¿CUIDADORES «MULTITAREAS»? ¡ESTRÉS ASEGURADO!

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¡Buenas, queridos amigos!

¿Cómo vamos llevando la vuelta a la vida normal, y no tan colorida, tras el final de las Fiestas navideñas? ¿Y el inicio de año, cómo va fluyendo? Yo creo que esta vez fui más espabilada que años anteriores y lo empecé con el pie derecho — ¡Bravoooo, por fiiinnn! :)—, y ya les voy a contar por qué… ^^

La verdad, amigos, es que estoy alarmantemente optimista últimamente. Nos es que me hayan pasado grandes sucesos, ni tampoco muchos; pero sí he sabido tomar una buena decisión como cuidadora, que me ha llevado a tener un poco más de relax y tiempo libre, como también me ha permitido darme cuenta de algún que otro error que estaba cometiendo insidiosamente en mi labor de cuidadora informal.

Y eso es genial para mí, porque me encanta saber que tengo la capacidad de darme cuenta de mis equivocaciones y que la vida me regala segundas oportunidades para rectificar y estar más cerquita del éxito o lo correcto, sea cual sea ésta.

Sin más preámbulos — que al final siempre termino enrollándome más que una persiana con mis palabras… ¡perdón! —, paso a contarles que hay de nuevo en mi faceta de cuidadora y qué me ha permitido aprender.

REPARTIR LOS CUIDADOS ACUDIENDO A  PERSONAS PROFESIONALES

Como comenté anteriormente, ustedes saben que desde hace un mes aproximadamente tuve la posibilidad de inscribir a mi familiar enfermo a un centro de día. Tarde mucho en tomar esta decisión, supongo que por temor a que no fuese visto con buenos ojos por parte de mi hermano o por miedo a que le repercutiese negativamente en su autoestima.

En realidad, esta idea errónea la extraje por una cuestión de edad: mi hermano solo tiene 40 años y, por norma habitual, las personas que acuden a los centros de día son mayores de 65 y, en muchos casos, directamente ancianos. Así que suponía que estar rodeado de gente tan mayor y con una vida tan dispar a la suya, le afectaría muchísimo a su estado de ánimo, ya que lo obligaría a asumir definitivamente su deterioro de salud.

Al final, ¡nada que ver, amigos! Desde este mes de enero, mi hermano acude 6 horas por las tardes a su ‘cole’ donde no solo está rodeado de otras personas muy agradables, a pesar de sus enfermedades o su vejez, sino que lo atiende un grupo de profesionales que son de su grupo de edad y lo tratan como un igual. En pocas palabras, él está feliz de la vida y yo respiro tranquila de saber que hice lo correcto… ¡por fin!

Porque, ¿qué estaba haciendo yo mal como cuidadora? Pues, básicamente, sacrificarme en exceso como tal, intentando acaparar ámbitos de atención a mi enfermo para los que no estaba realmente cualificada, y sobreprotegerlo, pensando ilusamente que con nadie que no sea yo, su cuidadora 24 horas, iba a estar mejor… ¡Y nada más lejos de la realidad!

A la larga, lo único que conseguía con mi actitud era que yo me sintiese saturada, agobiada y estresada hiciese lo que hiciese y mi hermano, que se aburriese muchísimo estando en casa o haciendo siempre las mismas cosas, siempre en mi compañía. Por lo cual, tanto sacrificar mi tiempo y mi libertad no servía para que mi familiar se sintiese mucho mejor.

Sin embargo, al llevarlo al centro de día supe enmendar gran parte de mi error y enderezar la situación. Porque él consigue perderme de vista y socializar con sus compañeros y profesores, lo cual es una intensa fuente de distracción para él. Y yo tengo más tiempo libre para mí, lo cual indudablemente me recarga las pilas y me despeja, al mismo tiempo que por fin dejo de martirizarme por no saber proporcionarle un tiempo de ocio o distracción de calidad, acorde con sus necesidades.

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En suma, amigos, lo que he comprendido con esta experiencia es que la labor de cuidadora informal posee un principio y un fin, unas limitaciones determinadas y que, por consiguiente, no tiene que abordar las 24 horas del día de un enfermo de Alzheimer — o cualquier otra dolencia crónica que cree dependencia.

EVITAR NO SOBREPASAR LOS LÍMITES DE LAS TAREAS DEL CUIDADOR INFORMAL PARA NO SUFRIR UN EXCESO DE ESTRÉS

La función de cualquier cuidador informal contempla unas tareas domesticas precisas, de apoyo y contención emocional a nuestro familiar,  de protección y ayuda personal que permita generar bienestar y seguridad en él. Pero, a la hora de realizar actividades lúdicas, físicas o de estimulación cognitiva… eso ya son palabras mayores.

Para eso ya existen profesionales dedicados y formados convenientemente en esas materias, que saben cuáles son las problemáticas de los enfermos y cuáles son los métodos más eficaces para afrontarlos. Amén de poseer los recursos y las infraestructuras apropiadas para realizar tal labor.

En otras palabras, ser cuidador no implica necesariamente ser terapeutas, animadores socioculturales, fisioterapeutas, monitores de tiempo libre, gerontólogos, gerocultores o cualesquiera otras profesiones relacionadas con las necesidades de este tipo de pacientes.

¡Ojo! No me entiendan mal: soy una gran defensora de aplicar el aprendizaje permanente en todos los ámbitos de la vida y, por supuesto, en lo que respecta a la formación como cuidadores. Evidentemente, cuanto más sepamos, mejor será para nuestro familiar dependiente. Pero…

¿Realmente es indispensable llegar a tal grado de polivalencia para hacer bien el papel de cuidadores? ¿Debemos asumir tantas cargas y tanta presión sobre nuestros hombros, aprendiendo en todo el tiempo un sinfín de cosas nuevas para tratar de mantener la salud y el bienestar de nuestro familiar con Alzheimer intactas, a costa de  terminar los cuidadores resquebrajados y hechos triza?

Es como mejorar la salud del otro, a costa de empeorar la nuestra; pero el drama radica en que si nosotros no estamos al 100%, nuestro enfermo tampoco lo estará, sencillamente porque depende de nuestros para estar bien… Sí, es un círculo viciosos…

Es claro que cuanto más tiempo le dediquemos a nuestro enfermo, menos tiempo tendremos para nosotros mismos, lo cual nos lleva inexorablemente a una situación de estrés prolongado e in crescendo que puede terminar pasando severas facturas a la salud propia. Y, en última instancia, ¿qué conseguimos con ello?

Ya lo asegura la sabiduría popular: el que mucho abarca, poco aprieta. Y el mundo de los cuidados y atenciones requeridas por un enfermo de Alzheimer, visto desde una perspectiva de conjunto, es harto complejo e inmenso; nunca se domina lo suficiente y una nunca está curada de espanto con esta dolencia tan abrumadora.

Por eso, opino que los cuidadores informales deben cumplir unas tareas determinadas, de índole doméstica y básicas, pero no ser seres multitareas, desempeñando el trabajo de cuidado, gestión doméstica, administrador de recursos materiales, profesional sociosanitario y monitor de tiempo libre de los pacientes, por no nombrar asimismo, la labor de enfermería que más de una vez llevamos a cabo. ¡¡Son demasiadas responsabilidades para una sola persona, ¿no creen?!! Responsabilidades, por lo demás, que no siempre van en consonancia con los gustos, pasiones o aficiones propias de los cuidadores.

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Por tanto, saber distinguir y marcar los límites de nuestra tarea como cuidadores resulta algo crucial para no caer rendidos bajo un exceso de estrés y de desgaste físico, mental y emocional.

Y, muy vinculado con lo anterior, compartir el cuidado de nuestro familiar enfermo con otros cuidadores profesionales es la mejor decisión que se puede elegir, empezando por considerar que, en ciertos aspectos, un profesional cualificado puede proporcionarle una ayuda que nosotros estamos lejos de proveer.

Nuestro enfermo lo agradecerá porque es una forma de permitirle tener un espacio propio, no verse tan invadido por nuestra presencia controladora y poder socializar con otras personas, lo que supone salir de la rutina familiar del día a día. Y para los cuidadores… bueno, es un gran respiro, ya que recuperando también nuestro propio espacio, desconectamos de la abrumadora tarea de los cuidados permanentes y eso nos permite dar una atención de mayor calidad al enfermo.

Nadie niega que convivir con la enfermedad de Alzheimer en nuestro hogar sea ya de por sí un motivo de mucho agobio, y es inevitable que en algún momento manifestemos malestares ocasionados por una exposición prolongada a situaciones de estrés y desazón. Pero, al menos en mi caso personal, reconozco que gran cantidad de ese estrés fue generado por mi propia culpa, por intentar abarcar toda la vida de mi hermano, darle todo lo que yo no puedo darle, sencillamente porque no dispongo de dichos recursos. Y es que, como persona, soy limitada e imperfecta. Y muy aburrida —qué le vamos a hacer, nunca he sido la extroversión personificada ^^.

Imagino que cada caso —cada casa— es un mundo y no todos tenemos los mismos problemas, ni las mismas oportunidades, pues estas dependen en gran medida de la personalidad y el entorno que rodea a cada persona; pero, de verdad, de corazón, les digo, cuidadores: no pierdan el tiempo, el humor y las energías intentando ser el cuidador perfecto para su familiar, esa figura no existe.

Sin embargo, pueden ser el cuidador más sabio, si saben pedir ayuda externa y buscar el modo de repartir la carga diaria de cuidados y terapias con otras personas. Tal vez nadie pueda darle más amor y predisposición a nuestros enfermos que nosotros, pero… otros sí pueden entregarle compañía, entretenimiento y cuidados expertos en determinadas áreas que les ralentizará el progreso de su demencia.

Y la suma de ambos tipos de cuidados —personal y profesional; doméstico y social— resultará la pócima mágica para que nuestro familiar tenga motivos para seguir luchando hacia adelante contra el viento y la marea que provoca el Alzheimer en su cerebro y en su cuerpo.

Esta, amigos míos, ha sido mi reflexión: de los errores se aprende y al rectificar mi actitud nos beneficiamos todos. Y, por supuesto, cero reproches para conmigo, eh, porque mientras sea capaz de enmendar las situaciones, me perdono y sigo aprendiendo a ser una mejor cuidadora cada día, a través del método ensayo-error :).

Espero que les haya sido de utilidad mi escrito Muchísimas gracias por aguantarme llegar hasta aquí y dedicarme su valioso tiempo.

Cuídense mucho, cuidadores. ¡Un abrazo!

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¿POR QUÉ ES IMPORTANTE QUE LOS CUIDADORES VIVAN EL PRESENTE?

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¡Hola de nuevo, amigos!

Bienvenidos nuevamente. ¡Feliz comienzo de otoño para unos y primavera para otros! 🙂 ¡Gracias por tomarse un tiempo para leer estas líneas escritas! Es una sensación sumamente maravillosa para mí saber que me acompañan en cada escrito que les comparto.

Verdaderamente, es algo que valoro mucho, sencillamente por sé que el tiempo (su tiempo) es valioso y, por tanto, regalándome un pedacito de su tiempo me están dando lo mejor (lo más poderoso) que ustedes tienen: su presente.

Y precisamente del presente quiero hablarles hoy (¡y se van a hartar de verme usar esta palabra! Mil perdones… ^^)

No sé si a muchos cuidadores les sucede, pero yo, como cuidadora-24-horas, hay veces que tengo la extraña impresión de que vivo a medio camino entre dos mundos paralelos que se entrecruzan constantemente:

el mundo de la monotonía, de la rutina diaria de tener que pasarme las horas del día atada a mi familiar enfermo, quien además cada vez presenta más limitaciones, más incapacidades y peor temperamento; y, por otro lado, el mundo de la sorpresa, de lo inesperado, ese que me exige estar delirantemente alerta a cada movimiento que realice mi enfermo, a cada cambio de humor que tenga, a cada necesidad nueva que surja según va avanzando su enfermedad de Alzheimer… o a cada nueva situación personal que aparezca en mi vida y tenga que compaginarla con su cuidado.

Al final, la impresión que a menudo me acompaña es algo así como una sensación de estrés, de ansiedad o de preocupación en medio de una vida llena de hastío y rutina. ¡Qué paradójico, ¿no?!

Pero es así: cuanto más inmovilizada veo mi vida personal, más agobiada y ansiosa me siento por mi futuro, por qué será de mi porvenir, dónde quedarán mis propósitos y mis anhelos de una vida a mi medida.

DEAMBULANDO ENTRE LOS TIEMPOS PRETÉRITOS Y LOS TIEMPOS HIPOTÉTICOS

Otra mala costumbre que suelo tener es invertir mi tiempo pensando en mis diversos tempos emocionales. Quiero decir: o recordando mis tiempos pasados en los cuales tenía mayor libertad para hacer lo que deseaba (lo que al final termina dejándome un cierto poso de depresión o luto por lo perdido); o presuponiendo tiempos futuros inciertos sobre cómo va a ser mi vida una vez mi papel de cuidadora se reduzca y pueda volver a disponer de tiempo propio para trabajar o tener más vida social (lo cual me genera aún más ansiedad y angustia).

Y, claro, también están esos instantes en los cuales me pongo a divagar sobre tiempo hipotéticos o imaginarios, más ficticios que reales, ¡ja,ja,ja! Supongo que acudo a ellos por mero afán de escapar de la realidad.

Sin embargo, amigos míos, tengo la impresión de que todos estos vaivenes mentales (y temporales) solo sirven para frustrarnos más y más… para empantanarnos en sentimientos de negatividad, que nos tornan nuestra vida más gris e inestable y nos impiden aprovechar los auténticos beneficios (¡que los hay!) de haber tenido que hacer un paréntesis en nuestra antigua existencia cómoda, pero también anodina, para detenernos a dedicarnos en cuerpo y alma a cuidar a un familiar enfermo.

Al final, tanto preocuparse, tanto estresarse y someterse a altos niveles de presión por mantenerlo todo bajo control  nos quita energía para dedicarnos a disfrutar con calma de la vida.

Además, hay algo que es indiscutible, queridos cuidadores: es imposible tener bajo control o contrarrestar los duros tragos que nos deparan las distintas etapas por las que pasa una persona con Alzheimer. Nadie está preparado para eso (ni enfermos ni cuidadores). Hay que armarse de valor, paciencia, autotestima y… aguantar el chaparrón de lo que salga de la mente de nuestro familiar.

LA CONCIENCIA DE ESTAR AQUÍ Y AHORA

Pero ésa es exactamente la cuestión: nos sentimos mal porque no utilizamos nuestro tiempo con sabiduría, no porque no tengamos motivos para sentirnos bien. Y, a su vez, poseemos una perspectiva negativa y derrotista de nuestra cotidianidad porque nos sentimos infelices. Todo un círculo vicioso que puede abocarnos a una frustración prolongada que nos dirija a un lamentable estado depresivo.

Por lo tanto, ¿dónde está nuestro problema?, ¿en qué estamos fallando? Pues, claramente, en que no estamos viviendo el presente a plena conciencia. Porque de hacerlo, encontraríamos múltiples detalles que enriquecen nuestro día a día y nos llenan de esperanza y optimismo.

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Una sencilla forma de aprender a disfrutar del presente es justamente ésta que ven: ¡hacer el payaso! ¡Ja,ja,ja!

Y es que pasan muchas cosas positivas mientras transcurre cada día, aun en los momentos de furia o frustración de nuestro enfermo; pero hay que estar muy atentos, con los pies en el presente, para saber valorarlas en toda su magnitud.

Sin embargo, para captarlos es necesario utilizar de forma consciente nuestra sensibilidad, ya que para sentirnos mejor precisamos percibir cada instante precioso que nos regala la vida a través del uso de nuestros cinco sentidos.

Pensemos, por ejemplo, en esos sucesos cotidianos pequeños que nos aportan bienestar y nos sacan una sonrisa: enterarnos de una buena noticia, recibir una muestra de cariño, escuchar comentario gracioso o agradecido de nuestro enfermo, tener el placer de degustar una rica comida o una bebida deliciosa, sentir el aroma de un incienso recién prendido, recibir una llamada de una persona querida que nos cuenta algo alegre o se preocupa por saber cómo estamos, etc. Si nos centrásemos en valorar este tipo de detalles que tanto suman a nuestra vida, no viviríamos tan angustiados. O, al menos, limitaríamos más nuestras angustias a unos ratitos puntuales.

La ventaja de vivir en el aquí y ahora reside en que es un modo efectivo de apaciguar nuestro malestar.

Claro que sé muy bien que cuando nos vemos superados por episodios de soledad, de ansiedad, de apuros o de cansancio mental (como esos episodios tan desconcertantes que nos depara la convivencia con una persona aquejada de Alzheimer) no somos capaces de darnos un tiempo prudencial para percibir todo cuanto acontece en el ahora.

Por otro lado, la falta de libertad de movimiento que sufrimos los cuidadores de enfermos con altos grados de discapacidad nos obliga a vivir en una quietud bastante incómoda. Pero, fíjense que, como ya comenté anteriormente en otro escrito, también nos da la posibilidad de aprovechar los beneficios de tener una vida lenta (slow life), sin estrés externo ni carreras a contrarreloj, lo cual es de gran ayuda para enfocar nuestro tiempo en el momento actual.

CÓMO ENTRENAR NUESTRA MENTE PARA SABER VALORAR LOS BUENOS MOMENTOS

Ahora bien, amigos cuidadores, como toda actividad mental, vivir el aquí y ahora requiere de entrenamiento, disciplina y constancia. Hay que crear el hábito de ser consciente de lo que vivimos.

Se trata, por tanto, de dejar de deambular por la vida con el piloto automático encendido y aprender a estar alerta a través de nuestros sentidos y una mente abierta para percibir todas las satisfacciones que tiene cabida en un mismo día.

Pongamos algunos ejemplos de cómo disfrutar del presente: cuando nos otorgamos tiempo para recrearnos con algo que nos apasiona (una afición, un curso,…); o cuando nos consentimos con un pequeño capricho (un postre que saboreamos lentamente, una bebida caliente que sentimos como calma nuestra sed al tiempo que nos infunde calidez, un objeto que nos compramos porque llevábamos tiempo deseando tenerlo,…); o cuando rompemos alguna rutina y hacemos algo distinto porque se nos antoja más; o cuando nos marcamos metas personales que, al alcanzarlas, nos hace sentir productivos y valiosos (aprender algo novedoso, planear nuevos horizontes profesionales, elaborar listas de tareas para el día siguiente e ir cumpliéndolas, …).

Pero, también podemos aumentar nuestro bienestar cuando decidimos no ser tan exigentes con uno mismo, establecer límites saludables o saber decir ‘no’ a la hora de realizar algo que no nos apetece en ese momento. Y creo que estas recomendaciones son necesarias en el caso de los cuidadores, porque tendemos a cargar con demasiadas exigencias  y a no saber delegar o pedir ayuda cuando se trata de cuestiones que atañen a la atención de nuestros enfermos.

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Nuestra vida, cuidadores, ha de estar plagada de pompas de jabón que, si bien duran poco, están llenas de belleza y ligereza. No pasa nada por que alguna desaparezca: otras vienen en camino a llenar nuestro espacio de luz y color.

Obvio: la obsesión por obrar con la máxima eficiencia en nuestra labor como cuidadores, buscando una perfección absurda, sólo sirve para desvincularnos de la realidad y de nuestros intereses personal, alimentando aún más la sensación de agobio, ansiedad e inutilidad. Así que, ¡mucho ojo con esto, amigos!

Pero, ¿lo ven? ¡Existen miles de actuaciones que podemos acometer para sintonizar con nuestra vida actual desde una actitud positiva y enérgica, amigos! ¡Por algo presente significa regalo, ¿no creen?!

Porque practicar el tener una actitud receptiva durante todo el tiempo nos permite vivir el presente, en lugar de sólo estar presentes, y simultáneamente nos incentiva a albergar una postura vital más proactiva, predispuesta, llena de esperanza y optimismo, y a ser más tolerantes con los momentos de frustración, salvando los desafíos que se nos pongan por delante.

Y créanme que tener una mente entrenada para vivir plenamente el presente es de gran ayuda en momentos de nerviosismo y presión estratosférica, como esas que se dan cuando nuestro familiar está muy negativo, depresivo y, sobre todo, agresivo. Entender que esos episodios suceden en ese preciso momento, pero que en cualquier otro momento ha de llegar a su fin, nos anima a aguantar mejor esa situación conflictiva.

¡Nunca debemos perder la esperanza de que vengan tiempos mejores! Pero para apreciar esos «tiempos mejores» es necesario saber valorar el presente en lo bueno  y lo no tan bueno ;).

En suma, conjugar los verbos sólo en tiempo presente y en modo positivo es la clave donde radica nuestro bienestar emocional. Y ya se sabe que los sentimientos tiene el poder de ser muy, pero que muy contagiosos ^^. Estoy convencida de que disfrutar del tiempo que pasamos con ellos mientras somos cuidadores es el mejor presente que le podemos entregar a nuestro familiar enfermo :).

¡Muchos ánimos para esos cuidadores que se sienten desbordados con su labor! No es nada fácil, pero en situaciones así es donde se aprender a amar la vida y vivirla con más intensidad y sensibilidad. Al fin y al cabo, tenemos una gran suerte: no padecemos Alzheimer ni ninguna enfermedad incapacitante, ¡y eso sí hay que celebrarlo! 🙂

¡Un abrazo enorme! ¡Cuídense mucho, cuidadores!

PEQUEÑOS PASOS PARA COMBATIR EL ESTRÉS DE SER CUIDADOR

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¡Buenos días, amigos!

Ya a punto de terminarse el verano, empiezo a hacer planes para la nueva ‘temporada lectiva’. Y es que septiembre tiene ese halo de nuevo comienzo tranquilo, como si fuese una especie de inicio de año menor, al menos para quienes vivimos en el hemisferio norte.

Y a pesar de que como cuidadores es fácil caer en la sensación de que todos los días son iguales y las temporadas se difuminan en el calendario sin dejar mayor rastro de sus llegadas, yo no quiero caer en esa apatía o, mejor dicho, ¡no debo permitirme caer en esa apatía! ¡Así que nada mejor que retomar la mentalidad de estudiante y preparar la vuelta a las clases! ^^

¿Y cuáles son esas intenciones poderosas que me rondan por la cabeza? Nada menos que tratar de buscar un tiempo para mí y trabajar por mi bienestar físico y mental. Practicar meditación, hacer ejercicio físico, ya sea en forma de yoga o de pilates o en forma clases más dinámicas como aerobic… y siempre encontrar tiempo para leer, porque me ayuda mucho a reflexionar y sentir otras vidas que, a su vez, iluminen mi manera de estar en este mundo :).

¡Esos son mis grandiosos planes!^^ Pueden parecer poca cosa, incluso insulsos, pero quienes sean cuidadores principales saben que por sencillos que parezcan, para nosotros puede suponer todo un reto buscar estar una hora al día fuera de casa sin la compañía de nuestro enfermo.

LIDIANDO CON EL ESTRÉS QUE PROVOCA SER CUIDADORA PRINCIPAL

Pero, ¿saben qué pasa? Que ya no puedo demorar más estar en casa sin buscar una vía para sacudirme el estrés que tanto nos golpea a quienes se dedican a cuidar a una persona enferma de Alzheimer todo el día, todos los días.

Justo ahora, cuando se cumplen dos años desde que me traje a vivir conmigo a mi hermano y asumí las riendas absolutas de su atención, me doy cuenta de la presión tan grande que me supone su cuidado prolongado y cómo cada mes que ha transcurrido desde entonces fue un mes de mayores exigencias y desafíos para mí.

Y cuanto más tiempo pasaba, más visible se hacía su degeneración neuronal y menos tiempo iba teniendo yo para mí misma.

Y lo cierto es que esta falta de libertad, de vida propia y este aumento de responsabilidades terminan minando mi energía, por muy buen talante que trate de ponerle a nuestra rutina diaria. Porque no hay pensamiento positivo que valga cuando mi hermano se pone de mal humor sin motivo aparente, me recrimina de todo y se queja de algo que nunca atina a explicarme exactamente qué es, y en algunos casos se trata de paranoias que se arma en su mente que nada tienen que ver con la realidad.

He aquí mis grandes fuentes generadoras de estrés negativo.

Para mí, sin duda, esa es la peor parte de esta enfermedad: los constantes (e inesperados) cambios de humor y mi incapacidad para entender qué es lo que realmente le irrita o le incomoda a mi familiar. Ahí sí que me veo una persona sin recursos, impotente para salvar la situación y evitar que mi nerviosismo y frustración se eleve hasta la estratosfera.

Y resulta curioso, ¿saben?, porque siempre he creído que era una persona que sabía controlar sus niveles de estrés; de hecho, a priori, se diría que todo me estresa, ya que tiendo a ver los episodios novedosos como algo alarmante, que amenaza mi tranquilidad y temo que me exija más de lo que puedo dar (¡soy así de pesimista!).

Pero, por otro lado, es precisamente la manifestación de una situación estresante lo que me motiva a ponerme a prueba e intentar realizar el esfuerzo extra. Ya lo señala el Dr. Dagoberto Flores:

“El eustrés o estrés positivo, nos hace más productivos y creativos, resistentes a las enfermedades al elevar nuestro sistema inmunológico, nos llena de vitalidad y nos permite tener relaciones óptimas. Para visualizar mejor la manifestación del eustrés en la persona, recordemos a aquella persona que nunca se desanima ante los problemas, que siempre ve el lado positivo de las cosas, que nunca la vemos enojada, sino con una sonrisa en la boca, que nunca se enferma y que siempre tiene una buena relación con los demás”.

Pero, claro, hablamos de situaciones breves en el tiempo, con un principio y un fin… El problema está en que como cuidadores los momentos de estrés se agolpan uno tras otro y no tenemos tregua porque la circunstancias que lo provocan están presentes de forma permanente.

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No obstante, si bien es verdad que no puedo luchar contra los estragos que causa esta enfermedad en mi hermano, sí puedo trabajar para que no me afecten tanto. Esa es la clave 😉 .

CAMBIAR DE HÁBITOS PARA DISMINUIR EL ESTRÉS Y MANTENER EL COMPROMISO

Por eso he decidido que ante tanto estrés, ansiedad, desorganización e insomnio, mi solución inmediata ha de estar en buscar fuentes de bienestar emocional. Hábitos y recursos que aporten serenidad al espíritu.

Porque, para serles honesta, de los cuatro factores fundamentales para tener una vida equilibrada y espléndida que son comer bien, practicar ejercicio, relajarse y dormir adecuadamente, ¡yo tengo déficit en los cuatro! (sí, soy un desastrillo andante, la verdad ^^). ¡Y así no vamos a ningún lado!

¡Cómo esperamos que la vida nos sonría sino tenemos ni fuerza para esbozarle una sonrisa a la vida!

Cuando era chiquita y vivía en Argentina, me acuerdo que daban en la tele una propaganda de una casa de tés, cuyo lema era “me tomo cinco minutos, me tomo un té”, pues se me antoja un lema ideal para aplicarle a mi vida de cuidadora, ¡ja,ja,ja!

Así que, aprovechando que mañana entramos en fase de luna nueva, ideal para anunciar propósitos nuevos, mis intenciones para conmigo misma será frecuentar clases de pilate y meditación para aprender a respirar,  relajarme, desconectar y hacer algo de ejercicio que me sacuda mis dolores de espaldas. En este sentido, hacer yoga o pilates es perfecto para quienes disponemos de tan poco tiempo libre, pues ayuda a matar varios pájaros de un tiro :).

Pero aún más recomendable resulta hacer un hueco en nuestra agenda o nuestra rutina para ¡bailar! Sí, amigos, se puede bailar en casa, yendo a clases de danza o de bailes, o acudiendo a clases de aerobic mix o zumba,… ¡como les parezca! Por si «el que canta su mal espanta», lo mismo consigue el que mueve su cuerpo al son de una música placentera.

Yo soy nefasta para el bailer, jamás tuve sentido del ritmo; y, sin embargo, cuando bailo soy feliz, me siento extasiada, como si el alma se me llenase de cosquillas. Sin duda, un gran combustible para generar ganas de movernos.

Supongo que todo está en organizarse convenientemente y tener la voluntad suficiente para cumplirse lo que uno se promete. Porque, al fin y al cabo, si no cuidamos de nosotros mismos, cómo vamos a ser tan ingenuos de creernos capacitados para cuidar de los demás, ¿no les parece?

¡MANOS A LA OBRA! CÓMO MANTENER EL ESTRÉS BAJO CONTROL

En cualquier caso, lo importante es ser conscientes de que necesitamos cambiar hábitos para sentirnos mejor. Y comenzar. es recomendable empezar poco a poco, no querer abarcar muchas actividades al mismo tiempo. Los mejores cambios, los más duraderos son aquéllos que vamos haciendo de uno en uno.

Caminito agreste... y oceánico.

Es como cuando estamos muy enojados y tenemos ganas de gritar a los cuatro vientos nuestra bronca. No sé si a ustedes les sucede igual, pero con mi hermano y sus delirios vivo muchas situaciones así.

El caso es que lo recomendable en estos casos es tomarse un momento e intentar sonreír. Al principio tienes tan pocas ganas de hacerlo que todos los músculos faciales parecen entumecidos, oxidados, cuesta un montón; pero en el momento en que logras esbozar una sonrisa de oreja a oreja, sistemáticamente todo cambia como por arte de magia, te sientes mejor :).

Pues de eso se trata, amigos: de empezar, tener la intención de hacerlo y llevarlo a cabo aunque al principio cueste un mundo.

Así que, ya saben: si el agobio, el malestar y el estrés los atosiga, pónganle límites.

Mantengan una vida sana ingiriendo alimentos energizantes y descansando lo necesario (aunque para ello haya que recurrir a productos de herboristería); practiquen ejercicios que los activen y hábitos que los relajen.

¡Y desahóguense, busquen con quién compartir sus quejas! Acudan a reuniones de terapia grupal si tienen alguna asociación cerca de su domicilio, o llamen a un amigo, ¡o escribánme a mí, que pa’eso estamos! Pero nunca se vayan a dormir con malestar acumulado.

¡Ah! y, ya para terminar, les informo, por si no la conocen, que existe una aplicación genial para teléfonos móviles inteligentes llamada Fabulous. ¡¡En cuestiones de hábitos saludables es realmente revolucionaria!!^^

En definitiva, somos responsables de nuestra propia persona y, mal que nos pese, somos responsables del bienestar de nuestro familiar enfermo. Por tanto, fortalecer nuestro propio bienestar es la primera obligación que tenemos como cuidadores. Y diría más: es la mayor prueba de amor que podemos demostrar por nuestra labor :).

Como suele decirse: ¡cuídate, cuidador! 🙂

¡Hasta la próxima, amigos! ¡Gracias por estar ahí!

P.D.: Queridos amigos, les aviso de que, justamente para ofrecerles un recurso para desahogarse y evitar sentirse solos y aislados, he creado hace un par de días, un grupo de facebook para los cuidadores, con la intención de que tengamos un espacio privado para expresarnos y aliviar nuestras inquietudes o ese malestar que se va formando en nuestro pecho de tanto aguantar en silencio.

El grupo se denomina COMUNIDAD DE CUIDADORES BUENOS DÍAS, ALZHEIMER. Ingresen en él, si quieren, y así pueden compartir con otros lo que se les antoje :).

¡Los espero con los brazos abiertos!

 

CUANDO LA VIDA DEL CUIDADOR ES UNA ‘ZONA DE OBRAS’

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Este castillo ruinoso puede resultar una óptima alegoría de nuestras fortalezas anímicas, amigos: las ruinas nos permiten reedificarnos para tornarnos más aptos a nuestro presente.

¡Buenos días, cuidadores!

Aquí estoy de nuevo, un poco alborotada. Podría decirse que, en estos momentos, mi vida está bastante patas arriba… literalmente. Y les cuento por qué.

Verán ustedes: desde hacía días, algo no iba bien en nuestro piso y ducharse resultaba cada vez un acto más traumático (¡ja,ja,ja! aviso: tengo la exageración desatada). Sí, en serio lo digo. Al final, de hecho, la cuestión no era tan estúpida: fallaban las tuberías, ¡era hora de cambiarlas! Y, de paso, reformar los baños de la vivienda. Total: un mes de obras y reformas 😦 .

Así que desde hace días nuestra casa se ha convertido en una zona de obras (acorde con la vida personal de una cuidadora de un enfermo con Alzheimer, ¿no les parece? 😉 ), con todo lo que ello conlleva, y no tanto por la incomodidad que me genera a mí, sino sobre todo por la falta de comprensión y el exceso de inestabilidad que le puede causar a mi hermano. A fin de cuentas, ¿qué puede haber peor para una persona con esta demencia que ver trastocada su rutina diaria por la falta de ducha y aseo diario y un constante ruido de golpes y destrozos a cada cual más estridente 😦 .

OBRAS EN LA CASA Y ENFERMEDAD DE ALZHEIMER: ¡UN CÓCTEL PELIGROSO!

Puede parecer que vuelvo a exagerar otra vez, amigos, pero siento que éste es un nuevo desafío para mí como cuidadora: ¡sosegar a la fiera que lleva mi hermano! (y, de paso, aguantar golpes y estruendos de ruinas que se caen…). Pero qué duda cabe que un entorno en obras debe ser nefasto para una persona con esta dolencia, porque, ya se sabe, la rutina es fundamental para ellos. Imagino que un hogar en obras ha de ser poco menos que frustrante, como si  su casa se convirtiese en un lugar alterado y desconocido, con demasiados cambios…

Y hablando de cambios,  los cambios de humor tan propios de los enfermos de Alzheimer, vuelven a ser el pan nuestro de cada día en estos ruinosos momentos… ¡No les quiero ni contar!

¡Con lo feliz y agradecida que estaba yo en las últimas semanas por lo apaciguado que estaba mi hermano! Y es que desde que en el mes de junio comenzó su nuevo tratamiento de medicación con la toma memantina, parecía que a nivel conductual le producía un efecto muy relajante; si bien, la contraparte, el temido efecto secundario, era un mayor entorpecimiento motriz y un mayor déficit de atención. No obstante, una nunca sabe si estos síntomas son producto de un tratamiento farmacológico o simplemente son propios de la enfermedad progresiva. En cualquier caso, es tan limitado el abanico de fármacos para combatir el mal de Alzheimer, que no hay mucho donde elegir, hay que agarrarse a lo que hay y alabar las fortalezas que tienen y no las debilidades que causan, ¡sino esto sería un sinvivir continuo!

En todo caso, mi opción ante esta circunstancia es dejar que todo fluya… implorando bajito que la reforma se termine lo antes posible. Y mientras dura, voy apagando los fuegos leoninos (sí, mi hermano es un Leo de pura cepa) según se vayan presentando. Lo cierto es que, no se trata ya de estar viviendo una zona de obras en mi casa lo que me agobia, me estresa y me hace estar en estado de alarma, no… Más bien es la incertidumbre de cómo va a responder mi familiar con Alzheimer a cada nueva experiencia que se presenta; hasta qué punto le puede afectar negativamente y cuántos problemas va a darme a mí como cuidadora. ¡Demasiada ansiedad anticipada, la mía, ¿verdad?! No sé porque siempre tiendo a ponerme en lo peor…

INYECTÁNDONOS UNA BUENA DOSIS DE TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN

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Pero, a pesar de toda la inestabilidad emocional que pueda causarme este tipo de situaciones, me quedo con lo bueno que me proporciona: la oportunidad de trabajar y reforzar mi capacidad de resiliencia, de aguante y mis habilidades resolutivas. ¡Amén de ejercitar mi tolerancia a las frustraciones cotidianas!

Porque, ¿acaso no les parece que los cuidadores de enfermos de Alzheimer deberíamos tener una tolerancia a la frustración a prueba de bombas? Oh, sí. Esa es una de las destrezas fundamentales que nos exige nuestra labor: ser capaces de afrontar los problemas y limitaciones que nos encontramos a lo largo de la vida cotidiana, a pesar las molestias o incomodidades que nos causan.

Y es que, como cuidadores, es imprescindible que tengamos la capacidad de ser flexibles, comprensivos y adaptarnos, cual camaleones ^^, a las necesidades y los tiempos de nuestros enfermos. Es quizás uno de los principios fundamentales de nuestra tarea.

De lo cual se deduce que dominando este sentimiento, ¡¡seremos capaces de dominar el mundo!! (¡¿A que suena fantástico dicho así?! ^^). Bueno, tal vez no sea para tanto, pero sí es verdad que al ejercitar nuestra tolerancia a la frustración, al no tomarnos todo a pecho y como si fuese un atentado hacia nuestro sistema nervioso, podremos gozar de un mayor bienestar en nuestra vida. Nos sentiríamos más conscientes, objetivos y hasta confiados con nuestra capacidades de salir adelante y no perderíamos tanto tiempo en amargarnos y quejarnos de nuestros ¿problemas?

Para mí, por tanto, la tolerancia a la frustración es una manera práctica de aplicar un cierto relativismo existencial a aquéllo que me pasa, pues, me  permite racionalizar mis preocupaciones y ver hasta qué punto realmente son problemas o circunstancias aciagas, y hasta qué punto son situaciones o sucesos que ocurren para nuestro bien; aunque mi dramatismo se empeñe en impedirme percibirlo como algo no tan malo. Pero, amigos míos, ¡aprender a discriminar objetivamente todo lo que nos pasa es una forma de curarnos en salud! 🙂

Toda experiencia, sea ésta buena o no tan buena, es una habilidad ganada que servirá para capacitarme aún más como cuidadora (y como persona) e incrementar mi sentido de adaptación, tan sumamente importante cuando se convive con una persona con Alzheimer, ¿no creen?

Mientras los martillazos, los escombros y el polvo campa a su anchas por mi casa, aprovecho para sacar adelante algunos asuntos pendientes que tengo por ahí y que puedo resolver cómodamente sin moverme de mi hogar. En este sentido, el hecho de estar atada de pies, por tener que supeditar las obras, no me impiden trabajar con mis manos y mi mente. De hecho, es el motivo perfecto para ponerme con esos cursos y esas intenciones laborales que siempre voy posponiendo para otro día “en que esté mejor” (el mítico hábito de dejarlo todo para ese mañana que nunca llega, ¡ja ja, ja!). ¡Y ese es, pues, mi mayor remedio contra el aburrimiento en estos momentos! Es una pena que el pobre de mi familiar con Alzheimer no pueda decir lo mismo…

Pero, a decir verdad, lo genial de haber pasado por tantas jornadas de obras y reformas domésticas es que, una vez terminadas, dispondremos de una vivienda más adaptada a las necesidades de mi hermano, o de cualquier otra persona que tenga sus facultades físicas disminuidas. Lo cual no sólo repercutirá en la comodidad del enfermo, sino también en mis labores diarias como cuidadora.

¡Benditas odiosas obras! ^^

 

CÓMO CUIDAR LA AUTOESTIMA CUANDO SE ES CUIDADOR PERMANENTE

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Soledad, aire libre, café y un buen libro,… Darse un tiempo para uno mismo… ¡nada más sencillo para  empoderar nuestra autoestima!

¡Buenos días, amigos cuidadores! 🙂

Mi escrito de hoy comienza con una pregunta vital para cualquier persona, pero especialmente aquellas que en estos momentos se dedican en cuerpo y alma al cuidado de un familiar dependiente: ¿qué tal andas de autoestima en estos instantes?

Tema fundamental para el desarrollo de nuestro bienestar integral, en esta ocasión voy a compartirles mi atención por este asunto tan profundo 🙂 .

La autoestima es ese músculo emocional (en el sentido de que conviene ejercitarlo para reforzarlo) que nos permite sentirnos bien y nos motiva a dar lo mejor de nosotros, a realizar las cosas con un matiz de perfeccionamiento, de superación, porque sabemos que estamos a la altura de las circunstancias y porque nos sentimos con la suficiente vitalidad o entusiasmo para hacerlo.

Poseer una autoestima saludable parte de una concepción de egoísmo sano que implica trabajar con uno mismo para, posteriormente, reflejar ese bienestar personal en todo lo que nos rodea.

La estima que desenvolvamos estará estrechamente vinculada al valor que nos otorguemos (ya que es fundamental aceptarnos tal como somos) y las decisiones que tomamos en función nuestros deseos y necesidades.

O dicho en otras palabras, una buena autoestima depende mucho de la aceptación que nos brindemos, lo que también implica respetar y validar la realidad que nos circunda, confiar en nuestras capacidades para afrontarla (¿se acuerdan de lo que comenté sobre resiliencia y afrontamiento en una entrada anterior de mi blog?) y saber manejarla eficazmente, sin perder de vista que no siempre estamos en disposición de resolverlo todo, y que de los equívocos se aprende.

En suma, el tema de la autoestima es súper-importante, en la medida en que funciona de indicador de cuán satisfechos nos sentimos con lo que hacemos por nuestra vida.

Sin embargo, cobra un valor aún mayor en el caso de quienes atravesamos situaciones personales adversas que pueden repercutir muy negativamente en nuestro ser, sumiéndonos en una marejada de ansiedad y estrés prologando.

Y es que, no en vano, la responsabilidad enorme que asumimos al cuidar de una persona dependiente nos empuja con más urgencia que nunca a fortificar nuestra autoestima y gestionar adecuadamente la frustración y los vaivenes emocionales que anidan en nuestra alma. Ya que hay que tener en cuenta que a esa sobrecarga de responsabilidad de ser cuidadores se añade la desolación que experimentamos por presenciar cómo ese ser que queremos se va apagando lentamente y  la sensación de que cada vez nos absorbe más, nos exige más de nosotros, y, al final , nos termina aislando del resto del mundo.

A partir de ahí, parece claro la necesidad de que los cuidadores seamos conscientes del rol que desempeñamos en esta vida, más allá del de cuidadores, y hagamos especial hincapié en respetar nuestra integridad personal, es decir, saber quiénes somos, para qué estamos en esta vida, qué queremos conseguir en ella y nunca, NUNCA dejar de cultivar sueños que nos incentiven a crecer, porque en su resultado se halla el germen de nuestra realización personal, que es, al fin y al cabo, el combustible que nos hace brillar e irradiar plenitud a los demás.

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Porque he visto los estragos que el ejercicio prolongado de la labor de cuidados permanentes ha hecho en otras personas, creo que ésta resulta, sin lugar a dudas, una de mis mayores preocupaciones como cuidadora: saber dónde poner el límite entre una entrega generosa de nuestro tiempo hacia alguien y una acción abnegada que puede tener como resultado una anulación total de nosotros, de nuestra vida, en pos del bienestar de otro individuo.

Pero, amigos, es precisamente en este punto donde una sólida autoestima (de esas a prueba de bombas)  puede salvarnos del abismo, dado que nos capacita para afrontar una misión tan delicada, pero sin perder el norte de nuestro centro personal y anímico.

Y es que, en efecto, nuestro papel de cuidadores nos puede definir en un momento dado de nuestra evolución individual (y nos aporta un plus de virtuosismo, por cierto), pero no deja de ser una circunstancia impuesta, ajena a nuestros deseos. Ser cuidadores, por tanto, debería asumirse como una parcela de nuestra vida, muy intensa, eso sí, y que consume gran parte de nuestra energía, ¡pero nunca debería ser entendida como toda nuestra vida, al punto que terminemos definiéndonos como cuidadores sin más! Bueno… lógicamente, a menos que hagamos del mundo de los cuidados nuestra pasión y nuestra profesión ^^.

Por todo lo dicho, porque se sabe que puede ser relativamente fácil dejarnos arrastrar por la corriente del contexto presente y caer en el error de relegar nuestra existencia a ser una extensión de la vida de la persona a quien atendemos, más que nunca es fundamental ser conscientes de quiénes somos y  qué hemos venido a aportar a este mundo desde nuestra propia individualidad.

De hacer caso omiso a esta advertencia, podemos sucumbir a un estado tóxico de insatisfacción constante que nos guíe a una depresión grave, de difícil curación.

Puedo decirles que, años atrás, cuando tenía tiempo de acudir a terapias grupales de psicología aplicada a cuidadores de enfermos de alzheimer, me he encontrado con varios casos de este estilo, y es muy triste ver cómo la vida de una persona, por el mero hecho de ser cuidadora, queda hecha añicos por culpa de tanto auto-abandono infligido. ¡Pero es tan fácil llegar a ese punto! La gente que nunca ha pasado por una situación similar no puede imaginárselo, mas es una realidad: caminamos sin cesar tan al borde del precipicio mental que separa la salud de la desesperación, que un puñado de pasos en falsos nos arrojar al abismo de la depresión.

¡Pero centrémonos en  retomar los empeños de ser los mejores cuidadores partiendo de ser las personas más espléndidas que haya sobre la faz de la Tierra! Para ello, resumimos cuáles son los pilares básicos sobre los que se ha de asentar una buena autoestima:

  1. Vivir siendo conscientes, sabiendo lo que somos, lo que tenemos, lo que albergamos conseguir y manteniendo en claro la idea de que cada día que pasa es irrecuperable y, por tanto hay que sacarle el mayor provecho posible. El momento óptimo para trabajar en nuestra autoestima siempre es ahora.
  2. Aceptarse a uno mismo, con nuestras virtudes y pericias, pero también con nuestras debilidades y torpezas; y recordando, como bien indicaba José Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Es decir, validando los contra que podemos tener a lo largo del camino, pero con la actitud de crecernos ante ellos.
  3. Autoafirmarse implica ser consecuentes con uno mismo y con los compromisos que adquiramos; hablar y actuar con coherencia entre lo que pensamos, sentimos, dicimos y hacemos.
  4. Vivir con integridad personal, lo que significa velar por nuestro bienestar físico, anímico y social; cuidarse de forma total, sin descuidar ninguna faceta de nuestra vida.
  5. Vivir con propósito, algo en lo que ya he hecho énfasis anteriormente. Para mí es la esencia principal de toda autoestima, ya que los objetivos y metas que nos marquemos nos estimulan a ir siempre hacia adelante en pos de nuestra satisfacción.

Fortaleciendo estos pilares es como conseguiremos mantener vivo nuestra más auténtica personalidad.

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Y si es necesario, cuelguen en un lugar visible una lista de intenciones que desearían llevar adelante. ¿Qué les gustaría hacer a corto plazo y qué les gustaría  haber conseguido a medio o largo plazo? Teniendo siempre presente lo que quieren hacer es más fácil no postergarlo (¡las paredes de mi casa están llenas de este tipo de listas y propósitos a cumplir! ^^)

Yo no es que sea precisamente un ejemplo en cuestiones de autoestima (en realidad, siempre fue punto débil), pero desde que me dedico al 100% a ser cuidadora de un enfermo de alzheimer, la ejercito más que nunca. Supongo que eso es lo que me permite extraer un 10% más de energía, sacando fuerzas de flaquezas dicho sea de paso, para seguir apostando por mantener mi lugar en el mundo a través de mi desarrollo personal.

La clave está en… ¡ser cabezota y trasnochar un poco, ni más ni menos, queridos amigos! ¡ja,ja,ja! Y en hacer uso de determinados recursos que hay disponibles por el mundo adelante. Por ejemplo, en páginas webs como la de Ximena de la Serna, Estudio avellana o Gaviblog (entre otras muchas) regalan preciosas planillas para trabajar todo esto de lo que les estoy hablando (autoestima, lista de intenciones, organización efectiva, agendas, etc), además de proporcionar videos, audios y otro tipo de materiales muy motivadores.

Así que, ¡no hay peros que valgan, cuidadores! Busquen un rato al día para establecer qué les haría felices y dense la satisfacción de hacer algo al respecto. ¡Su autoestima se lo agradecerá! Y a más inquebrantable autoestima, más capacidad para salir indemne de la ardua batalla que supone el hacer frente a la enfermedad de Alzheimer.

Seguramente no sea fácil motivarse en estas circunstancias, pero como se escucha decir por ahí: ¡Chica/o, tú vales mucho! 😉

¡Un fuerte abrazo a todos!

LOS CUIDADORES Y LA FILOSOFÍA DE LA VIDA LENTA (SLOW LIFE).

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¡Buenos días, amigos!

Hoy me dispongo a hablar (ups! quiero decir, a escribir) sobre algo positivo que me permitió experimentar mi convivencia con la enfermedad de Alzheimer.

Y no se trata de que quiera contarles mi vida (que puedo percibir sus hombros levantados y sus pensamientos de «¿y a mí qué me cuentas?», ¡ja, ja!), sino darles motivos para no ver todo de color negro cuando pensamos en lo que nos toca vivir a los cuidadores.

¡Hay que incentivar esa mentalidad positiva con que tanto los mareo! 🙂

Por eso quisiera hablarles escribirles sobre la gran oportunidad que tenemos a nuestro alcance los cuidadores de practicar la Vida Lenta y ser la envidia de medio mundo ^^ (y sí, piensan lo correcto: hoy estoy en modo “exagerado total”).

¿Saben, amigos? Recuerdo que antes de dedicarme a desempeñar la función de cuidadora, vivía estresada, corriendo de un lado a otro, exprimiendo al tiempo cada minuto y consideraba al reloj un artículo imprescindible, venerado y consultado a partes iguales, como si de un oráculo se tratase, porque, al fin y al cabo, marcaba mis pasos y limitaba mis acciones. Me obligaba a hacer mil cosas al mismo tiempo y a ser una persona multitareas; siempre andaba corriendo de acá para allá. Pero a veces sentía que me encantaría pasar unas vacaciones en un monasterio y no hacer otra cosa más que sentarme a divagar sobre la vida e idolatrar los techos y las moscas 🙂 .

¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA DE LA VIDA LENTA?

Supongo que tenía un estilo de vida en consonancia con aquel que promueven las sociedades modernas y cosmopolitas: el tipo de vida abocado al consumo y al uso superficial y acelerado de nuestro tiempo. Donde la sensación amenazante del “no me da tiempo” o del “tengo que darme prisa” impregna nuestras células de urgencia, de impaciencia e de impulsividad. Y lo peor de todo, nos hace mella en nuestra estabilidad bio-psico-emocional.

Recuerdo también haber leído tiempo atrás un artículo interesante (y que a mí me pareció poco menos que surrealista ^^) sobre la teoría que mantenían diferentes profesionales,  como el doctor Larry Dossey,  que diagnosticaban a las sociedades occidentales como enfermas de tiempo y advertían de las consecuencias nefastas que el estilo de vida capitalista producía en la salud global de los ciudadanos. Y  yo pensaba llena de envidia: «quien me diera la oportunidad de poder dejar el reloj en casa…»

Afortunadamente, para contrarrestar estos influjos nocivos de la rutina diaria basada en el estrés prolongado y silencioso al que nos aboca la vida moderna, nacerían los movimientos y la filosofía de la VIDA LENTA (o “Slow Life“), ¿les suena? A algunos seguro que sí 🙂

La finalidad de la filosofía de vida lenta era despertar la consciencia humana sobre la necesidad de volver a dominar nuestro tiempo, de saborear lentamente la vida, de detenernos a disfrutar de los pequeños placeres cotidianos, sin la acusadora presencia del todopoderoso reloj. Apagar, por tanto, el “piloto automático”, para ser protagonistas y usuarios conscientes de ese regalo irrecuperable que es tiempo: el presente.

La asunción de la filosofía Slow Life supone albergar la certeza de sentirnos pasar por la vida, en lugar que de la vida se nos pase sin haberla aprovechado plenamente 🙂 . Suena a muy saludable, ¿verdad? Se trata, a fin de cuentas, de tomarse la vida sin prisas, pero sin pausas, lo cual no viene nada mal ^^ .

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EL VÍNCULO ENTRE LA VIDA LENTA Y SER CUIDADOR

Yo creo, amigos míos, que como cuidadores contamos con la posibilidad de acogernos a este estilo de vida, dado que estamos obligados a pasar muchas horas encerrados en casa o, en cualquier caso, supeditados al cuidado de nuestro familiar dependiente. Sin olvidar que éste nos demanda tomar las cosas con mucha calma y llevar a cabo en todo momento un ejercicio de paciencia donde las prisas se hallan desterradas.

Con lo cual, a través de esa burbuja invisible en la que vive el cuidador, se aísla de esa rutina tan vertiginosa y agobiante que resulta la vida exterior y en la que, francamente, nuestros familiares con Alzheimer no tienen cabida.

Por supuesto,  tampoco  es que nuestra vida  se presente como la situación ideal de una cotidianidad basada en el cero estrés (¡por dios, nada más lejos!).

Lo deseable sería un punto intermedio, ¿no?, un equilibrio entre las virtudes de la vida doméstica y las ventajas de la experiencia social.

Sin embargo, e infelizmente, para muchos cuidadores familiares la faceta social disminuye a su mínima expresión, aún más si nos referimos a una vida social independiente, aquélla que implica libertad de movimiento e intimidad absoluta. Seguramente esto sea de lo que más adolece nuestra cotidianidad y la causa de la mayor parte de nuestras lamentaciones (¡¡las mías, por descontado!!)

Ahora bien, si hay circunstancias que escapan de nuestro control, que no dependen de nuestra voluntad, como es el caso de tener que cuidar a un familiar afectado por una enfermedad crónica, al menos sí tenemos la opción de decidir cómo queremos vivir nuestra rutina y qué actitud tener ante ella.

En mi caso, considero que una de las cosas positivas que me aportó mi convivencia con la enfermedad de Alzheimer es aprender a levantar el pie del acelerador; reaprender a valorar la lentitud, la serenidad a la hora de analizar la realidad, el poder contar con más tiempo para admirar lo que hay a mi alrededor y saber actuar con sumo cuidado, controlando la impulsividad. Para una persona tan histérica y atropellada como soy yo , ¡este descubrimiento supuso toda una cura de desintoxicación horaria! ¡ja,ja,ja!

La verdad es que me siento muy afortunada de poder estar en mi casa (¡siempre fui muy casera!), en mi territorio, donde sí tengo libertad de movimiento y puedo flexibilizar mis horarios, hasta cierto punto. Sólo mi hermano y yo decidimos cuándo hacer qué, y en ningún otro sitio nos sentimos tan tranquilos y cómodos que estando en casa.

Y si incluso contamos en el hogar con todas las necesidad básicas cubiertas, con agua caliente para ducharse; gas para cocinar; teléfono, televisión y conexión a internet para comunicarte y distraerte; y la inestimable compañía de nuestras mascotas para sonreír, … Bueno, ¡entonces una sabe que hay poco de o que quejarse y mucho por lo que agradecer!

A orillas del Campus

Sin embargo, reconozco que a menudo me quejo mucho de mi falta de libertad, de intimidad y de tener que pasar tanto tiempo en casa, es cierto. Porque no cabe duda de que todo en exceso es perjudicial, ya se sabe. Pero, también es verdad,  que en muchas ocasiones no me molesto en ver la parte positiva del asunto…

Por eso, yo mejor que nadie comprendo que muchos cuidadores perciben estas situaciones domésticas como un encierro forzoso, como una jaula que coarta sus ansias de libertad y vida social, y lo entiendo perfectamente (¡yo también padezco días así de negativos, como les mencioné anteriormente!).

Pero mi intención es enseñar y reflexionar otro ángulo de perspectiva, más particular y sutil, desde el que mirar la vida y valorarla. Y es que como siempre argumento, toda circunstancia adversa posee un componente de positividad  y aprendizaje que nos mejora la existencia 🙂 .

En suma, una de las ventajas de ser cuidadores es que tenemos la oportunidad de romper con los patrones de vida acelerada, centrados en obtener el máximo beneficio en el menor tiempo posible, y abrazar las buenas prácticas de la Vida Lenta. Ya que precisamente tiempo es lo que nos sobra… y, tal vez, actividades (placenteras) en que invertirlo es lo que nos hace falta, ¿no les parece?

En fin, muchas , muchas gracias por haberme dedicado un pedacito de su tiempo y escuchar leer mis reflexiones de andar por casa. ¡No dejen de comentarme qué opinan! ¿Están de acuerdo conmigo o creen que perdí algún tornillo en algún momento y en algún lugar? ^^

Les mando un abrazo muy fuerte, cuidadores.

Cuídense mucho (y no es una sugerencia, ¡es una orden! 😉 )

 

AFRONTANDO MUDANZAS Y CREANDO RUTINAS ENTRE CUIDADORES Y ENFERMOS DE ALZHEIMER.

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Miren la lección de fortaleza que nos regalan los gorriones: parecen vulnerables, pero se obstinan en mantener el equilibrio, a pesar del desafiando el vendaval.

¡Buenos días, compañeros cuidadores!

Después de unas semanas apartada del mundo por un estrés galopante y donde mis cervicales se vieron muy afectadas, decidí volver a tomar las riendas de mi vida cotidiana… en la medida de lo posible, claro.

Anteriormente, les había contado mi obligación de tener que mudarme de apartamento y lo mucho que me había desconcertado eso. Llevaba diez años residiendo en el mismo domicilio y justo ahora que tenía a mi hermano viviendo conmigo —desde hace unos dos años—, tener que emprender una mudanza no era el mejor momento para él: para su enfermedad de Alzheimer supondría un gran inconveniente y temía que se intensificase su desorientación en una nueva vivienda.

LO QUE SUPONE INICIAR UNA MUDANZA DE VIVIENDA PARA UN CUIDADOR Y PARA SU FAMILIAR CON DEMENCIA

¡Pero ni modo! Dado que no tenía más opción, traté de tomarme esta situación de la mejor manera posible. Además, en el fondo, pensaba que todo sería más sencillo de lo que al final fue… ¡Siempre me pasa lo mismo: peco de optimismo infundado ^^ ! ¡Una que va esperanzada por la vida! ¡ja,ja,ja!

Aparte de todos los contratiempos e imponderables que envuelven de por sí una mudanza de vivienda, había que cargar cuidadosamente con la demencia de mi hermano. Yo sabía o había oído hablar de lo conflictivo que pueden llegar a ser los cambios de rutina en los pacientes con Alzheimer, pero intenté en todo momento mitigar sus efectos adversos tratando de hacerle partícipe en todo el proceso de mudanza (aunque sin agobiarlo). Y creo que esto es muy importante: incentivar a estos enfermos a colaborar, decidir, opinar, etc., con el fin de reforzar su autonomía personal y su autoestima.

Afortunadamente, el nuevo apartamento resultó muy cómoda y espaciosa, llena de luminosidad y vistas agradables… Y eso supuso un punto a favor; pero lo cierto es que dos semanas después de habernos instalado en nuestro nuevo hogar, mi hermano sigue sin interiorizar la distribución de la casa y se muestra más irritable e inquieto de lo habitual hasta antes de la mudanza 😦 …

Retro Office Space With Books, Furniture And Sun FlareTal vez sea un malestar emocional que está sufriendo y que es producto de un cambio tan drástico. Sea como fuere, como cuidadora principal sé que las alteraciones en el humor y el carácter de esta clase de enfermos son un rasgo ineludible de gran parte de la dolencia. Pero como sucede en tantas ocasiones, ¡información no siempre es poder!

Quiero decir, que no por mucho anticiparse o prever determinadas situaciones, podemos saber solucionarlas. De hecho, intuyo que aquí radica el quid de la cuestión: no existe solución para sosegar los impulsos agresivos, ni sus tendencias a irse de casa, ni desarmar sus paranoias.

En mi caso, amigos, lidiar con tantos imprevistos familiares y complicaciones domésticas me dejó agotada, ¡terriblemente exhausta, mejor dicho! Y no sólo por el esfuerzo físico extra que tuve que desempeñar, sino también debido a ese estado de alerta permanente  que siempre vivimos los cuidadores y que nos lleva a estar pendiente de la más mínima queja o mueca de disgusto de nuestro familiar enfermo, y que es sentida como una señal de alarma de que se avecina un berrinche 😦 .

¿Y qué decir de esa sensación horrible de que en cualquier momento va a ser necesario salir corriendo de casa, ya que por cualquier motivo irrisorio, mi hermano, airado y ofendido, va a salir por la puerta con la firme intención de ponerse el mundo por montera y dejar atrás el cálido nido doméstico?  Y, la verdad… ¡a ver quién se lo impide! ¿Ponerse una a intentar razonar con un paciente con alzheimer? ¡Ja!, ¡imposible, ¿no es cierto?!

En fin… No obstante el saberme debilitada por tantos avatares y tantos delirios, llega un punto en que también me canso de sentirme cansada. Y es que si la vida se muestra como una incesante puesta en común de voluntades propias y ajenas, imprevisto y vicisitudes, lo que siempre debemos de tener presente es que lo importante no es lo que pase, sino cómo lo dejamos pasar por nuestro filtro emocional. 

CÓMO DEBE REACCIONAR UN CUIDADOR ANTE LOS CAMBIOS EXTERNOS

Porque, en efecto, es así, amigos cuidadores: debemos pensar con frialdad y objetividad y saber discernir entre aquéllo que es inevitable y que no está en nuestra mano eliminarlo —como es el caso de anticiparnos a cómo va a reaccionar un enfermo de Alzheimer— y aquéllo otro en que sí podemos ejercer un poco de control —por ejemplo, cómo nos afectan los cambios o el sobre-exigirnos más de lo que realmente podemos dar, el querer tener TODO bajo control, etc.

Especialmente, me parece importante el evitar anticiparnos a las cosas,  dado que ello nos crea mucha ansiedad y nunca sabemos a ciencia cierta cómo se van a dar. Tener esto claro, lejos de infundirnos desazón, debe ser visto como un factor favorable, porque es posible hallar consuelo en las certezas de las incertezas.

Y no, no es una contradicción: es una lección que puede aligerar nuestra sensación impotencia y alejar una postura victimista de «por qué me tienen que pasar a mí, cuidadora infeliz, estas cosas».

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En mi opinión, resulta imprescindible mostrar una mentalidad abierta a los cambios y los sucesos inesperados. Y, a partir de ahí, sí, entiendo mejor que nadie que como cuidadores llenos de responsabilidades necesitemos tomarnos un tiempo para expresar nuestra bronca, para manifestar nuestro hartazgo y nuestra desasosiego, ¡claro que tenemos ese derecho! ^^ ¡Pero, ¡ya!, sólo un momento! No nos llenemos la cabeza de quejas estériles ni comentarios negativos, por favor. ¡Es lo último que precisamos!

Contra lo que no está en nuestra mano cambiar, hay que saber actuar con sabiduría, con confianza en los resultados y con eficiencia —cualidades, por cierto, que nos reporta la experiencia y que, tarde o temprano, toda persona cuidadora desarrolla 🙂 .

En definitiva, amigos, que me canse convivir con la enfermedad de Alzheimer en mi hogar, no implica que deba pasarme el día desganada y quejándome de mi mala suerte, porque entonces no sabría valorar y celebrar esos buenos momentos en que mi familiar  está tranquilo y dicharachero, y que cada día me regala en diferentes oportunidades. Asimismo, conviene que utilicemos esa energía para crear una nueva rutina en comunión con nuestro enfermo, que lo ayude a sentirse nuevamente en casa, aunque no sea la misma que antes.

Miren, amigos, todo pasa en esta vida, ¡incluso los malos momentos! Así que si una mudanza o un cambio grande afecta nefastamente a nuestro familiar con demencia, piensen que son etapas y que antes o después llegan a su fin, para dar paso a otras nuevas.

Por último, les insisto en la idea de debemos aceptar que determinadas cosas pasan  independientemente de nuestra voluntad —NO PODEMOS TENER TODO BAJO CONTROL, CUIDADORES—, pero cómo afectan a nuestra vida sí es nuestro problema… ¡y nuestra solución!  ¡¡Que todo fluya, pero que no nos influya, amigos 🙂 !!

Espero que esta pequeña anécdota y reflexión extraída de mi experiencia personal les haya servido para algo —¡¡ojalá!!— y les anime a ustedes a compartir experiencias similares para que otros cuidadores podamos aprender más y más.

Mil gracias por estar en este blog y por darme un cachito de su valioso tiempo.

¡Un abrazo muy afectuoso!