LAS VIRTUDES DE SER CUIDADORES.

12472448_10206276264569005_8045462257757975441_n

El tiempo transcurre sin casi percibirlo y poquito a poco vamos labrando nuestro camino lleno de escollos, pero que siempre somos capaces de salvar con nuestra actitud de superación. Tal vez no tengamos la vida que hubiésemos deseado y nos parezca que cada jornada no es más que una larga exigencia de dar el 200% de nosotros mismos. Sin embargo, nunca podremos aportar lo mejor de nosotros si nos intentamos alcanzar un cierto equilibrio y bienestar individual; si no buscamos metas y detalles que nos llenen de una radiante vitalidad. Y esta obviedad tiene mayor cabida en el caso de quienes portamos la etiqueta de cuidadores.

Los cuidadores somos personas con cualidades extraordinarias, pues van más allá de lo meramente superficial o individualista; desempeñamos un labor exigente y permanente, es decir, ¡tenemos mucho aguante!; y, en suma, somos gente de compromiso y acción: trabajamos de forma servicial para generar bienestar en otras personas y batallamos sus propias luchas como si fueran las nuestras. Y si se fijan,  esas mismas aptitudes tan sanas y nobles que prodigamos a nuestros familiares enfermos, con el tiempo terminamos aplicándolas a todas nuestros contextos, traspasan el ámbito doméstico. De alguna manera,  a pesar de lo dura que es esta realidad que nos tocó vivir, tenemos la suerte de que convivir con la enfermedad de Alzhéimer (como con cualquier otra dolencia aguda y/o crónica) nos convierte en mejores personas. Personas responsables, empáticas, sensibles, pacientes y con una capacidad de resiliencia a prueba de bombas 🙂 . Y algo muy importante: ser cuidadores nos da la oportunidad de perfeccionarnos día a día y ver más allá de nuestro ego o nuestros intereses. ¡Nos llena las ojos de otra mirada! En definitiva, ¡los cuidadores somos la clase de personas que esta sociedad tan enferma de prisas, distracciones, banalidades y tendente a la cosificación necesita!

Puede que en innumerables ocasiones nos sintamos solos o desvalidos, pero lo cierto es que mucha gente valora nuestro esfuerzo, admiran nuestra determinación y compromiso e intenta ayudarnos en la medida de sus posibilidades. Me refiero a personas cercanas, como familiares o amigos, pero también a profesionales de todo tipo a los cuales acudimos, a vecinos o a conocidos con los que nos cruzamos puntualmente. Y es que la vida a la larga nos va enseñando que cuando menos lo esperamos, una grata sorpresa surge de la nada ¡y se nos ilumina el mundo!: alguien urde un modo de echarnos una mano o  de hacernos sentir que nuestro trabajo como cuidadores es valioso y que, por eso mismo, somos especiales. Y doy las gracias de corazón por ello, por hacerme saber que todo esfuerzo vale la pena.

Un abrazo fuerte a todas esa personas que dedican su vida a  velar por el bienestar de los otros. Porque tanto altruismo y solidaridad les será devuelto de una u otra forma en la vida.

¡Que así sea! 🙂

APRENDIZAJES QUE DEJA EL ALZHEIMER.

521622_338681479521473_392494428_n

No soy esa clase de personas que huyen de sus problemas ni que responsabilizan al medio circundante de sus infortunios. Jamás. Pero tampoco soy una persona decidida, ni segura de sí misma y de sus posibilidades. Me aterra el fracaso, o más bien diría que tengo poca resistencia al dolor que me provoca no alcanzar mis expectativas.

En general, mi modus operandi siempre fue preocuparme en exceso por lo que ocurre y lo que está por venir. Elucubrar cómo enfrentarme a una situación adversa con éxito, repensar los pros y los contra,… Sin embargo, al final termino dilapidando mi tiempo más en conjeturas que en acciones concretas. ¡Y sé que esta característica tan mía es mi mayor error! En el fondo, no es que no sea una persona valiente, sino que mi corrosiva inseguridad me exige siempre buscar el respaldo ajeno, que alguien se digne a darme un pequeño empujoncito que me lleve a moverme con determinación.

Sin embargo, como cuidadora ya no puedo permitirme el lujo de reaccionar así. Mis circunstancias personales y familiares me obligan a actuar sola: tomar determinaciones rápidas y eficaces; ocuparme de la situación o el problema con la mayor celeridad posible (porque, al fin y al cabo, lidiar con la enfermedad de alzheimer es como librar una batalla contrarreloj con el tiempo), y estar prevenida y alerta de episodios futuros. Por tanto, no dispongo de mucho margen de error, ya que sus consecuencias no sólo me afectarían a mí, sino a mi enfermo. Qué duda cabe que esta circunstancia particular resulta altamente estresante y mina mi capacidad de tomarme las cosas con templanza; pero también supone un aprendizaje para ejercitar mi desenvolvimiento personal y me demuestra que si quiero, puedo. Que mi madurez y mi coraje se amplían a cada momento vivido. Que puedo soportar las peores tempestades y soy capaz de encontrar una solución, aunque sea eventual, a cada problema.

Por eso constantemente repito una gran verdad cargada de esperanzas: la demencia de mi hermano me interrumpió mi vida… pero también me está enseñando a traspasar mis límites y desarrollar más mi instinto resolutivo y pragmático; a ver la vida desde otros ángulos más activos y exigentes; y, sobre todo, me está sirviendo para sacudirme los temores infundados y la inseguridad paralizante. Aún me queda mucho por mejorar, pero la experiencia singular que te otorga funcionar como cuidadora y algún curso de coaching personal, ayudan sin medida a sacar lo mejor de una misma incluso en las situaciones más desquiciantes.