CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

Tal día como hoy hace exactamente 4 años, volvía a casa por la noche después de pasar 24 horas en un tanatorio. Era el último adiós de cuerpo presente que le dedicaba a mi amada madre. Tras dos décadas de lucha contra su enfermedad de alzheimer, mamá decía basta a esta vida y trascendía a otra dimensión. Recuerdo ese día con una jornada vivida con intensidad, pero a su vez con sosiego: ya estaba preparada para ello desde hacía mucho tiempo. Se veía venir. Ella era un luchadora y soportó en vida lo que nunca nadie hubiese imaginado (sobre todo los médicos). Pero se iba apagando poco a poco y nosotros no teníamos cómo aligerar su malestar ni socorrer su suplicios físicos. Sin embargo, a pesar de llorar su muerte, tenía la plena consciencia de que se iba llena de amor y abrigada por el calor de su familia, y eso nos daba un sensación de paz inexpugnable.
Al llegar a casa, encendí mi ordenador y le escribí un breve homenaje a su persona:
Largo, duro, nostálgico y lluvioso día el de hoy… al fin había llegado, al fin tenía que pasar… Se me acabó el tango más trágico de mi vida. Pero entre tantas horas contempladas con incertidumbre y el mayor estoicismo posible, he podido recapitular toda una época que termina tras de mí, y la conclusión no puede ser más noble: a pesar de la pseudo-orfandad materna de mi infancia tardía y mi adolescencia, soy consciente de que he tenido la mejor madre que pude poseer: ¡una madre cáncer! Y cuánto más enferma te veía, más te quería anclada en mi vida. Nunca dejaste de enseñarme algo mientras viviste entre nosotros. Cuesta creerlo, pero tu padecimiento (y, por ende, nuestra desgracia) nos hizo irremediablemente mejores seres. ¡Te debemos muchísimo! Yo sé que lo sabías, pero te lo vuelvo a reiterar: ¡te quiero inconmensurablemente, mami! Y sé que me queda toda una vida por delante para extrañarte infinitamente. Y así lo haré.
R.I.P. Mamá”.
Hoy, 48 meses después, pienso que estas palabras siguen siendo evocadas con todo vigor en mi corazón y en mi garganta. Sólo hay una frase que estaba equivocada en este fragmento: no fue, como era mi deseo, el final del tango más trágico de mi vida. Solo fue una pausa para pasar a escuchar otro tango distinto: el alzheimer de mi hermano. Y por mucho que intente asumirlo y racionalizarlo, sigo mostrándome incrédula. ¡Estaba convencida de que el fallecimiento de mamá iba a suponer un punto de inflexión en mi vida, un punto y final a una vida dedicada al cuidado integral de un familiar tan representativo en mi existencia! Jamás llegué a pensar que su óbito significaría un punto aparte para mí, una etapa que se terminaba, para dejar paso a otra etapa similar en la cual esta vez yo sería la cuidadora principal de la familia. En fin, es evidente de que la enfermedad de alzheimer me acorrala y pone a prueba mi entereza y mi valor.Yo simplemente espero estar a la altura de las circunstancias y que las energías no me fallen para cuidar a mi hermano tan bien, o incluso mejor, como cuidamos de mi madre.

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