¡BENDITOS CUIDADORES IMPERFECTOS!

hand-382684_1920¡Buenos días, queridos/as cuidadores/as!

La entrada de hoy la comienzo con unas cuantas preguntas vitales para enfocar nuestra labor como cuidadores/as: ¿Cuánto nos queremos? ¿Cuán amables somos con nosotros/as mismos/as? ¿Nos reconocemos como personas vulnerables e imperfectas y estamos bien con ello? ¿O, por el contrario, nuestra tarea doméstica nos exige maximizar nuestra atención, inteligencia y disposición de acción hasta límites agotadores?

Tener respuestas claras y meditadas a estas preguntas será de gran ayuda cuando afrontemos nuestra experiencia como cuidadores/as, ya que pocas situaciones  entrañan tanta responsabilidad y nos pone la vida patas arriba como ésta. Ya no podemos pensar únicamente en nosotros/as mismos/as, sino que las decisiones y las acciones que tomamos tendrán una consecuencia para nuestro/a  familiar enfermo/a… y en nuestra salud física, psicológica y emocional.

Ser humilde, soltar toda intención de mantenerlo todo bajo control, reconocer que no podemos resolverlo cada episodio que acontezca y percibirnos como personas en constante aprendizaje, esa es la mentalidad que debe adquirir quien se convierta en cuidador/a de otra persona.

Por mi experiencia personal como cuidadora de personas afectadas por la enfermedad de Alzheimer (mi mamá, primero, después mi hermano) puedo decirles que ésta puede ser una etapa larga de nuestra vida y que, sin duda, nos va a dejar una huella imborrable en nuestra memoria y seguramente en nuestro sistema nervioso.

Vivirla como una experiencia traumática o un aprendizaje vital que nos lleva a crecer en sabiduría  depende de nosotros. Así, si desde lo antes posible somos capaces de asumir esta vivencia con humildad y comprensión (hacia la persona enferma, hacia uno/a mismo/a y hacia todo el contexto que nos rodea), sin saturarnos ni anularnos en ella, entonces  podremos hacer de esta etapa un ejemplo de superación y fortaleza personal. Pero si durante este proceso no hacemos más que vivir por y para nuestro/a familiar enfermo/a y no nos perdonamos un solo  despiste, entonces pasaremos el resto de nuestra vida sumidos en el sentimiento de culpa y de crítica destructiva por no haber sido perfectos.

Y es que muchas veces el gran problema de ser cuidador/a no estriba tanto en la situación misma (de por sí desgastante y desconcertante), sino en la actitud altamente exigente y calculadora con que nos la tomamos, amigos/as. De ahí que me parezca tan importante comentar de corazón a corazón con ustedes la necesidad de ser amables y tenernos una alta compasión por todo lo que estamos viviendo, ya que, entre otras cosas, nos enseña que tenemos mucho por aprender en esta vida como personas.

1º- EL ERROR DE PRETENDER SER CUIDADORES/AS PERFECTOS/AS

Ser vulnerables, reconocer que somos imperfectos, que cometemos errores involuntarios y ser compasivos/as con esos fallos es una de las mayores muestras de amor que podemos darnos.

Estar en constante modo de «ensayo-error», arriesgarnos a intentar cosas nuevas con la confianza de que salgan bien, pero sabiendo que tal vez fallemos en el intento, es lo que nos torna personas valientes, conscientes de nuestras propias limitaciones, como seres humanos que somos, pero reconociendo al mismo tiempo que contamos con el coraje necesario para superar los desafíos que nos imponga la vida.

Y a partir de esta posición psico-emocional empoderada estamos preparados para intentar buscar soluciones que nos hagan la vida más fácil a nosotros/as o a nuestro/a enfermo/a.

Es en este punto que admitimos que, aun no siendo perfectos/as, sí podemos trabajar en perfeccionarnos y así alcanzar una excelencia en los cuidados que entreguemos (o en cualquier otra situación o meta que aspiremos a dominar).

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Y fíjense, amigos/as, he aquí una gran clave para ser un/a cuidador/a de calidad: debemos buscar la excelencia desde nuestra vulnerabilidad y la aceptación de que no somos infalibles.

El perfeccionismo y la necesidad de querer tenerlo todo bajo control sólo nos  lleva a sentirnos mal, a tratarnos mal y sabernos insuficientes o ineptos. En otras palabras: a sentir mucha culpabilidad. Y de esa sensación tan miserable es de donde procede ese vocabulario interno agresivo y desmotivador, ese permanente estado de frustración o enojo, y un malestar crónico en general, que puede volverse demoledor. Este, sin duda, resulta ser el cóctel ideal para desarrollar estados elevados de estrés, ansiedad y disgusto en la vida.

Sin embargo, nada de esto es cierto, ¡esa no es la realidad de todo el caudal de amor que eres! Por eso, no te agobies ni te fustigues si no eres un/ cuidador/a perfecto/a… En verdad, nadie lo es, sencillamente porque somos humanos 😉 .

Puede sonar a tópico o consabido, pero hay que interiorizar la certeza de que debemos buscar que la relación que establezcamos con la persona enferma y dependiente se base simplemente en el cariño, en la empatía  y en nuestras ganas de acompañarlos en estos duros momentos que les ha tocado vivir; desechando, sin más, todo afán de perfección y de previsión (de hecho, ¿qué puede haber más imprevisible que el comportamiento motivado por una demencia? ¿Cómo podríamos tratar de intuir siempre lo que le ocurre a una persona que ha perdido la facultad de habla y no puede expresar lo que le sucede o necesita?)

Tal como les comenté anteriormente, el anhelo de perfección sólo sirve para hacernos sentir inconformistas y ver siempre  el vaso medio vacío, lo cual no es nada eficaz, porque nos lleva a caer en malestares emocionales que, a su vez, redundan en desgastes psicológicos y físicos innecesarios.

Pero hay un modo de contrarrestar esta actitud, y se basa en cambiar nuestra mentalidad de pobreza y exigencia por una de abundancia y confianza en nuestras capacidades y en que todo, al final, tendrá solución.

2º- ELEGIR UNA MENTALIDAD DE ABUNDANCIA Y DE CONFIANZA

Estoy convencida de que hay que invertir la atención en cosas que nos hagan crecer, que enriquezca la visión que tenemos de la vida. No se trata de tener o de ser más, sino de apreciar lo que ya poseemos y somos, y a partir de ahí, entregar un poquito de nuestros talentos y nuestra energía  a los demás, con la esperanza de contribuir a su bienestar.

De hecho, según afirma la neuropsicología, nada nos ayuda a liberar más cantidad de oxitocina (u hormona del amor) que sentirnos a gusto y protegidos por las personas que amamos. Y no cabe duda que eso es lo único que precisa alguien que se siente desvalido/a e incapacitado/a, tal como le sucede a una persona enferma de Alzheimer u otra dolencia crónica. Por ende, nadie nos pide que seamos indefectibles, sino que estemos ahí para ellos/as, que puedan contar con nosotros/as y que nuestra compañía sea de calidad, es decir, voluntaria y afectuosa, que aporte tranquilidad, humor y aprecio.

Tanto con nuestros seres queridos enfermos, como con cualquier otra persona con quien deseemos compartir nuestro tiempo, tenemos que tratar de crear relaciones basadas en puntos de encuentro que nos unan y nos fortalezcan. Vínculos centrados en deseos de intercambiar afectos y conexiones, risas y solidaridad en los malos momentos. En una palabra: complicidad.

 

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Se trata sin más de hacerle sentir a nuestro familiar desvalido que quizá no tengamos ni idea de cómo sortear una situación tan dura como es su dolencia, pero que estamos a su lado para aprender a convivir con ella e intentar sobrellevarla lo mejor posible. Ahí es donde se crean esos formidables puntos de encuentro entre nosotros/as 😉 .

Y al tener esta actitud humilde y compasiva es que conectamos con la mentalidad de abundancia, ya que valoramos nuestra aportación a los demás y nos mostramos confiados/as en que algo podemos hacer por ellos/as.

No obstante, pocas veces se nos educa en cuestione de inteligencia emocional, así que de alguna manera, somos autodidactas en esto de mantener nuestra vibración alta y poseer sensaciones abundancia en lugar de mentalidad de pobreza…

Pero como casi todo en la vida, amigos/as, esto se puede solucionar, ejercitándonos conscientemente en la tarea de adquirir una mentalidad positiva. A continuación les comparto unas cuantas recomendaciones sencillas para elevar nuestra inteligencia emocional y reactivar esa luz que todos/as llevamos dentro y que nos ayuda a (re-)conectar con las personas en particular, y con la vida en general 🙂 .

3º- CONSEJOS PARA PENSARNOS Y SENTIRNOS ABUNDANTES

–> PRACTICAR EL HO’OPONOPONO. Esta técnica de sanación hawaiana es maravillosa porque nos enseña a hablarnos con palabras positivas y, sobre todo nos enseña a perdonarnos cuando cometemos una equivocación. Con sus cuatro expresiones mágicas de «Lo siento», «Perdóname», «Gracias», «Te amo», nos reconciliamos con la vida ineludiblemente.  Porque la repetición de estas palabras, especialmente si las musitamos poniendo nuestras manos sobre nuestro corazón, crean un efecto armónico y sereno en nuestra mente. Y pocas cosas hay más gratificantes que ser compasivos con nosotros/as mismo/as a través del perdón.

Para trabajar con esta técnica, les recomiendo seguir las meditaciones de Escuela del amor y superación personal, en su canal de YouTube.

–> USAR UN LENGUAJE POSITIVO Y DE EMPODERAMIENTO. Hablarse bien resulta muy sanador. Pensarnos con comprensión y cariño nos ayuda a mantener alta la autoestima y nos estimula a seguir creciendo para convertirnos en nuestra mejor versión, así como nos recuerda que, pase lo que pase, debemos de tenernos y sostenernos a nosotros mismos, porque somos nuestros aliados más fieles. Aquí, en nuestro amor propio, reside nuestra fuente de confianza, y ésta se renueva con los pensamientos y las palabras positivas que nos vamos dedicando cada día. Y si nos tratamos bien a nosotros/as seremos capaces de tratar con mayor cariño a los demás, ¡¡y les aseguro que eso es algo que a quienes están a nuestro lado les aporta muchísimo!

–> PRACTICAR LA GRATITUD. En varias ocasiones, les he hablado de lo aconsejable que es agradecer las cosas lindas que suceden cada día en nuestro entorno.  Escribir aquellas cosas que hemos hecho bien, que nos han pasado o nos han aportado los demás, nos conecta con la sensación de abundancia y autoestima. Al final nos damos cuenta de que no estamos tan solos/as y que, a pesar de ciertas desgracias inevitables, vale la pena estar en este mundo, máxime si tenemos un corazón grande con mucho por ofrecer y compartir con otras personas. Por tanto, realizar el ejercicio de recolectar los pequeños detalles  que nos salvan el día y agradecerlos, nos infunde un mayor optimismo y nos permite aceptar que si bien la vida no es perfecta, sigue siendo maravillosa, al igual que cada uno/a de nosotros/as.

–> DESTERRAR LA MENTALIDAD DE CARENCIA O DE NO SENTIRNOS SUFICIENTES. Bueno, esto tiene mucho que ver con lo dicho anteriormente. Somos nuestros peores enemigos cuando no nos sentimos suficientes, cuando no reconocemos nuestros propios límites y queremos controlarlo todo, y a cada cosa que hagamos mal nos lo reprochamos implacablemente. O también cuando no valoramos lo que tenemos y nos quejamos de nuestra «mala suerte», sin apreciar la suerte que tenemos por el simple hecho de estar vivos/as, de tener un techo bajo el que cobijarnos, de haber crecido en una familia, de haber hecho amistades a lo largo del camino, y sobre todo, de tener salud, autonomía y fuerza para movernos hacia adelante.

Por lo demás, desde el mero momento en que asumimos el papel de cuidador/a de una persona enferma, estamos demostrando coraje, compromiso y ganas de colaborar en pro del bienestar de un ser cuya salud e independencia se han  visto severamente mermadas y, por tanto, necesitan inevitablemente que alguien les eche una mano para seguir viviendo y mantener sus necesidades básicas cubiertas. Y este es un mérito (y una virtud) que, siendo justos, debemos reconocérnoslo en toda instancia. Si realmente no fuésemos suficientes, no tuviésemos nada que entregar a los demás, no estaríamos realizando esta labor tan humana y compasiva, tan amable y generosa como resulta ser el atender y cuidar de otros/as.

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–> ESTAR EN CONTACTO CON LA NATURALEZA. El mejor remedio casero para aliviar los males es sabernos parte de un ecosistema maravilloso y divino, donde nosotros/as tenemos un lugar particular y destacado. Amar la naturaleza es amar la vida y sentirla es sentir que las cosas fluyen y siguen creciendo a nuestro alrededor. Por eso, tener el hábito de pasear cerca de mar o un río, por algún parque o un monte y disfrutar de ese remanso de paz que destilan nos llena de mucha calma y confianza. Pero también podemos traer la Naturaleza a nuestro hogar si llenamos nuestra vida de mascotas o plantas. Verlas ahí, delante nuestro, nos embellece el alma. Acariciar a un animal, escucharlo o sentir el aroma de una flor nos conecta con la vida y nos aporta mucho, pero que mucho sosiego y amor. Además de mitigar nuestra sensación de carencia o soledad.

–> VIVIR Y HONRAR EL PRESENTE. El momento es ahora, como suele decirse. Debemos vivir cada día como una nueva oportunidad que se nos presenta. Una oportunidad de (volver a) sentirnos bien, de limar errores anteriores, de aprender algo nuevo…

Pero también el vivir el presente significa que aceptamos las cosas tal y como son, y por eso nos mostramos lo más flexibles y abiertos de mente y corazón que podemos para sacarle todo el provecho que se pueda. Y sí, muchas veces  lo que nos sucede se siente como pesado, negativo o asfixiante, pero ello nos brinda la oportunidad de conectar con nuestras emociones y aprender a gestionarlas, no negándolas o acallándolas, sino desde la madurez de afrontarlas con otras emociones más positivas y con la plena confianza de que saldremos adelante (¡y sí, créanme, siempre se sale adelante!), porque contamos con los recursos, la capacidad y los talentos necesarios para hacerlo. ¡Y poner en práctica esta creencia es lo que nos convierte en seres extraordinarios y sabios!

EN CONCLUSIÓN…

Si por circunstancias de la vida, te vuelves cuidador/a, sé amable contigo y con lo que esta tarea entraña. Deja de buscarte defectos en tu proceder. Todos sabemos que haces lo que puedes con lo que tienes. ¡Y eso es fantástico! Nadie quiere a una persona perfecta a su lado, sino simplemente a alguien comprensivo y dispuesto a ayudar; alguien que se sienta capaz de sumar y que posea un gran corazón cuyos latidos pone al servicio de los demás. ¡Y tú eres todo eso! ¡Valóratelo y felicítate por ello! 🙂

A tu ser querido enfermo no le importa que no seas infalible, sólo necesita saber que estás ahí a su disposición y que con tu luz se iluminan todas las sombras y los miedos que va dejando la falta de salud y de memoria en su día a día. Y es que, si bien la enfermedad de Alzheimer, como cualquier demencia,  está llena de olvidos, en realidad estos /as enfermos/as siguen manteniendo los recuerdos sentimentales, su mundo emocional, y logran reconocer hasta el final de sus vidas a las personas que los /as quieren y los/as cuidan. Doy fe de que esto es así, porque lo experimenté con mi mamá y lo experimento a día de hoy con mi hermano.

Espero que todo lo expresado aquí les haya sido de interés y aliento, amigos/as. Les mando un abrazo muy fuerte.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL ALZHEIMER

wall-2794567_1280¡Buenos días, cuidadores!

En pleno mes de febrero, tiempo social y simbólicamente admitido como el periodo del amor por excelencia —san Valentín, Rosh hashana, la época Acuario-Piscis del año, …—, me siento animada a tratar con ustedes el tema de las emociones amorosas, es decir, cómo las gestionamos cuando somos cuidadores de un familiar con una enfermedad crónica que nos mina nuestro bienestar, y, en definitiva, cómo se vive la experiencia de las conexiones amorosas —sean de la naturaleza que sean— cuando nos enfrentamos a una situación personal tan difícil. Creo que éste puede resultar un relato complejo, pero precioso al mismo tiempo 🙂 .

Y elijo hablar de este asunto, amigos míos, porque si nos parásemos a reflexionar sobre esta vivencia, nos daríamos cuenta que, como sucede con todo cuando se ve teñido por la enfermedad de Alzheimer, las circunstancias nos obligan a realizar transformaciones, nada vuelve a ser como era antes, pero eso no significa que se tornen peores, sino que se ven distintas. Y por eso convivir tan de cerca con una dolencia complicada, prolongada e incurable, nos enseña tanto, hasta el punto de que esta lección puede ser uno de los grandes tesoros que nos llevemos de esta etapa tan dura 😉 . ¡Créanme!

Como tantas cosas en la vida, no existe un único modelo de amor, ¿verdad? Existe un amor digamos egoísta, que es asumido como un contrato emocional en el cual yo elijo querer a alguien si obtengo el beneficio de que ese alguien también me entregue su amor; el amor incondicional o universal, basado en la premisa de amarlo todo y a todos desinteresadamente, porque eso es lo que mueve mi alma y me aporta paz al sentir que el mundo a mi alrededor también se rodea de bienestar; y un amor del que pocos hablan, pero es fundamental, porque de él surgirán todas las relaciones que establezcamos con los otros: el amor propio, el cariño que nos damos a nosotros mismos y que proyectamos en los demás.

Pues bien, en mi experiencia como cuidadora, la cual me ha llevado a replantearme mil cosas de mi vida personal, puedo afirmar que he transitado por todos estos tipos de amores, dándoles más prioridad a unos que a otros a medida que iba acumulando más rodaje como mujer cuidadora permanente.

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Unos meses atrás, ya había narrado en otra entrada cómo nos afectaba el hecho de ser cuidadores a la hora de entablar o mantener relaciones con otras personas. Y tengo en mente esta idea en el momento de desarrollar esta nueva entrada y hablar de cómo la realidad que vivenciamos nos obliga a dejar atrás algunas relaciones con personas que no están a la altura de nuestras circunstancias, pero que, curiosamente, nos dejan espacio para centrarnos en las relaciones de amor que de verdad valen la pena y la gloria.

Veámoslo en detalle…

¿QUÉ SUCEDE CON LAS RELACIONES DE AMOR PERSONALES CUÁNDO SOMOS CUIDADORES?

Quienes son cuidadores desde hace mucho, lo saben perfectamente; pero quienes empiezan a adentrarse en este camino quizás todavía desconocen los efectos que pueden causar su nuevo papel en lo que respeta a las relaciones con los demás, y por eso quiero avisarle: ser cuidador supone una especie de tornado que barre con aquellas relaciones que no se sostenían de forma sólida, que son más frívolas o débiles de lo que imaginamos. Sólo sobrevive en nuestra vida la presencia de aquellas personas que realmente tienen un vínculo emocional fuerte y comprometido con nosotros.

En este sentido, es habitual encontrar relatos de cuidadores que recriminan a la enfermedad de Alzheimer de sus familiares el haberse quedado solos, el tener que asumir rupturas o pérdidas de relaciones —especialmente de pareja, aunque también de amistad o de vínculos familiares. Ésta es la base de la soledad incómoda e involuntaria que experimentan muchos cuidadores y que los lleva a caer en un abismo depresivo.

Y sí, amigos, éste es un riesgo inexorable por el que hemos de pasar los cuidadores, debido a la drástica disminución de libertad y tiempo libre que padecemos, y al alto desgaste de energía que supone el centrar toda atención en el enfermo. Por un motivo o por otro, la disposición que tenemos hacia la vida social se limita enormemente, y no todas las personas de nuestro entorno tienen la capacidad de comprenderlo.

Pero, en mi opinión, en estos casos quienes fallan no somos tanto los cuidadores —aunque un poquito sí, no obstante— sino la gente que no posee tanta empatía y, por tanto, no está dispuesta a esforzarse por salvar nuestra relación.

Y, ¡ojo!, no se trata de que sean malas personas, ¡en absoluto!, sino simplemente que no tiene un nivel de consciencia o de comprensión que esté a la altura de este desafío. Al contrario, pretenden seguir siendo el centro de nuestra atención, recibir nuestra predisposición en todo momento, sin adaptarse a las circunstancia difíciles que mantenemos como cuidadores.

Así pues, son personas con las que establecemos relaciones emocionales egoístas, satisfactorias en tanto en cuanto nos aportan lo que queremos cuando queremos, de modo inmediato, pero no en todos los momentos en que lo necesitamos.

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A este punto, como cuidadores hemos de saber que la inmediatez ya no forma parte de nuestra vida y que nuestra labor trae cambios ineludibles en nuestra rutina, y cuanto más nos adaptemos a ellos, y los aceptemos, mejor nos sentiremos.

Pero de estas experiencias aciagas, ciertamente desoladoras, salimos más fortalecidos, toda vez que descubrimos a quiénes tenemos realmente a nuestro lado, quiénes valen la pena en nuestra vida y quiénes no.

Y sobre todo, nos enseña a reconocernos, a elegir mejor la clase de personas a las que queremos unirnos y que nos harán mejores personas a nosotros. Ya no nos vale cualquiera que no esté dispuesto a crear balance en nuestra vida; que no desee crecer a nuestra par en los retos más complicados que nos envía el destino; que no desee dar lo mejor de sí cuando más necesitamos confiar en el apoyo de alguien. Lo que me lleva al siguiente tipo de amor…

EL AMOR INCONDICIONAL DE LOS CUIDADORES

Cuando desempeñamos la labor de atender a una persona vulnerable y necesitada, tanto como cuidadores informales de familiares como cuando somos cuidadores profesionales, estamos llevando a cabo un acto de amor desinteresado, altruista, que no espera nada a cambio y que, en cambio, nos regala toda una experiencia de conexión espiritual, que llena de inspiración nuestro mundo cotidiano y nos embebe de paz interior.

La diferencia entre esta suerte de amor y el anterior radica en que este amor no nos hace sufrir, sino que nos lleva a comprometernos voluntariamente en conectar con otras personas, sin contrato ni agenda, sin exigencias ni expectativas de devoluciones.

No siempre es fácil alcanzar este grado de madurez en el amor ni crear puntos de encuentro tan generosamente conscientes en las relaciones que establecemos con los demás. Sin embargo, sí conseguimos esta unión con nuestros enfermos dependientes y, tarde o temprano, terminamos extrapolando esta dinámica con la gente de nuestro entorno. Y esta actitud amorosa, estoy convencida, marca nuestra diferencia y es la huella que dejaremos en los otros, puesto que es la luz que le entregamos al mundo.

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De hecho, creo que es este amor que practico desde que soy cuidadora el que me hace reír tanto y gusta tanto a los demás: desde los taxistas ^^ hasta los compañeros de trabajo o los amigos.

Por supuesto, para llegar a este punto hace falta mucho trabajo psicológico interno, mucha reflexión y práctica espiritual que nos conecte con nuestro ser. Lo que me lleva, en esta ocasión, a hablar del amor más básico de toda persona y al cual los cuidadores, por sus circunstancias personales, deben prestar especial atención y nutrición: el amor propio 🙂

Y EL AMOR MÁS RELEVANTE QUE DEBEN FOMENTAR LOS CUIDADORES: EL AMOR PROPIO

De todos vínculos que vamos creando a cada día, el amor hacia nosotros mismos es el menos trabajado, al menos de forma consciente y con dedicación constante. Sin embargo, es la raíz de la cual brotan el resto de nuestras relaciones emocionales, tal como les comenté en otra entrada anterior que abordaba el tema del autoestima.

El amor propio tiene mucho que ver con el autoconocimiento, con discernir qué poseemos de valiosos que nos hace auténticos y singulares. Se trata de ese poder personal que se desprende de la aceptación de cómo nos sentimos internamente, cómo nos valoramos, qué merecemos y qué estamos dispuesto a hacer por alcanzar nuestros deseos; cuantos miedos, dudas y qué dirán estamos empeñados en enfrentar con el fin de ser quienes somos en toda nuestra esencia.

En mi experiencia personal, el amor propio fue aquel que más trabajé siendo cuidadora. Con tantos cambios, tanto vaivenes emocionales y tanto tiempo de soledad, me dediqué a reforzar mi confianza en mí, a conocerme más y a poner sanos límites para que mi situación de cuidadora accidental no me engullera por entero. Hoy creo que ha sido mi mayor logro personal, porque desde entonces siento que, aunque todo se desmorone a mi alrededor y aunque no pueda contar con mucha gente, me tengo a mí misma.

Por eso resulta tan imprescindible el amor propio en quienes atravesamos por momentos tan críticos: porque nos ayuda a combatir los estados de desánimo, las inseguridades, y nos empodera ante los conflictos que surjan.

Y la clave está en que este amor se alimenta de nuestra autoconfianza, de nuestra autoestima y de la clara consciencia de poseer los recursos emocionales suficientes para salir adelante e ir por lo que deseamos ser en la vida.

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El compromiso fundamental de todo amor propio de no abandonarnos nunca resulta fundamental para aceptar nuestra realidad como cuidadores. Al igual que  mantener una actitud proactiva de sanar las heridas que vayamos adquiriendo  a lo largo de nuestro cometido, establecer sanos límites para no dejar que otras personas carguen todas las responsabilidades del bienestar del enfermo en nuestras espaldas, si es que somos designados como cuidadores principales, y evitar generar situaciones tóxicas de apego a nuestro familiar dependiente, centrando toda nuestra existencia en su cuidado.

Así, amigos, si en nuestro interior hay orden, calma, compromiso y certeza de resoluciones, atraeremos a personas que vibren en sintonía con nuestra actitud, o al menos seremos capaces de infundir a nuestras relaciones ese tipo de sentimientos. Y es que, como alegan los grandes místicos de la Historia, la percepción del mundo exterior, y sus dinámicas, es un mero reflejo de nuestro sentir interno. En otras palabras, atraemos a personas que nos reflejan lo que somos.

ALGUNOS RECURSOS PARA INDAGAR MÁS EN MATERIA AMOROSA

Grandes profesionales que es un placer escuchar y aprender de ellos para trabajar estos temas, y que, por ende, les recomiendo encarecida seguir son los siguientes —si bien, existen muchos más—:

—> Mia Astral (terapeuta que mezcla astrología, kabbalah y coaching)

—> Karen Berg (terapeuta kabbalista, autora de un libro maravilloso titulado «Dios usa lapiz labial»)

—> Pier Giorgio Caselli (conferenciante y autor de libros sobre autoconocimiento que mistura sus dominios de física cuántica,  estudios bíblicos y orientales y terapias de coaching). Este autor realiza sus exposiciones en italiano, no las he encontrado subtituladas.

—> Mindalia Televisión (un canal de youtube que recopila todo tipo de vídeos de conferenciantes que aportan sus conocimientos para trabajar en pro de nuestro bienestar emocional)

Con todo, el mejor consejo que les puedo dar es que tengan un psicólogo o terapeuta particular que les ayude a sanar sus emociones y les enseñe a obtener un desarrollo emocional inteligente, en pro de su propio bienestar personal.

En fin, queridos amigos, con esta reflexión tan amorosa ^^ quería demostrarles cuánto amor es capaz de entregar una persona cuidadora gracias, en gran medida, a esta labor que realiza.

Y, creo que aquí estriba una de las grandes enseñanzas que nos deja la convivencia con un enfermo crónico altamente dependiente como son los pacientes con demencia: en un mundo donde se nos incita a una vida de estrés, a relaciones banales, al consumismo inmediato, a no pararnos a valorar lo que tenemos, o en el mejor de los casos, nos presiona a pensar demasiado rápido, la enfermedad de Alzheimer, por el contrario, nos invita a detenernos a sentir, a agradecer las conexiones que articulamos con los otros y a actuar movidos principalmente por amor. ¡No está nada mal, ¿verdad?!

Por cierto… ¡feliz san Valentín, cuidadores! 🙂

¡Un fuerte abrazo y muchas gracias por regalarme su tiempo!