LOS CUIDADORES Y SUS SENTIMIENTOS DE CULPA

OLYMPUS DIGITAL CAMERACuando veo alguna noticia o nota relacionada con el tema de las personas que se dedican a cuidar permanentemente a un ser dependiente de su familia, con frecuencia suelen referirse a ese prácticamente ‘conntural’ sentimiento de culpa que acompaña a su labor, entre otros muchos males físicos y anímicos. Pero, ¿saben qué? Confieso que yo no suelo padecer esa frustración emocional de sentirme culpable por algo negativo que haya pasado con mi enfermo. Y me felicito por ello.
Siendo yo un persona muy muy insegura y autoexigente, me costó mucho esfuerzo aprender a relativizar las situaciones y saber juzgar con objetividad qué parte de culpa tengo en lo que sucede a mi alrededor. A mí me preocupa, evidentemente, cometer errores, tener despistes o hacer mal algo y que ello perjudique a mi familiar. Pero no me martirizo por eso, porque entiendo que la vida se conforma de momentos en los cuales, ante situaciones insospechadas, a una no le queda más remedio que aplicar el método de “ensayo-error”.

Creo que lo fundamental es reconocer ese sentimiento de impotencia que nos crea el no ser capaces de entender esta enfermedad (¡¿pero quién puede ‘entender’ una demencia?!) que escapa a toda lógica. Y a partir del reconocimiento de este sentimiento negativo, interpretar los sucesos domésticos con frialdad,  de forma objetiva y racional. Entonces, nos daremos cuenta de que no hay porqué sentirse mal con nuestra labor. Tomándonos unos minutos para reflexionar con calma sobre nuestra impotencia podemos evitar que la misma se convierta en culpa.

Seamos realistas, amigos: los cuidadores somos humanos, no tenemos poderes sobrenaturales ni tenemos el don de la clarividencia o la telepatía. Es normal que cometamos equivocaciones o despistes, y quienes conviven con un enfermo de Alzheimer saben muy bien que esta enfermedad es realmente impredecible, que sus múltiples etapas aparecen sin avisar y que, sobre todo, el cerebro del paciente se ve alterado paulatinamente, de un minuto para otro. Muchos de los motivos que nos rompen los esquemas, que nos dejan perplejos, que suceden súbitamente y donde no tenemos tiempo casi a reaccionar, son motivos propios de nuestros enfermos, dependen de su percepción, de su actitud y de cómo funciona su mente en ese instante.

En definitiva, hay que comprender que escapan de nuestro control y por eso mismo nos agarran desprevenidos y nos provocan más de un susto y disgusto.

¿Pero debemos sentirnos culpable porque nuestro enfermo lo esté pasando mal o tenga un mal pensamiento? ¿Realmente podemos hacer algo para evitarlo o mejorarlo? Lo dudo. Yo, como cuidadora solo puedo sentirme mal por haber perjudicado a mi familiar con algo que yo haya provocado, pero SÓLO y EXCLUSIVAMENTE si ese algo haya sido hecho a conciencia, con voluntad y alevosía.

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Estoy segura de que si tuviésemos la capacidad de adivinar qué piensan nuestros familiares dependientes de nuestros cuidados, acertados o fallidos, éstas serían sus palabras (Foto de Acción Poética)

Es necesario discernir cuándo algún episodio relacionado con nuestro enfermo es responsabilidad nuestra y cuándo no. Y en el caso de cometer un error, si éste fue realizado con toda nuestra mejor intención, pedirle perdón a él… y perdonarnos a nosotros. No somos infalibles, pero en cambio tenemos la capacidad de aprender de los errores. Reconocer nuestra parte de culpa y rectificar en nuestras posteriores acciones, significa sabiduría y un alto grado de desarrollo personal. Pero ante todas las cosas, implica una poderosa capacidad de saber convertir nuestras debilidades (sentimiento de culpa, fustigación, frustración) en una fortaleza (aprender de ello y mejorar nuestra labor día a día). ¡Al fin y al cabo, es el ejercicio de perfeccionamiento lo que nos hace ser mejores personas!
Nuestro familiar nos necesita firme y enteros, sin el menor atisbo de duda o fragilidad y esta seguridad sólo podemos brindársela si nos sentimos empoderados y proactivos, es decir, si somos capaces de mostrarnos resolutivos, aún a riesgo de equivocarnos, en lugar de dramatizarlo todo. Porque los fallos, cuando son hecho con todo el amor y la buena intención, tiene todo el derecho (y esta vez sí) connatural de ser perdonados.

Y te puedo garantizar, cuidador/a, que pocas personas estarían dispuesta de desempeñar el trabajo de cuidar a un familiar enfermo crónico con la responsabilidad, paciencia y voluntad que lo haces tú. Así que, no hay nada que reprocharte, nada de lo que sentirte culpable y sí mucho por lo que premiarte y agradecerte. Sólo una persona que desprende  amor puede llevar a cabo el trabajo que tú haces silenciosamente, diariamente, sin esperar nada a cambio. ¡Y créeme que eso tu familiar enfermo lo nota! 🙂

Y eso es lo único que importa.

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