LAS VIRTUDES DE SER CUIDADORES.

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El tiempo transcurre sin casi percibirlo y poquito a poco vamos labrando nuestro camino lleno de escollos, pero que siempre somos capaces de salvar con nuestra actitud de superación. Tal vez no tengamos la vida que hubiésemos deseado y nos parezca que cada jornada no es más que una larga exigencia de dar el 200% de nosotros mismos. Sin embargo, nunca podremos aportar lo mejor de nosotros si nos intentamos alcanzar un cierto equilibrio y bienestar individual; si no buscamos metas y detalles que nos llenen de una radiante vitalidad. Y esta obviedad tiene mayor cabida en el caso de quienes portamos la etiqueta de cuidadores.

Los cuidadores somos personas con cualidades extraordinarias, pues van más allá de lo meramente superficial o individualista; desempeñamos un labor exigente y permanente, es decir, ¡tenemos mucho aguante!; y, en suma, somos gente de compromiso y acción: trabajamos de forma servicial para generar bienestar en otras personas y batallamos sus propias luchas como si fueran las nuestras. Y si se fijan,  esas mismas aptitudes tan sanas y nobles que prodigamos a nuestros familiares enfermos, con el tiempo terminamos aplicándolas a todas nuestros contextos, traspasan el ámbito doméstico. De alguna manera,  a pesar de lo dura que es esta realidad que nos tocó vivir, tenemos la suerte de que convivir con la enfermedad de Alzhéimer (como con cualquier otra dolencia aguda y/o crónica) nos convierte en mejores personas. Personas responsables, empáticas, sensibles, pacientes y con una capacidad de resiliencia a prueba de bombas 🙂 . Y algo muy importante: ser cuidadores nos da la oportunidad de perfeccionarnos día a día y ver más allá de nuestro ego o nuestros intereses. ¡Nos llena las ojos de otra mirada! En definitiva, ¡los cuidadores somos la clase de personas que esta sociedad tan enferma de prisas, distracciones, banalidades y tendente a la cosificación necesita!

Puede que en innumerables ocasiones nos sintamos solos o desvalidos, pero lo cierto es que mucha gente valora nuestro esfuerzo, admiran nuestra determinación y compromiso e intenta ayudarnos en la medida de sus posibilidades. Me refiero a personas cercanas, como familiares o amigos, pero también a profesionales de todo tipo a los cuales acudimos, a vecinos o a conocidos con los que nos cruzamos puntualmente. Y es que la vida a la larga nos va enseñando que cuando menos lo esperamos, una grata sorpresa surge de la nada ¡y se nos ilumina el mundo!: alguien urde un modo de echarnos una mano o  de hacernos sentir que nuestro trabajo como cuidadores es valioso y que, por eso mismo, somos especiales. Y doy las gracias de corazón por ello, por hacerme saber que todo esfuerzo vale la pena.

Un abrazo fuerte a todas esa personas que dedican su vida a  velar por el bienestar de los otros. Porque tanto altruismo y solidaridad les será devuelto de una u otra forma en la vida.

¡Que así sea! 🙂

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