EL SIGNIFICADO QUE DAMOS A NUESTRA RUTINA CUANDO SOMOS CUIDADORES

balanceo.

La lección de fortaleza que nos regalan los frágiles gorriones, que se obstinan en mantener el equilibrio desafiando el vendaval.

 

Después de unas semanas secuestrada por un estrés galopante motivado por una mudanza indeseada, decidí volver a tomar las riendas de mi vida cotidiana… en la medida de lo posible, claro. Porque, si bien es verdad que he retomado mis horas de sueño y normalizados mis horarios y actividades, el dolor de cabeza sigue haciendo gala de presencia en cuerpo. Pensé que todo sería más sencillo de lo que al final fue, durante el mes de marzo; pero he de reconocer que volví a pecar de optimismo infundado 🙂 : ¡siempre igual! ¡Una que va esperanzada por la vida! ¡ja,ja,ja!

Aparte de todos los contratiempos e imponderables que envuelven de por sí una mudanza de vivienda, a mi caso particular se lo unía cargar con la enfermedad de mi hermano. Yo sabía, había oído hablar de lo conflictivo que pueden llegar a ser los cambios de rutina en los pacientes con alzheimer, pero intenté en todo momento mitigar sus efectos adversos tratando de hacerle partícipe en todo el proceso de mudanza (aunque sin agobiarlo). Afortunadamente, la nueva vivienda resultó muy cómoda y espaciosa, llena de luminosidad y vistas agradables… Y eso supuso un punto a favor; pero lo cierto es que dos semanas después de habernos instalado en nuestro nuevo hogar, mi hermano sigue sin interiorizar la distribución de la casa y se muestra más irritable e iracundo de lo habitual hasta antes de la mudanza 😦

No sé si la expresión de tanto malestar emocional es un mero daño colateral provocado por un cambio tan drástico. Sea como fuere, como cuidadora principal sé que las alteraciones en el humor y el carácter de esta clase de enfermos son un rasgo ineludible de gran parte de la dolencia. Pero como sucede en tantas ocasiones, ¡información no siempre es poder! Quiero decir, que no por mucho anticiparse o prever determinadas situaciones, podemos saber solucionarlas. De hecho, intuyo que aquí radica el quid de la cuestión: no existe solución para sosegar los impulsos agresivos, ni sus tendencias a irse de casa, ni desarmar sus paranoias. Así que lidiar con tantos imprevistos familiares y complicaciones domésticas me dejó agotada, ¡terriblemente exhausta, me atrevería a afirmar! Y no sólo por el esfuerzo físico extra que tuve que desempeñar, sino también debido a que el estado de alerta permanece ininterrumpidamente encendido en mi mente: la mínima queja o mueca de disgusto en mi hermano es sentida como señal de alarma de que se avecina un berrinche. Pero lo peor de todo, es esa sensación de que en cualquier momento va a ser necesario salir corriendo de casa porque por el mínimo motivo irrisorio, mi hermano airado y ofendido, va a salir por la puerta con la firme intención de ponerse el mundo por montera y dejar atrás el cálido nido doméstico. Y, la verdad… ¡a ver quién se lo impide! ¿Ponerse una a intentar razonar con un paciente con alzheimer? ¡Ja!, ¡imposible! Pero, ¡ojo!, tener esto claro, lejos de infundirnos desazón, debe ser visto como un factor favorable, porque es posible hallar consuelo en las certezas de las incertezas. Y no, no es una contradicción: es una lección que puede aligerar nuestra impotencia.

En fin… No obstante el saberme debilitada por tantos avatares y tantos delirios, llega un punto en que también me canso de sentirme cansada. Y es que si la vida se muestra como una incesante puesta en común de voluntades propias y ajenas, imprevisto y vicisitudes, lo que siempre debemos de tener presente es que lo importante no es lo que pase, sino cómo lo dejamos pasar por nuestro filtro emocional. En mi opinión, se vale tomarse un tiempo para expresar nuestro pataleo, para manifestar nuestro hartazgo y nuestra desdicha … ¡pero, ¡ya!, sólo un momento! Contra lo que no está en nuestra mano cambiar, hay que saber actuar con sabiduría y eficiencia (cualidades, por cierto, que nos reporta la experiencia) y de forma proactiva. Que me canse convivir con la enfermedad de alzheimer en mi hogar, no implica que deba pasarme el día desganada y quejándome de mi mala suerte, porque entonces no sabría valorar y celebrar esos buenos momentos en que mi hermano está tranquilo y dicharachero, y que cada día me regala en diferentes oportunidades. En otras palabras, que determinadas cosas pasen no siempre depende de nosotros, pero cómo afectan a nuestra vida sí es nuestro problema… ¡y nuestra solución! ¡Ésta es mi apuesta!

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