CÓMO CUIDAR LA AUTOESTIMA CUANDO SE ES CUIDADOR PERMANENTE

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Soledad, aire libre, café y un buen libro,… Darse un tiempo para uno mismo… ¡nada más sencillo para  empoderar nuestra autoestima!

¡Buenos días, amigos cuidadores! 🙂

Mi escrito de hoy comienza con una pregunta vital para cualquier persona, pero especialmente aquellas que en estos momentos se dedican en cuerpo y alma al cuidado de un familiar dependiente: ¿qué tal andas de autoestima en estos instantes?

Tema fundamental para el desarrollo de nuestro bienestar integral, en esta ocasión voy a compartirles mi atención por este asunto tan profundo 🙂 .

La autoestima es ese músculo emocional (en el sentido de que conviene ejercitarlo para reforzarlo) que nos permite sentirnos bien y nos motiva a dar lo mejor de nosotros, a realizar las cosas con un matiz de perfeccionamiento, de superación, porque sabemos que estamos a la altura de las circunstancias y porque nos sentimos con la suficiente vitalidad o entusiasmo para hacerlo.

Poseer una autoestima saludable parte de una concepción de egoísmo sano que implica trabajar con uno mismo para, posteriormente, reflejar ese bienestar personal en todo lo que nos rodea.

La estima que desenvolvamos estará estrechamente vinculada al valor que nos otorguemos (ya que es fundamental aceptarnos tal como somos) y las decisiones que tomamos en función nuestros deseos y necesidades.

O dicho en otras palabras, una buena autoestima depende mucho de la aceptación que nos brindemos, lo que también implica respetar y validar la realidad que nos circunda, confiar en nuestras capacidades para afrontarla (¿se acuerdan de lo que comenté sobre resiliencia y afrontamiento en una entrada anterior de mi blog?) y saber manejarla eficazmente, sin perder de vista que no siempre estamos en disposición de resolverlo todo, y que de los equívocos se aprende.

En suma, el tema de la autoestima es súper-importante, en la medida en que funciona de indicador de cuán satisfechos nos sentimos con lo que hacemos por nuestra vida.

Sin embargo, cobra un valor aún mayor en el caso de quienes atravesamos situaciones personales adversas que pueden repercutir muy negativamente en nuestro ser, sumiéndonos en una marejada de ansiedad y estrés prologando.

Y es que, no en vano, la responsabilidad enorme que asumimos al cuidar de una persona dependiente nos empuja con más urgencia que nunca a fortificar nuestra autoestima y gestionar adecuadamente la frustración y los vaivenes emocionales que anidan en nuestra alma. Ya que hay que tener en cuenta que a esa sobrecarga de responsabilidad de ser cuidadores se añade la desolación que experimentamos por presenciar cómo ese ser que queremos se va apagando lentamente y  la sensación de que cada vez nos absorbe más, nos exige más de nosotros, y, al final , nos termina aislando del resto del mundo.

A partir de ahí, parece claro la necesidad de que los cuidadores seamos conscientes del rol que desempeñamos en esta vida, más allá del de cuidadores, y hagamos especial hincapié en respetar nuestra integridad personal, es decir, saber quiénes somos, para qué estamos en esta vida, qué queremos conseguir en ella y nunca, NUNCA dejar de cultivar sueños que nos incentiven a crecer, porque en su resultado se halla el germen de nuestra realización personal, que es, al fin y al cabo, el combustible que nos hace brillar e irradiar plenitud a los demás.

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Porque he visto los estragos que el ejercicio prolongado de la labor de cuidados permanentes ha hecho en otras personas, creo que ésta resulta, sin lugar a dudas, una de mis mayores preocupaciones como cuidadora: saber dónde poner el límite entre una entrega generosa de nuestro tiempo hacia alguien y una acción abnegada que puede tener como resultado una anulación total de nosotros, de nuestra vida, en pos del bienestar de otro individuo.

Pero, amigos, es precisamente en este punto donde una sólida autoestima (de esas a prueba de bombas)  puede salvarnos del abismo, dado que nos capacita para afrontar una misión tan delicada, pero sin perder el norte de nuestro centro personal y anímico.

Y es que, en efecto, nuestro papel de cuidadores nos puede definir en un momento dado de nuestra evolución individual (y nos aporta un plus de virtuosismo, por cierto), pero no deja de ser una circunstancia impuesta, ajena a nuestros deseos. Ser cuidadores, por tanto, debería asumirse como una parcela de nuestra vida, muy intensa, eso sí, y que consume gran parte de nuestra energía, ¡pero nunca debería ser entendida como toda nuestra vida, al punto que terminemos definiéndonos como cuidadores sin más! Bueno… lógicamente, a menos que hagamos del mundo de los cuidados nuestra pasión y nuestra profesión ^^.

Por todo lo dicho, porque se sabe que puede ser relativamente fácil dejarnos arrastrar por la corriente del contexto presente y caer en el error de relegar nuestra existencia a ser una extensión de la vida de la persona a quien atendemos, más que nunca es fundamental ser conscientes de quiénes somos y  qué hemos venido a aportar a este mundo desde nuestra propia individualidad.

De hacer caso omiso a esta advertencia, podemos sucumbir a un estado tóxico de insatisfacción constante que nos guíe a una depresión grave, de difícil curación.

Puedo decirles que, años atrás, cuando tenía tiempo de acudir a terapias grupales de psicología aplicada a cuidadores de enfermos de alzheimer, me he encontrado con varios casos de este estilo, y es muy triste ver cómo la vida de una persona, por el mero hecho de ser cuidadora, queda hecha añicos por culpa de tanto auto-abandono infligido. ¡Pero es tan fácil llegar a ese punto! La gente que nunca ha pasado por una situación similar no puede imaginárselo, mas es una realidad: caminamos sin cesar tan al borde del precipicio mental que separa la salud de la desesperación, que un puñado de pasos en falsos nos arrojar al abismo de la depresión.

¡Pero centrémonos en  retomar los empeños de ser los mejores cuidadores partiendo de ser las personas más espléndidas que haya sobre la faz de la Tierra! Para ello, resumimos cuáles son los pilares básicos sobre los que se ha de asentar una buena autoestima:

  1. Vivir siendo conscientes, sabiendo lo que somos, lo que tenemos, lo que albergamos conseguir y manteniendo en claro la idea de que cada día que pasa es irrecuperable y, por tanto hay que sacarle el mayor provecho posible. El momento óptimo para trabajar en nuestra autoestima siempre es ahora.
  2. Aceptarse a uno mismo, con nuestras virtudes y pericias, pero también con nuestras debilidades y torpezas; y recordando, como bien indicaba José Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Es decir, validando los contra que podemos tener a lo largo del camino, pero con la actitud de crecernos ante ellos.
  3. Autoafirmarse implica ser consecuentes con uno mismo y con los compromisos que adquiramos; hablar y actuar con coherencia entre lo que pensamos, sentimos, dicimos y hacemos.
  4. Vivir con integridad personal, lo que significa velar por nuestro bienestar físico, anímico y social; cuidarse de forma total, sin descuidar ninguna faceta de nuestra vida.
  5. Vivir con propósito, algo en lo que ya he hecho énfasis anteriormente. Para mí es la esencia principal de toda autoestima, ya que los objetivos y metas que nos marquemos nos estimulan a ir siempre hacia adelante en pos de nuestra satisfacción.

Fortaleciendo estos pilares es como conseguiremos mantener vivo nuestra más auténtica personalidad.

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Y si es necesario, cuelguen en un lugar visible una lista de intenciones que desearían llevar adelante. ¿Qué les gustaría hacer a corto plazo y qué les gustaría  haber conseguido a medio o largo plazo? Teniendo siempre presente lo que quieren hacer es más fácil no postergarlo (¡las paredes de mi casa están llenas de este tipo de listas y propósitos a cumplir! ^^)

Yo no es que sea precisamente un ejemplo en cuestiones de autoestima (en realidad, siempre fue punto débil), pero desde que me dedico al 100% a ser cuidadora de un enfermo de alzheimer, la ejercito más que nunca. Supongo que eso es lo que me permite extraer un 10% más de energía, sacando fuerzas de flaquezas dicho sea de paso, para seguir apostando por mantener mi lugar en el mundo a través de mi desarrollo personal.

La clave está en… ¡ser cabezota y trasnochar un poco, ni más ni menos, queridos amigos! ¡ja,ja,ja! Y en hacer uso de determinados recursos que hay disponibles por el mundo adelante. Por ejemplo, en páginas webs como la de Ximena de la Serna, Estudio avellana o Gaviblog (entre otras muchas) regalan preciosas planillas para trabajar todo esto de lo que les estoy hablando (autoestima, lista de intenciones, organización efectiva, agendas, etc), además de proporcionar videos, audios y otro tipo de materiales muy motivadores.

Así que, ¡no hay peros que valgan, cuidadores! Busquen un rato al día para establecer qué les haría felices y dense la satisfacción de hacer algo al respecto. ¡Su autoestima se lo agradecerá! Y a más inquebrantable autoestima, más capacidad para salir indemne de la ardua batalla que supone el hacer frente a la enfermedad de Alzheimer.

Seguramente no sea fácil motivarse en estas circunstancias, pero como se escucha decir por ahí: ¡Chica/o, tú vales mucho! 😉

¡Un fuerte abrazo a todos!

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