EL MITO DE CASSANDRA Y LAS CUIDADORAS

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¡Buenos días, amigos!

¡Me encanta verlos un día más por aquí! Apunto de finalizar otro año y juntos para encarar otro año nuevo que se avecina y que nos seguirá viendo convertidos en cuidadores, o eso espero :).

Me siento intensamente agradecida por tener la oportunidad de crecer rodea de tantas personas como ustedes que no sólo me brindan desinteresadamente su escaso tiempo libre, sino que me enseñan y me alientan a ser mejor cuidadora y en ese trayecto, compartir mis experiencias y conocimientos con otras personas con el fin de ayudarnos las unas a las otras, ¡este ejercicio de solidaridad es tan gratificante!, ¿no les parece?

Bueno, el día de hoy, quería traer a este blog un tema de gran importancia emocional que, a mi entender, afecta a muchas cuidadoras, ya que tiene que ver con la educación familiar y social que recibimos las mujeres desde nuestra infancia y que arrastramos, en muchos casos, a nuestra vida adulta.

No obstante, dadas las heridas emocionales que abren en nuestra alma  —y que tanto hiere a nuestra autoestima— la labor de los cuidados a un familiar con demencia, por mi experiencia como cuidadora y por las historias ajenas que he conocido de otras mujeres en la misma situación, creo que somos un grupo social especialmente afectado por este complejo psicológico.

Se trata del Complejo de Cassandra, un comportamiento humano desviado —o sencillamente erróneo— que vale la pena conocer para erradicarlo de nuestras vidas en aras a cuidar y nutrir nuestro amor propio y evitar frustraciones innecesarias que drenen nuestras energías.

MITO DE CASSANDRA

Ustedes saben que ésta no es la primera vez que recurro a la mitología clásica para abordar cuestiones emocionales —en otra ocasión traté la lección del Mito de Pandora. La verdad es que me parece muy práctico ahondar a los mitos culturales de la antigüedad para extraer aprendizajes y moralejas 🙂

Sin embargo, en este caso en concreto, el mito de Cassandra posee un uso clínico, ya que desde la interpretación psicológica que desarrollo Melanie Klein en el 1963, este mito se tornó un complejo vicioso que padecen muchas personas, sobre todo la población femenina (para más información, pulsen aquí).

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De forma somera, resumimos el mito de la maldición de Cassandra así: ella era una preciosa y ambiciosa mujer, hija del mismísimo rey de Troya. El dios Apolo quiso conquistarla y, para ello, le concedió el don de la profecía a cambio de su amor. Cuando ella no cumplió su parte del trato, Apolo, indignado y vengativo, perjudicó su nuevo don de la clarividencia, al imponerle la maldición de que sus advertencias jamás fuesen acreditadas.

Desde entonces, Cassandra podía prever el futuro, pero no ayudar a nadie con su don, dado que sus palabras eran desoídas y ella tomada por loca. Esta circunstancia mermó sobremanera el autoestima de la joven, que pasó de sentirse una mujer fuerte y deseada a una persona rechazada e incomprendida, lo cual le supuso una vivencia acuciada por la inestabilidad emocional. (para más información, pulsen aquí).

Desde la perspectiva psicológica, este complejo se trata de una ausencia de apreciación interna y amor propio que pretende ser remendada a través de querencia y la admiración externa. Es decir, de desvivirnos en demostrar nuestra valía personal a través de nuestro trabajo, siempre buscando que los demás lo valoren.

De alguna forma, el Complejo de Cassandra ahonda en la tendencia que puede surgir en aquellas mujeres que se sienten, por un lado, víctimas de una situación injusta y no elegida, pero, por otro lado, se sienten ignoradas, incomprendidas o escasamente valorizadas por todo el trabajo que realizan y donde se confunde aquello que se hace con lo que se es.

Y es aquí donde comienza el círculo vicioso, observen: si yo me encargo de esta circunstancia difícil, sola, es porque nadie más me ayuda; pero si no colaboran o no reconocen todo lo que estoy haciendo yo solita es porque no me valoran lo suficiente; si no me valoran, será porque no lo estoy haciendo tan bien, así que me tengo que esforzar más— yo sola— en sacar adelante esta situación harto complicada, y a ver si así me tienen más en cuenta, …

Al final, no solo terminamos teniendo un fuerte complejo de baja autoestima, sino que caemos en un perfeccionismo absurdo, que nos deja exhaustas, y ese cansancio físico termina repercutiendo en un cansancio mental y, ambos a su vez, desemboca en un malestar emocional muy próximo a un estado de depresión o ansiedad, según los casos.

No sé ustedes, pero yo admito que siendo cuidadora principal caí en esta trampa psicológica. Y también conozco otras mujeres en situaciones similares que son tan Cassandras como lo he sido yo. Pero, ¿por qué?

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¿QUÉ TANTO RIESGO TIENE UNA CUIDADORA PRINCIPAL DE SUFRIR COMPLEJO DE CASSANDRA?

En mi caso particular, siempre hubo una tendencia a tapar con trabajo o labores mis malestares emocionales. Sin embargo, cuando tuve que asumir que mi hermano tenía Alzheimer y ya no podía estar solo, tomé el toro por los cuernos, como se suele decir ^^, e inmediatamente asumí el papel de cuidadora principal —como ya había conocido los estragos de esta demencia en mi madre, más o menos sabía lo que se avenía y qué debía  hacer.

Pero entre lo complicado que ha sido ese proceso, lo sola que me vi, y los comentarios que recibía del tipo: «no vas a poder sola con eso», «vas a quedarte sin vida propia…», o, peor aún: «o sea que no haces nada, sólo estás en casa», cada vez me implicaba más en la labor y cada vez más intentaba demostrar que era una supercuidadora —cuando no, la Mujer Maravilla— que podía ocuparse de mil tareas. Era claro, que procuraba un reconocimiento o un afecto en los demás, demostrando todo lo que sabía hacer como mujer cuidadora: lo responsable que era, lo sacrificada que era, lo eficiente que era, …

Pero la realidad, amigos, se impone: la sociedad, y nuestros allegados, sigue sin valorar el trabajo doméstico, como es el mundo de los cuidados, y no todas las mujeres nacemos para ocuparnos de este tipo de tareas, de ahí que renunciar a una vida social y especialmente laboral, para quedarse recluida en el mundo doméstico, no siempre resulta deseado. Y tarde o temprano, eso tendrá implicaciones negativas en nuestro estado de ánimo.

Por otra parte, hay que reconocer que quien no padece en su propias carnes lo que significa cuidar de un enfermo con demencia, es difícil que entienda en toda su intensidad nuestra situación.

Y ahí es justamente donde nos adentramos, como cuidadoras, en el complejo de Cassandra: como personas singulares buscamos ser significantes en nuestro entorno, pero siendo cuidadoras nos sentimos infravaloradas, casi invisibilizadas. Por eso podemos tratar de aumentar nuestra autoestima intentando ser más perfectas, en lugar de nutriendo nuestro amor propio y aceptando las limitaciones que esta labor conlleva.

Si nosotras vivimos a expensas de aprobación y el reconocimiento ajeno, mientras que los demás, lamentablemente, no valoran nuestro empeño o no se muestran empáticos con nuestra problemática, tampoco nosotras vamos a sentirnos empoderadas siendo cuidadoras, ¿verdad?

Por tanto, esta es la clave de por qué aparece el complejo de Cassandra: porque nos tratamos a nosotras mismas como haceres humanos, en vez de como seres humanos con necesidades deseos y propósitos propios.

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Asimismo, la asunción de este complejo psicológico puede verse agravado por los diversos factores implícitos que posee el trabajo de ser cuidadora de un enfermo con demencia:

  • no ser capaces de evitar la progresión de la enfermedad en nuestro ser querido, a pesar de todos los esfuerzos que realizamos, genera un gran caudal de impotencia;
  • la exposición prolongada a soledad y al desgaste emocional que padecen las personas cuidadoras a lo largo de todo el proceso,  y que se manifiestan en forma de estallidos de cambios de humor o enojos, los cuales podemos pagar con nuestros enfermos o demás familiares, pero que principalmente nos hacen juzgarnos severamente, al sabernos vulnerables y sin control sobre nosotras mismas;
  • el tener que decidir, aun en contra de nuestra voluntad, abandonar muchas facetas de nuestra vida para centrarnos casi con exclusividad en nuestro familiar dependiente a la larga nos puede hacer sentir culpables y tratar de enmendar rotos con descosidos, es decir, intentar volvernos personas ‘multitareas‘, para al final sólo conseguir saturarnos aún más y acrecentar nuestra frustración;
  • el no haber aprendido a saber decir NO, a poner sanos límites a las exigencias de nuestro entorno. Y este punto es requete-importante, porque cuánto más tiempo y energías invirtamos en ayudar a los demás, rebasando nuestros límites, más estrés nos vamos a generar, llegará un momento en que nos sintamos saturadas, no pudiendo ser tan eficientes a causa de nuestro cansancio, y ello nos hará sentir mal con nosotras mismas, lo que afectará ferozmente a nuestra autoestima.

Y muy vinculado a todo lo anterior, la obsesión por tenerlo todo bajo control y ser mujeres-cuidadoras-madres-esposas-amigas-etc. perfectas. Una idea inconsciente absurda, pero muy esparcida en nuestra sociedad, que nos aboca a cargarnos de exigencias innecesarias que solo sirven para minar nuestra fuerza y nuestra autoestima al comprobar que es imposible alcanzar tal grado de perfección.

Todo este afán por visibilizar nuestra labor, por demostrar que estamos haciendo algo valioso e imprescindible, nos lleva a un desgaste emocional y físico que finalmente se somatiza y da lugar a dolores físicos —dolor de cabeza, de cervicales, de espalda, bajas defensas, etc.— o malestares mentales —fatiga crónica, insomnio, depresión, ansiedad, etc.

Y es una pena, porque realmente cuidar de un ser querido resulta una experiencia personal maravillosa, que nos conecta con el amor y el mundo de los afectos en general.

¿CÓMO EVITAR O ENFRENTAR EL COMPLEJO DE CASSANDRA SI SOMOS CUIDADORAS?

Lo primero de todo, de cara a no caer en este tipo de síndromes o comportamientos tóxicos, es mantenerse informadas al respecto. Y no sólo sobre este mal, sino sobre todos los riesgos que implica cuidar de enfermos crónicos.  Cuanto más sepamos, más ventaja tendremos.

Sin embargo, amigas, también es fundamental, atender al mundo práctico o, si se quiere, poner en práctica la teoría: si reconocemos este patrón psicológico en nosotras, hay que realizar trabajo interno para eliminarlo.

¿Y qué significa con exactitud hacer trabajo interno? Sanar nuestras heridas emocionales poniéndonos en primer lugar y cuidando conscientemente de nosotras mismas antes que de nadie más. Y no se equivoquen: esto no es egoísmo, sino que es amor propio a través del cuidado a una misma, sola y por sí misma :).

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  1. Para ello resulta imprescindible colocar sanos límites que eviten dar toda nuestra energía a los demás o a lo externo, antes que a nosotras. En la medida en que cada una nos centremos en brillar con luz propias, aceptando de nuestra personalidad —lo que somos + lo que hacemos—, más oportunidades tendremos de ser una luz en la oscuridad de los demás.
  2. Ser más indulgentes con nuestros fallos y defectos, perdonarnos y amarnos con nuestras imperfecciones y todo. ¡Aquí nadie es perfecto! Y el método de ensayo-error se muestra ineludible, más si cabe cuando nos enfrentamos a un caso de enfermedad por demencia: nada está escrito en piedra y realmente ningún caso es igual a otro. Cada enfermo es un mundo.
  3. Así, reconocer nuestra vulnerabilidad no es sinónimo de saberse frágil o débil, sino de sentir nuestros límites, de hasta dónde podemos llegar y hasta dónde no. Si algunas veces sienten que no pueden más, que se les cae la vida, que tienen ganas de salir corriendo o de estrellar toda la vajilla contra el piso, no es por falta de coraje, sino porque tienen sentimientos, corre sangre por sus venas y son mortales de carne y hueso 🙂
  4. Si cuesta no ser tan severa con una misma, piensen en toooodoooo lo que han logrado en la vida y han sido capaces de sacar adelante prácticamente solas. Les doy una pista: haber conseguido mantener un cierto bienestar físico y emocional en un enfermo de Alzheimer, por ejemplo.
  5. Sacar tiempo para invertir en una misma. Saber recompensarse. Y no porque lo necesiten, ¡que también!, sino porque tienen todo el derecho y se lo merecen con creces que sus deseos se materialicen.

Nadie dice que sea sencillo mantener encendida la llama del amor  y el cuidado propio, pero conviene dedicarle horas de trabajo consciente para fortalecerlo. Porque invirtiendo en una misma, ya no habrá necesidad de buscar una validación externa que nos haga sentir queridas, aceptadas y, en definitiva, valoradas por los demás. Y el maleficio de Cassandra no formará parte de nuestra actitud ante la vida.

Espero que estas palabras les ayuden a encarar la impagable tarea de ser cuidadoras con más ganas y precauciones. ¡Esa es mi intención! Cuéntenme cómo se sienten y qué piensan al respecto de este tipo de experiencias. ¡Estamos deseando oirlas leerlas! 🙂

Les mando un abrazo lleno de comprensión y ánimos.

Cuídense mucho, cuidadoras.

 

 

 

 

 

 

 

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¿QUÉ ENSEÑA EL MITO DE PANDORA A LOS CUIDADORES DE ENFERMOS DE ALZHEIMER?

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¡Buenos días, cuidadores!

Hoy paso fugazmente por el blog para compartir con ustedes un humilde consejo. Un consejo burdo y estúpido, pero que si no lo digo, no duermo tranquila ^^. Para ello voy a recurrir a la mitología griega, que nunca deja de estar en boga. Al fin y al cabo, los mitos siempre nos dejan enseñanzas vivas que podemos aplicar a nuestra vida diaria :).

¿Algunas veces no llegan a sentirse como protagonistas del mito de Pandora y su caja de los truenos cuando tienen que lidiar tanto con todos los males que acarrea la enfermedad de Alzheimer?

Me consta que sí, por los comentarios que comparten conmigo y todos los amigos de «¡Buenos días, Alzheimer!».

Pues, yo creo que de este mito los cuidadores podemos extraer una gran enseñanza, o dos ^^.

EL MITO DE PANDORA

Como muchos ya saben, y los que no, se lo enseñamos —que pa’eso estamos—, Pandora fue una mujer creada por Zeus —el jefe-jefazo del Olimpo—para castigar a los titanes Epimeteo y Prometeo en particular y a los seres humanos en general —Prometeo, en su afán de ser protector de la humanidad, se arriesgó a entregar el don del fuego a la gente a pesar de la prohibición explícita de Zeus. Para conocer más a fondo este relato mitológico pinchen aquí.

El caso es que Pandora era una mujer dotada de múltiples virtudes a la par que escondía varios defectos. Quizás el más sobresaliente de todos era su curiosidad incontrolable.

En este sentido, realmente Pandora fue creada por expreso deseo de Zeus para castigar a los humanos por su ambición, conque su tendencia a la curiosidad no fue casual ni voluntaria. Puede decirse que esta mujer encarnaba a una bella desgracia.

A partir de aquí, existen diversas versiones sobre este mito, pero yo siempre he tomado aquélla que relata que Zeus dispuso a Pandora en la Tierra acompañada de una jarra —algunos hablan de una caja— que estaba sellada, ya que contenía todos los males destinados a los humanos, aunque ella lo desconocía, y que bajo ningún concepto debía destapar.

Pedirle a una mujer poseedora de una curiosidad inherente que no abriese una jarra/caja con un contenido intrigante, era la mejor estrategia que podía haber ingeniado el Dios del Olimpo para proveer a toda la humanidad de un buen elenco de sucesos nefastos.

Así, pues, Pandora movida por el deseo de averiguar qué había dentro de la jarra/caja, y en connivencia con su marido Epimeteo, un día decidió abrirla…

Inmediatamente salieron con furor toda los males que serían causa de la infelicidad humana —vejez, dolor, enfermedades, muertes, odios, venganzas, codicia,  etc.—, si bien Zeus también incluyó en ella un pequeño remedio para tantas desgracias, que no las disipaba, pero sí las aliviaba: la esperanza :).

caja-de-pandoraPandora, aturdida y asustada por la furia que desplegaron los males salidos de la jarra/caja y desparramados por doquier, solo atinó a taparla cuando lo único que quedaba dentro era la esperanza.

Desde entonces los infortunios habitan con las personas, Pandora es culpabilizada por ello y, para remediarlo, se dedica a ofrecer a la humanidad la esperanza contenida en su jarra/caja, como símbolo de que, si bien los males pueden no ser propiciados por una persona, pero esta puede padecerlos de forma indirecta e injusta, la esperanza es una cualidad que cada quien alberga dentro de sí para contrarrestar el sufrimiento con el deseo de un mañana mejor. Y, además, la esperanza, según atestigua Pandora, es lo último que se pierde.

QUÉ NOS ENSEÑA EL MITO DE LA CAJA DE PANDORA A LOS CUIDADORES

En verdad la esperanza no se trata de una emoción, sino de una decisión, un proceso cognitivo, mental. Implica aceptar una situación —y la aceptación de nuestra nueva realidad es una palabra clave en la vida de los cuidadores— y creer que podemos adaptarla de la mejor forma posible a nuestro beneficio, siempre que realicemos los cambios necesarios.

En este sentido, estoy convencida de que, de la leyenda de Pandora, los cuidadores podemos extraer un par de conclusiones:

  1. que las calamidades y los malos tiempos que se ciernen sobre nuestras vidas cuando convivimos con la enfermedad de Alzheimer en un ser querido, no significa que las hayamos provocado nosotros, sino que todo se debe a una accidentada casualidad y a unas circunstancias sobrevenidas ajenas a los cuidadores. Por tanto, ¡fuera culpabilidad y sentimientos de impotencia!
  2. y que por horribles e incómodos que sean los momentos por los que pasamos, siempre tenemos la posibilidad de acudir a la esperanza en nuestro interior para animarnos a seguir adelante y a darle un sentido positivo a toda nuestra experiencia como cuidadores. Y es que la esperanza, como el amor, nos dota de un poder incombustible para afrontar las adversidades.

Y, bueno, amigos, qué les voy a contar que ustedes no sepan… Pero lo cierto es que, habiendo sufrido en carne propia dos casos de Alzheimer en familiares directos y jóvenes, muchas veces he tenido la sensación de que en algún momento yo misma debí haber destapado algo prohibido, ocasionando que las peores desgracias se colasen en mi vida.

En sí, la propia enfermedad de Alzheimer es una caja de Pandora para todo cuidador, pues es difícil, cuando no imposible, prever qué trae consigo. Pero una vez abierta, pareciese que no deja de sucederse una cadena de situaciones desagradables que nos llevan al límite de nuestra paciencia y fortaleza anímica, hasta el punto de sentir que vamos de mal en peor.

Saber que un familiar padece una enfermedad tan cruel como es una demencia; asistir a su imparable deterioro físico y cognitivo, sin que podamos hacer gran cosa para evitarlo; sufrir viendo que nuestro familiar cada vez nos reconoce menos, como también nosotros cada vez tenemos más dificultades para reconocer en nuestro enfermo a esa persona tan espléndida que fue cuando estaba sano; escuchar reproches e insultos hacia nosotros de parte de nuestro familiar, cuando en realidad estamos dando el 200 % de nuestras energía para cuidarlo,…

Todo este carrusel de sucesos no lleva a sentirnos impotentes, inútiles, devastados, infravalorados, solos,… En una palabra: desgraciados.

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Y, así, es fácil caer en la angustia de sentir que tal vez algo estemos haciendo mal, que aunque nos fallen las fuerzas, debemos esforzarnos más por todo; pero ya no podemos más, ¡no aguantamos más!

Sin embargo, es justo entonces cuando debemos traer a nuestra mente el mito de Pandora.

EL PODER DE ALBERGAR SIEMPRE ESPERANZAS CUANDO SOMOS CUIDADORES DE UN ENFERMO DE ALZHEIMER

Porque, al igual que ella, nosotros no destapamos ninguna jarra/caja, con la intención de provocar mal alguno. Simplemente, somos meros espectadores de una maldición ajena a nuestra voluntad. Y por lo demás, no podemos detener tanto mal porque no somos perfectos: somos humanos.

Pero aceptar la nueva realidad de que la demencia se va llevando la personalidad del enfermo y que a partir de ahora estamos ante una nueva etapa —desconocida y desconcertante— nos tiene que llevar a elegir pasar por este luto para, posteriormente, ya recuperados del shock inicial, decidir movernos hacia adelante, es decir, no quedarnos llorando al pasado y gastando energías buscando un porqué.

La esperanza, entonces, se impone como un recurso voluntario que nos enseña que nada es banal e insignificante en la vida, que de todo se puede extraer un aprendizaje positivo que nos debe impulsar a continuar honrando nuestra existencia porque contamos con lo más importante: la salud. Pero también tenemos la oportunidad de seguir trabajando en ser lo que deseamos ser, una mejor versión de nosotros mismos, gracias a este tipo de sucesos tan intensos y difíciles por los que pasamos.

Por eso, queridos cuidadores, nunca se olviden que, en este camino tortuoso y adverso que nos toca recorrer, contamos con la esperanza :).

La esperanza de que todo nuestro esfuerzo y nuestro amor no es vano para nuestro familiar enfermo;

La esperanza de que la vida nos devuelta todo el amor y la generosidad que depositamos en nuestra labor de cuidar a otra persona;

Y, finalmente, la esperanza de que ser cuidadores nos sirva para ser mejores personas, para superar nuestros límites, para saber cuán poderosos y resistentes y necesarios somos.

Así que, amigos cuidadores, nunca, nunca, NUNCA pierdan la esperanza. Ni la calma, ni la certeza de que ustedes son personas excepcionales que desprenden cariño y solidaridad como pocas personas en este mundo.

Y que cuando ese familiar enfermo les recrimina algo o no valora el trabajo que están llevando a cabo, no les está atacando su ser querido, sino el efecto de una enfermedad que se apodera del cuerpo de nuestro familiar para trastornar su mente. Piensen que si esa persona estuviese sana y fuese la que era antiguamente, estaría orgullosa de todo cuanto hacen o cuanto harían por los demás.

Y aquí ya no hablamos de esperanzas o deseos; estoy convencida de que hablo de certezas 😉

¡Un fuerte abrazo para todos! Cuídense mucho, cuidadores, que espero (=esperanza ^^) volver a encontrarlos a todos por acá muy pronto 😉

AFRONTANDO MUDANZAS Y CREANDO RUTINAS ENTRE CUIDADORES Y ENFERMOS DE ALZHEIMER.

balanceo.

Miren la lección de fortaleza que nos regalan los gorriones: parecen vulnerables, pero se obstinan en mantener el equilibrio, a pesar del desafiando el vendaval.

¡Buenos días, compañeros cuidadores!

Después de unas semanas apartada del mundo por un estrés galopante y donde mis cervicales se vieron muy afectadas, decidí volver a tomar las riendas de mi vida cotidiana… en la medida de lo posible, claro.

Anteriormente, les había contado mi obligación de tener que mudarme de apartamento y lo mucho que me había desconcertado eso. Llevaba diez años residiendo en el mismo domicilio y justo ahora que tenía a mi hermano viviendo conmigo —desde hace unos dos años—, tener que emprender una mudanza no era el mejor momento para él: para su enfermedad de Alzheimer supondría un gran inconveniente y temía que se intensificase su desorientación en una nueva vivienda.

LO QUE SUPONE INICIAR UNA MUDANZA DE VIVIENDA PARA UN CUIDADOR Y PARA SU FAMILIAR CON DEMENCIA

¡Pero ni modo! Dado que no tenía más opción, traté de tomarme esta situación de la mejor manera posible. Además, en el fondo, pensaba que todo sería más sencillo de lo que al final fue… ¡Siempre me pasa lo mismo: peco de optimismo infundado ^^ ! ¡Una que va esperanzada por la vida! ¡ja,ja,ja!

Aparte de todos los contratiempos e imponderables que envuelven de por sí una mudanza de vivienda, había que cargar cuidadosamente con la demencia de mi hermano. Yo sabía o había oído hablar de lo conflictivo que pueden llegar a ser los cambios de rutina en los pacientes con Alzheimer, pero intenté en todo momento mitigar sus efectos adversos tratando de hacerle partícipe en todo el proceso de mudanza (aunque sin agobiarlo). Y creo que esto es muy importante: incentivar a estos enfermos a colaborar, decidir, opinar, etc., con el fin de reforzar su autonomía personal y su autoestima.

Afortunadamente, el nuevo apartamento resultó muy cómoda y espaciosa, llena de luminosidad y vistas agradables… Y eso supuso un punto a favor; pero lo cierto es que dos semanas después de habernos instalado en nuestro nuevo hogar, mi hermano sigue sin interiorizar la distribución de la casa y se muestra más irritable e inquieto de lo habitual hasta antes de la mudanza 😦 …

Retro Office Space With Books, Furniture And Sun FlareTal vez sea un malestar emocional que está sufriendo y que es producto de un cambio tan drástico. Sea como fuere, como cuidadora principal sé que las alteraciones en el humor y el carácter de esta clase de enfermos son un rasgo ineludible de gran parte de la dolencia. Pero como sucede en tantas ocasiones, ¡información no siempre es poder!

Quiero decir, que no por mucho anticiparse o prever determinadas situaciones, podemos saber solucionarlas. De hecho, intuyo que aquí radica el quid de la cuestión: no existe solución para sosegar los impulsos agresivos, ni sus tendencias a irse de casa, ni desarmar sus paranoias.

En mi caso, amigos, lidiar con tantos imprevistos familiares y complicaciones domésticas me dejó agotada, ¡terriblemente exhausta, mejor dicho! Y no sólo por el esfuerzo físico extra que tuve que desempeñar, sino también debido a ese estado de alerta permanente  que siempre vivimos los cuidadores y que nos lleva a estar pendiente de la más mínima queja o mueca de disgusto de nuestro familiar enfermo, y que es sentida como una señal de alarma de que se avecina un berrinche 😦 .

¿Y qué decir de esa sensación horrible de que en cualquier momento va a ser necesario salir corriendo de casa, ya que por cualquier motivo irrisorio, mi hermano, airado y ofendido, va a salir por la puerta con la firme intención de ponerse el mundo por montera y dejar atrás el cálido nido doméstico?  Y, la verdad… ¡a ver quién se lo impide! ¿Ponerse una a intentar razonar con un paciente con alzheimer? ¡Ja!, ¡imposible, ¿no es cierto?!

En fin… No obstante el saberme debilitada por tantos avatares y tantos delirios, llega un punto en que también me canso de sentirme cansada. Y es que si la vida se muestra como una incesante puesta en común de voluntades propias y ajenas, imprevisto y vicisitudes, lo que siempre debemos de tener presente es que lo importante no es lo que pase, sino cómo lo dejamos pasar por nuestro filtro emocional. 

CÓMO DEBE REACCIONAR UN CUIDADOR ANTE LOS CAMBIOS EXTERNOS

Porque, en efecto, es así, amigos cuidadores: debemos pensar con frialdad y objetividad y saber discernir entre aquéllo que es inevitable y que no está en nuestra mano eliminarlo —como es el caso de anticiparnos a cómo va a reaccionar un enfermo de Alzheimer— y aquéllo otro en que sí podemos ejercer un poco de control —por ejemplo, cómo nos afectan los cambios o el sobre-exigirnos más de lo que realmente podemos dar, el querer tener TODO bajo control, etc.

Especialmente, me parece importante el evitar anticiparnos a las cosas,  dado que ello nos crea mucha ansiedad y nunca sabemos a ciencia cierta cómo se van a dar. Tener esto claro, lejos de infundirnos desazón, debe ser visto como un factor favorable, porque es posible hallar consuelo en las certezas de las incertezas.

Y no, no es una contradicción: es una lección que puede aligerar nuestra sensación impotencia y alejar una postura victimista de «por qué me tienen que pasar a mí, cuidadora infeliz, estas cosas».

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En mi opinión, resulta imprescindible mostrar una mentalidad abierta a los cambios y los sucesos inesperados. Y, a partir de ahí, sí, entiendo mejor que nadie que como cuidadores llenos de responsabilidades necesitemos tomarnos un tiempo para expresar nuestra bronca, para manifestar nuestro hartazgo y nuestra desasosiego, ¡claro que tenemos ese derecho! ^^ ¡Pero, ¡ya!, sólo un momento! No nos llenemos la cabeza de quejas estériles ni comentarios negativos, por favor. ¡Es lo último que precisamos!

Contra lo que no está en nuestra mano cambiar, hay que saber actuar con sabiduría, con confianza en los resultados y con eficiencia —cualidades, por cierto, que nos reporta la experiencia y que, tarde o temprano, toda persona cuidadora desarrolla 🙂 .

En definitiva, amigos, que me canse convivir con la enfermedad de Alzheimer en mi hogar, no implica que deba pasarme el día desganada y quejándome de mi mala suerte, porque entonces no sabría valorar y celebrar esos buenos momentos en que mi familiar  está tranquilo y dicharachero, y que cada día me regala en diferentes oportunidades. Asimismo, conviene que utilicemos esa energía para crear una nueva rutina en comunión con nuestro enfermo, que lo ayude a sentirse nuevamente en casa, aunque no sea la misma que antes.

Miren, amigos, todo pasa en esta vida, ¡incluso los malos momentos! Así que si una mudanza o un cambio grande afecta nefastamente a nuestro familiar con demencia, piensen que son etapas y que antes o después llegan a su fin, para dar paso a otras nuevas.

Por último, les insisto en la idea de debemos aceptar que determinadas cosas pasan  independientemente de nuestra voluntad —NO PODEMOS TENER TODO BAJO CONTROL, CUIDADORES—, pero cómo afectan a nuestra vida sí es nuestro problema… ¡y nuestra solución!  ¡¡Que todo fluya, pero que no nos influya, amigos 🙂 !!

Espero que esta pequeña anécdota y reflexión extraída de mi experiencia personal les haya servido para algo —¡¡ojalá!!— y les anime a ustedes a compartir experiencias similares para que otros cuidadores podamos aprender más y más.

Mil gracias por estar en este blog y por darme un cachito de su valioso tiempo.

¡Un abrazo muy afectuoso!