APRENDIZAJES QUE DEJA EL ALZHEIMER.

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No soy esa clase de personas que huyen de sus problemas ni que responsabilizan al medio circundante de sus infortunios. Jamás. Pero tampoco soy una persona decidida, ni segura de sí misma y de sus posibilidades. Me aterra el fracaso, o más bien diría que tengo poca resistencia al dolor que me provoca no alcanzar mis expectativas.

En general, mi modus operandi siempre fue preocuparme en exceso por lo que ocurre y lo que está por venir. Elucubrar cómo enfrentarme a una situación adversa con éxito, repensar los pros y los contra,… Sin embargo, al final termino dilapidando mi tiempo más en conjeturas que en acciones concretas. ¡Y sé que esta característica tan mía es mi mayor error! En el fondo, no es que no sea una persona valiente, sino que mi corrosiva inseguridad me exige siempre buscar el respaldo ajeno, que alguien se digne a darme un pequeño empujoncito que me lleve a moverme con determinación.

Sin embargo, como cuidadora ya no puedo permitirme el lujo de reaccionar así. Mis circunstancias personales y familiares me obligan a actuar sola: tomar determinaciones rápidas y eficaces; ocuparme de la situación o el problema con la mayor celeridad posible (porque, al fin y al cabo, lidiar con la enfermedad de alzheimer es como librar una batalla contrarreloj con el tiempo), y estar prevenida y alerta de episodios futuros. Por tanto, no dispongo de mucho margen de error, ya que sus consecuencias no sólo me afectarían a mí, sino a mi enfermo. Qué duda cabe que esta circunstancia particular resulta altamente estresante y mina mi capacidad de tomarme las cosas con templanza; pero también supone un aprendizaje para ejercitar mi desenvolvimiento personal y me demuestra que si quiero, puedo. Que mi madurez y mi coraje se amplían a cada momento vivido. Que puedo soportar las peores tempestades y soy capaz de encontrar una solución, aunque sea eventual, a cada problema.

Por eso constantemente repito una gran verdad cargada de esperanzas: la demencia de mi hermano me interrumpió mi vida… pero también me está enseñando a traspasar mis límites y desarrollar más mi instinto resolutivo y pragmático; a ver la vida desde otros ángulos más activos y exigentes; y, sobre todo, me está sirviendo para sacudirme los temores infundados y la inseguridad paralizante. Aún me queda mucho por mejorar, pero la experiencia singular que te otorga funcionar como cuidadora y algún curso de coaching personal, ayudan sin medida a sacar lo mejor de una misma incluso en las situaciones más desquiciantes.

 

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