EL MITO DE CASSANDRA Y LAS CUIDADORAS

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¡Buenos días, amigos!

¡Me encanta verlos un día más por aquí! Apunto de finalizar otro año y juntos para encarar otro año nuevo que se avecina y que nos seguirá viendo convertidos en cuidadores, o eso espero :).

Me siento intensamente agradecida por tener la oportunidad de crecer rodea de tantas personas como ustedes que no sólo me brindan desinteresadamente su escaso tiempo libre, sino que me enseñan y me alientan a ser mejor cuidadora y en ese trayecto, compartir mis experiencias y conocimientos con otras personas con el fin de ayudarnos las unas a las otras, ¡este ejercicio de solidaridad es tan gratificante!, ¿no les parece?

Bueno, el día de hoy, quería traer a este blog un tema de gran importancia emocional que, a mi entender, afecta a muchas cuidadoras, ya que tiene que ver con la educación familiar y social que recibimos las mujeres desde nuestra infancia y que arrastramos, en muchos casos, a nuestra vida adulta.

No obstante, dadas las heridas emocionales que abren en nuestra alma  —y que tanto hiere a nuestra autoestima— la labor de los cuidados a un familiar con demencia, por mi experiencia como cuidadora y por las historias ajenas que he conocido de otras mujeres en la misma situación, creo que somos un grupo social especialmente afectado por este complejo psicológico.

Se trata del Complejo de Cassandra, un comportamiento humano desviado —o sencillamente erróneo— que vale la pena conocer para erradicarlo de nuestras vidas en aras a cuidar y nutrir nuestro amor propio y evitar frustraciones innecesarias que drenen nuestras energías.

MITO DE CASSANDRA

Ustedes saben que ésta no es la primera vez que recurro a la mitología clásica para abordar cuestiones emocionales —en otra ocasión traté la lección del Mito de Pandora. La verdad es que me parece muy práctico ahondar a los mitos culturales de la antigüedad para extraer aprendizajes y moralejas 🙂

Sin embargo, en este caso en concreto, el mito de Cassandra posee un uso clínico, ya que desde la interpretación psicológica que desarrollo Melanie Klein en el 1963, este mito se tornó un complejo vicioso que padecen muchas personas, sobre todo la población femenina (para más información, pulsen aquí).

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De forma somera, resumimos el mito de la maldición de Cassandra así: ella era una preciosa y ambiciosa mujer, hija del mismísimo rey de Troya. El dios Apolo quiso conquistarla y, para ello, le concedió el don de la profecía a cambio de su amor. Cuando ella no cumplió su parte del trato, Apolo, indignado y vengativo, perjudicó su nuevo don de la clarividencia, al imponerle la maldición de que sus advertencias jamás fuesen acreditadas.

Desde entonces, Cassandra podía prever el futuro, pero no ayudar a nadie con su don, dado que sus palabras eran desoídas y ella tomada por loca. Esta circunstancia mermó sobremanera el autoestima de la joven, que pasó de sentirse una mujer fuerte y deseada a una persona rechazada e incomprendida, lo cual le supuso una vivencia acuciada por la inestabilidad emocional. (para más información, pulsen aquí).

Desde la perspectiva psicológica, este complejo se trata de una ausencia de apreciación interna y amor propio que pretende ser remendada a través de querencia y la admiración externa. Es decir, de desvivirnos en demostrar nuestra valía personal a través de nuestro trabajo, siempre buscando que los demás lo valoren.

De alguna forma, el Complejo de Cassandra ahonda en la tendencia que puede surgir en aquellas mujeres que se sienten, por un lado, víctimas de una situación injusta y no elegida, pero, por otro lado, se sienten ignoradas, incomprendidas o escasamente valorizadas por todo el trabajo que realizan y donde se confunde aquello que se hace con lo que se es.

Y es aquí donde comienza el círculo vicioso, observen: si yo me encargo de esta circunstancia difícil, sola, es porque nadie más me ayuda; pero si no colaboran o no reconocen todo lo que estoy haciendo yo solita es porque no me valoran lo suficiente; si no me valoran, será porque no lo estoy haciendo tan bien, así que me tengo que esforzar más— yo sola— en sacar adelante esta situación harto complicada, y a ver si así me tienen más en cuenta, …

Al final, no solo terminamos teniendo un fuerte complejo de baja autoestima, sino que caemos en un perfeccionismo absurdo, que nos deja exhaustas, y ese cansancio físico termina repercutiendo en un cansancio mental y, ambos a su vez, desemboca en un malestar emocional muy próximo a un estado de depresión o ansiedad, según los casos.

No sé ustedes, pero yo admito que siendo cuidadora principal caí en esta trampa psicológica. Y también conozco otras mujeres en situaciones similares que son tan Cassandras como lo he sido yo. Pero, ¿por qué?

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¿QUÉ TANTO RIESGO TIENE UNA CUIDADORA PRINCIPAL DE SUFRIR COMPLEJO DE CASSANDRA?

En mi caso particular, siempre hubo una tendencia a tapar con trabajo o labores mis malestares emocionales. Sin embargo, cuando tuve que asumir que mi hermano tenía Alzheimer y ya no podía estar solo, tomé el toro por los cuernos, como se suele decir ^^, e inmediatamente asumí el papel de cuidadora principal —como ya había conocido los estragos de esta demencia en mi madre, más o menos sabía lo que se avenía y qué debía  hacer.

Pero entre lo complicado que ha sido ese proceso, lo sola que me vi, y los comentarios que recibía del tipo: «no vas a poder sola con eso», «vas a quedarte sin vida propia…», o, peor aún: «o sea que no haces nada, sólo estás en casa», cada vez me implicaba más en la labor y cada vez más intentaba demostrar que era una supercuidadora —cuando no, la Mujer Maravilla— que podía ocuparse de mil tareas. Era claro, que procuraba un reconocimiento o un afecto en los demás, demostrando todo lo que sabía hacer como mujer cuidadora: lo responsable que era, lo sacrificada que era, lo eficiente que era, …

Pero la realidad, amigos, se impone: la sociedad, y nuestros allegados, sigue sin valorar el trabajo doméstico, como es el mundo de los cuidados, y no todas las mujeres nacemos para ocuparnos de este tipo de tareas, de ahí que renunciar a una vida social y especialmente laboral, para quedarse recluida en el mundo doméstico, no siempre resulta deseado. Y tarde o temprano, eso tendrá implicaciones negativas en nuestro estado de ánimo.

Por otra parte, hay que reconocer que quien no padece en su propias carnes lo que significa cuidar de un enfermo con demencia, es difícil que entienda en toda su intensidad nuestra situación.

Y ahí es justamente donde nos adentramos, como cuidadoras, en el complejo de Cassandra: como personas singulares buscamos ser significantes en nuestro entorno, pero siendo cuidadoras nos sentimos infravaloradas, casi invisibilizadas. Por eso podemos tratar de aumentar nuestra autoestima intentando ser más perfectas, en lugar de nutriendo nuestro amor propio y aceptando las limitaciones que esta labor conlleva.

Si nosotras vivimos a expensas de aprobación y el reconocimiento ajeno, mientras que los demás, lamentablemente, no valoran nuestro empeño o no se muestran empáticos con nuestra problemática, tampoco nosotras vamos a sentirnos empoderadas siendo cuidadoras, ¿verdad?

Por tanto, esta es la clave de por qué aparece el complejo de Cassandra: porque nos tratamos a nosotras mismas como haceres humanos, en vez de como seres humanos con necesidades deseos y propósitos propios.

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Asimismo, la asunción de este complejo psicológico puede verse agravado por los diversos factores implícitos que posee el trabajo de ser cuidadora de un enfermo con demencia:

  • no ser capaces de evitar la progresión de la enfermedad en nuestro ser querido, a pesar de todos los esfuerzos que realizamos, genera un gran caudal de impotencia;
  • la exposición prolongada a soledad y al desgaste emocional que padecen las personas cuidadoras a lo largo de todo el proceso,  y que se manifiestan en forma de estallidos de cambios de humor o enojos, los cuales podemos pagar con nuestros enfermos o demás familiares, pero que principalmente nos hacen juzgarnos severamente, al sabernos vulnerables y sin control sobre nosotras mismas;
  • el tener que decidir, aun en contra de nuestra voluntad, abandonar muchas facetas de nuestra vida para centrarnos casi con exclusividad en nuestro familiar dependiente a la larga nos puede hacer sentir culpables y tratar de enmendar rotos con descosidos, es decir, intentar volvernos personas ‘multitareas‘, para al final sólo conseguir saturarnos aún más y acrecentar nuestra frustración;
  • el no haber aprendido a saber decir NO, a poner sanos límites a las exigencias de nuestro entorno. Y este punto es requete-importante, porque cuánto más tiempo y energías invirtamos en ayudar a los demás, rebasando nuestros límites, más estrés nos vamos a generar, llegará un momento en que nos sintamos saturadas, no pudiendo ser tan eficientes a causa de nuestro cansancio, y ello nos hará sentir mal con nosotras mismas, lo que afectará ferozmente a nuestra autoestima.

Y muy vinculado a todo lo anterior, la obsesión por tenerlo todo bajo control y ser mujeres-cuidadoras-madres-esposas-amigas-etc. perfectas. Una idea inconsciente absurda, pero muy esparcida en nuestra sociedad, que nos aboca a cargarnos de exigencias innecesarias que solo sirven para minar nuestra fuerza y nuestra autoestima al comprobar que es imposible alcanzar tal grado de perfección.

Todo este afán por visibilizar nuestra labor, por demostrar que estamos haciendo algo valioso e imprescindible, nos lleva a un desgaste emocional y físico que finalmente se somatiza y da lugar a dolores físicos —dolor de cabeza, de cervicales, de espalda, bajas defensas, etc.— o malestares mentales —fatiga crónica, insomnio, depresión, ansiedad, etc.

Y es una pena, porque realmente cuidar de un ser querido resulta una experiencia personal maravillosa, que nos conecta con el amor y el mundo de los afectos en general.

¿CÓMO EVITAR O ENFRENTAR EL COMPLEJO DE CASSANDRA SI SOMOS CUIDADORAS?

Lo primero de todo, de cara a no caer en este tipo de síndromes o comportamientos tóxicos, es mantenerse informadas al respecto. Y no sólo sobre este mal, sino sobre todos los riesgos que implica cuidar de enfermos crónicos.  Cuanto más sepamos, más ventaja tendremos.

Sin embargo, amigas, también es fundamental, atender al mundo práctico o, si se quiere, poner en práctica la teoría: si reconocemos este patrón psicológico en nosotras, hay que realizar trabajo interno para eliminarlo.

¿Y qué significa con exactitud hacer trabajo interno? Sanar nuestras heridas emocionales poniéndonos en primer lugar y cuidando conscientemente de nosotras mismas antes que de nadie más. Y no se equivoquen: esto no es egoísmo, sino que es amor propio a través del cuidado a una misma, sola y por sí misma :).

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  1. Para ello resulta imprescindible colocar sanos límites que eviten dar toda nuestra energía a los demás o a lo externo, antes que a nosotras. En la medida en que cada una nos centremos en brillar con luz propias, aceptando de nuestra personalidad —lo que somos + lo que hacemos—, más oportunidades tendremos de ser una luz en la oscuridad de los demás.
  2. Ser más indulgentes con nuestros fallos y defectos, perdonarnos y amarnos con nuestras imperfecciones y todo. ¡Aquí nadie es perfecto! Y el método de ensayo-error se muestra ineludible, más si cabe cuando nos enfrentamos a un caso de enfermedad por demencia: nada está escrito en piedra y realmente ningún caso es igual a otro. Cada enfermo es un mundo.
  3. Así, reconocer nuestra vulnerabilidad no es sinónimo de saberse frágil o débil, sino de sentir nuestros límites, de hasta dónde podemos llegar y hasta dónde no. Si algunas veces sienten que no pueden más, que se les cae la vida, que tienen ganas de salir corriendo o de estrellar toda la vajilla contra el piso, no es por falta de coraje, sino porque tienen sentimientos, corre sangre por sus venas y son mortales de carne y hueso 🙂
  4. Si cuesta no ser tan severa con una misma, piensen en toooodoooo lo que han logrado en la vida y han sido capaces de sacar adelante prácticamente solas. Les doy una pista: haber conseguido mantener un cierto bienestar físico y emocional en un enfermo de Alzheimer, por ejemplo.
  5. Sacar tiempo para invertir en una misma. Saber recompensarse. Y no porque lo necesiten, ¡que también!, sino porque tienen todo el derecho y se lo merecen con creces que sus deseos se materialicen.

Nadie dice que sea sencillo mantener encendida la llama del amor  y el cuidado propio, pero conviene dedicarle horas de trabajo consciente para fortalecerlo. Porque invirtiendo en una misma, ya no habrá necesidad de buscar una validación externa que nos haga sentir queridas, aceptadas y, en definitiva, valoradas por los demás. Y el maleficio de Cassandra no formará parte de nuestra actitud ante la vida.

Espero que estas palabras les ayuden a encarar la impagable tarea de ser cuidadoras con más ganas y precauciones. ¡Esa es mi intención! Cuéntenme cómo se sienten y qué piensan al respecto de este tipo de experiencias. ¡Estamos deseando oirlas leerlas! 🙂

Les mando un abrazo lleno de comprensión y ánimos.

Cuídense mucho, cuidadoras.

 

 

 

 

 

 

 

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3 comentarios en “EL MITO DE CASSANDRA Y LAS CUIDADORAS

  1. Cecilia dijo:

    Hola muy interesante todo lo que leí, soy mujer y a la vez cuidadora de mi pareja con parkinson. ….Esta bien pero tiene rachas en las que me hacen pensar que pierde la cordura, y me cuesta mucho estar al 100por 100mas porque trabajo fuera de casa casi 10 horas…No se si tengo el complejo de kasandra pero casi…..Gracias por compartir sus experiencias. ..

    Me gusta

    • Sabrina Suárez Bequir dijo:

      ¡Buenas, Cecilia!
      Mil gracias por compartir tu comentario y por dedicarle parte de tu escaso tiempo a la lectura de este blog.
      La dificultad de conciliación entre familia y trabajo es un mal generalizado, pero resulta más acuciado en los casos de las personas que deben ser cuidadoras de un familiar con una enfermedad crónica, por eso es admirable tu propio caso y no es de extrañarse que padezcas el complejo de Cassandra. Pero lo que está claro es que deberías poner límite a tus entregas, para no terminar agotada y enferma por tanta presión y responsabilidad. Sé que es muy difícil conseguirlo, pero mi deber hacerte hincapié en esta realidad, si me lo permites 🙂 .
      Te deseo lo mejor.
      Un abrazo.

      Me gusta

  2. Atención al mayor dijo:

    Hola, qué tal?

    Me ha gustado mucho esta entrada. Creo que podrá resultar muy útil a todos aquellas que estén viviendo bajo una situación similar. En atencionalmayor.com acabamos de subir dos nuevos post: uno sobre estimulación cognitiva y otro sobre la naturaleza como terapia frente al alzheimer. Te dejo los enlaces por si pudieras leerlos y darnos feedback.
    -¿Cómo la estimulación cognitiva puede frenar el avance del alzhéimer?: http://www.atencionalmayor.com/index.php/2018/01/16/como-la-estimulacion-cognitiva-puede-frenar-el-avance-del-alzheimer/
    -Jardín terapéutico, un remedio frente al alzhéimer: http://www.atencionalmayor.com/index.php/2018/01/16/jardin-terapeutico-un-remedio-frente-al-alzheimer/

    Si te apeteciera colaborar con nosotros a la hora de publicar alguna entrada, estaremos encantados de contar contigo. A la espera de poder leer una nueva entrada, un abrazo enorme.

    Le gusta a 1 persona

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