nostalgia enorme por la vida independiente que dejaba atrás, cada vez me siento más segura en mi nueva vida doméstica.

Obviamente, no es la situación deseada, ni deja de causarme cierta dosis de estrés y angustia las diversas vicisitudes a las que se enfrenta toda cuidadora de un enfermo de Alzheimer. Pero cada vez, poquito a poco, me siento con más experiencia para salir ilesa emocionalmente de esta circunstancia ^^…

Y eso significa que mi sentido y mi capacidad de resiliencia funcionan. El agobio que experimento en mi día a día es proporcional al grado de fortaleza que adquiero como ser responsable y resolutivo; y eso me hace sentir en paz conmigo misma y con mi familia, indudablemente.

Por lo demás, si somos realmente honestos y sabemos sopesar con equidad los pros y contras de abandonar una vida laboral remunerada en aras a dedicarle nuestro tiempo a nuestro enfermo, podemos comprobar que no todo es tan negativo…

…Y LO QUE LLEGA DE NUEVO A NUESTRA VIDA DESDE SIENDO CUIDADORA

Hay muchas cosas, muchas oportunidades nuevas que obtenemos gracias a nuestra nueva situación familiar.

En este sentido, gracias a la enfermedad de mi hermano, he tenido la valentía de dejar atrás un trabajo que ya distaba mucho de aportarme emoción; un trabajo que debía desempeñar 6 días a la semana y que me obligaba en muchos casos a volver a casa a las 23:00 de la noche; un trabajo que me mostraba, en no pocas ocasiones, la peor versión de la sociedad —y de mí misma en mi trato con los demás ^^ —; pero, un trabajo, al fin y al cabo, al que me sentía atada y no me atrevía a abandonar en busca de un puesto mejor, acorde con mis auténticas ambiciones personales.

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¿Saben? Antes de ser cuidadora, para escapar de esta rutina anodina y vulgar, me pasaba la vida compaginando mi empleo con estudios y cursos de toda índole, me estresaba sobremanera para sacar adelante mil materias y ser buena en mi empleo, pero, a pesar de todo, aprender cosas diferentes a mi actividad laboral me aportaba una  nueva ilusión que se traducía en una nueva mirada del mundo y me permitía soñar con la idea de estar más cerca de ser lo que realmente quería en la vida… pero que nunca me atrevía a intentar :(.

Sin embargo, hay mucho que debo agradecer a mi nueva vida como cuidadora, a pesar de todo el sufrimiento que me produce ver a mi hermano enfermo. Y es que de no ser porque la enfermedad de Alzheimer se interpuso en mi camino, nunca me hubiese animado a dejar aparcada esta infeliz zona de confort.

Porque extraño horrores mi rutina de trabajadora asalariada, pero no mi actividad laboral. De alguna manera, siento que tengo en mi mano la posibilidad de cortar ese círculo vicioso de «trabajar para vivir y vivir para trabajar» para intentar trabajar mis deseos más ansiados, o al menos atender a esas pequeñas pasiones que últimamente tenía dormidas en un rincón de mi alma.

Porque sí, gente linda. Porque aunque todos los que cuidamos de una persona enferma sabemos que no siempre contamos con tiempo para nosotros, sí que nuestra labor nos saca de la vida frenética y del mundanal ruido que nos aleja de nuestro centro, de nuestra vocación existencial. Y esa experiencia de ver que a un ser querido se le escapa la vida nos permite volver a sentir con el corazón y agradecer el estar sanos para cumplir nuestros propósitos.

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Es algo así como una luz en la oscuridad; encender un recuerdo en medio de tanto olvido.

¡Y LA MORALEJA!

Les relato toda esta historia, aprovechando la excusa de mi aniversario como desempleada, no por hablar de mi vida sin venir a cuento ^^; sino para ponerles un ejemplo de cómo a veces la cosas no son tan terribles como parecen y que de una mala situación puede extraerse un motivo idóneo  para alcanzar lo que realmente queremos.

Ya que si hay algo que me deparó el hecho de tener en casa a mi hermano enfermo —¡y contra todo pronóstico!— han sido dos lecciones valiosas: la certeza de entender que a un trabajo se puede renunciar pero a un familiar nunca, y la posibilidad de que pueda aprovechar esta etapa para reinventarme a mí misma y  desarrollar mi personalidad en su totalidad.

Como ven, amigos, lo que en un principio parecía un enorme paso atrás, seguramente sea un salto hacia adelante en mi vida 🙂 . De mí depende cómo me tome las cosas y la actitud positiva o negativa con que vea la realidad.

Así que no todo es tan negro siendo cuidadora ni me faltan razones para agradecerle a mi hermano y a su alzheimer la posibilidad que me brindan de ser la mejor versión de mí misma cada día.

De esos se tratan las crisis al fin y al cabo: de demostrarnos hasta dónde somos capaces de llegar con nuestro ingenio y nuestra fuerza d voluntad :).

Pero no quiero despedirme de todos ustedes sin antes preguntarles: ¿qué les trajo de bueno el cuidar de su familiar enfermo de Alzheimer? ¿qué farolito encendió en sus vidas? ¡Seguro que cada uno de ustedes posee una historias parecidas a ésta que merece la pena conocer! 😉

¡Un abrazo, cuidadores! ¡Cuídense mucho!